Hacia el sol sube la nube, harta de estar sola, sube para quemarse, es un suicidio de agua, ya no sirve para nada, abajo deja el cielo raso, el aire sin nada.
Hacia el fuego acude el árbol, se suicida harto de no ver agua.
El viento que todo lo puede revisa que todo esté bien seco.
La lluvia no está, tan solo permanece su ausencia, no hay nubes.
Por las grietas de mi mente surge el bando que resuena en los tuétanos de la historia, para tomar la curva que nos lleva al cortocircuito técnico de lo que un día fue el albor de la humanidad. Cierto es que el humanisferio nunca llegó a desarrollar su potencial, cierto es que las sombras fueron más que las luces, pero ahora la negrura y el ocaso lo son todo, no hay resto de lo que fue razón. El Apocalipsis técnico es un hecho. Lo que vemos, oímos y tocamos son solo espectros, fantasmas de lo que debiera ser. Esa risa que escuchas está enlatada o es falsa, forzada o ridícula. Lo dicen por la televisión, pero es mentira, no hay un atisbo de esperanza, es un burdo rumor, es una entelequia, una falsedad angustiosa, la civilización conocida se desfigura, los valores de los humanos se anulan, el mundo se desintegra por los cuatro puntos cardinales. La tierra se revela.
Un incendio en la colina es una línea naranja continua en el horizonte, parece lejano, pero el calor y el olor lo aproximan. Lo miramos con indiferencia, sin conmovernos lo más mínimo, alguien debería hacer algo...no hay nadie que pueda hacerlo, no hay agua, no hay nada, la televisión ni lo nombra.
Solo se escuchan risas en la televisión, y cuando las vemos ni tan siquiera sonreímos.
Hay ratas y cucarachas, sobre todo, comen carbón y basura, trapos y plásticos.
Gris, si hay un color es este, atrás quedaron los verdes, atrás quedaron los olores a tierra mojada, a bosque, a vida. Gris.
El llanto ni nos inmuta, es tan natural como el viento sur que azota todo, tan común como el polvo seco que respiramos todos los días.
Oxido y metal viejo, chatarra inservible que se amontona en los rincones de las paredes ruinosas. Alguien rebusca entre esos restos y no encuentra nada.
Solitarios por doquier, pasean su inmundicia mirando el suelo que apuntan sus zapatos desgastados y viejos. El sol castiga tamizado por el humo. Cada vez huele peor.
Hoy descubrimos una hoja seca marcando la página 100 de un libro. El capítulo que empieza es el número 14 y se titula “El sueño de un mundo nuevo”. Me como la hoja seca.
Dos miradas se encuentran pero están mudas, sin embargo comunican hartazgo; una explosión devasta algo en la lontananza, el fuego se propaga más si cabe, dejamos de mirarnos y volvemos a concentrarnos en el macilento gris del suelo.
Abro el grifo sin esperar respuesta, tan solo el eco sordo, el gemido de cañerías vacías.
Un gato famélico y sucio huye de la presencia de unos jóvenes que lo persiguen infructuosamente con la intención de comérselo.
La televisión sigue emitiendo. Los comentaristas sonríen y hablan de cosas y sitios que ya no existen, suena música alegre de fondo.
A veces tras una puerta cerrada un olor fétido a cadáver rancio se propaga por el recibidor, nadie se atreve a echar la puerta abajo.
Suena un teléfono, hace semanas que no oíamos un teléfono sonar. Lo miramos, nadie se atreve a cogerlo pero no hace falta decidirse a cogerlo. Deja de sonar al tercer timbrazo.
Es raro escuchar una frase larga, tan solo monosílabos, todos tristes, todos dichos en voz baja, sin mucho énfasis.
Un esqueleto de vaca aparece tras los restos de una valla hundida. Los huesos son grises y están secos y esponjosos, hace mucho tiempo que dejó de mugir.
Miramos fotos antiguas con pena pero sin lágrimas, con la mirada clavada en las ropas, los gestos alegres, las plantas, los animales, la comida que ya no existe.
El calor es atroz, a mediodía es insoportable, tan solo cuando se pone podemos salir a deambular, a rebuscar entre la miseria algo orgánico que nos sirva para no morir.
Una docena de individuos cavan una fosa. No sabemos si buscan agua o construyen su mortaja.
Medianoche en el infierno, no hay luz, solo unas pocas pantallas de televisión y los fuegos que dibujan el horizonte arrasado.