viernes, 25 de noviembre de 2016

sangre infiel

La casulla chorreaba sangre infiel y él miraba hacia el cielo implorando la comprensión divina . El día de antes lo había pasado en la cripta meditando hasta el límite, perdió la noción de tiempo, entró en trance y sintió el vértigo del salto al vacío. En un momento dado un escalofrío profundo le recorrió todo el cuerpo y perdió la visión. La vibración aguda le transportó en un viaje astral hacia las profundidades del conocimiento, notaba como su cuerpo levitaba y acto seguido un fuerte espasmo le hizo volver en si. Por un instante se sintió lúcido, imbuido de una fuerza extraña, se sintió ligero y descansado, sudaba copiosamente y notaba la respiración acelerada, pero sin embargo descansado. Algo profundo se había movido en sus adentros, algo nuevo lo había transformado. Sintió la llamada de la sangre y ante si vio toda su vida entregada a la causa de su Orden. Cuando salió de la cripta ya era de noche. Solo no debía atravesar la senda que le condujese a su austero cubil, pero a pesar de todo se dirigió a sus aposentos con la mente alterada, distinto. Pasó la noche inquieto, con sueños desasosegantes, con temores ocultos. Despertó en un charco de sudor junto a su armadura y espada. El brillo del acero se reflejaba en la pared desnuda y una voz profunda lo llamaba repetidamente. Acudió a la llamada tan seguro como no lo había estado es su corta vida, con la determinación que esa voz le proporcionaba. Una tremenda seguridad lo transportaba y aquella mañana su espada prolongaba su brazo y en la batalla se cobró mas victimas que nadie. Su acero se teñía de sangre sin piedad, su avance inexorable lo espoleaba, su determinación feroz le envolvía. La cruz y la espada le protegían. Dios no daba abasto para llenar su espíritu, algo más profundo, un conocimiento ancestral, una llama verdadera le hacía sentirse inmortal, invencible.

Así como la gallina protege a sus polluelos

Así como la gallina protege a sus polluelos, como la leona a sus cachorros, como la madre a su recién nacido, así protege la Madre Terrenal al Hijo del Hombre de todo peligro y de todo mal.
"Pues en verdad os digo que males y peligros innumerables esperan a los Hijos de los Hombres. Belcebú, el príncipe de todos los demonios, la fuente de todo mal, acecha en el cuerpo de todos los Hijos de los Hombres. Él es la muerte, el señor de toda plaga y, poniéndose una vestimenta agradable, tienta y seduce a los Hijos de los Hombres. Promete riqueza y poder, y espléndidos palacios, y adornos de oro y plata, y numerosos sirvientes. Promete gloria y renombre, sensualidad y fornicación, borrachera y atracón, vida desenfrenada, holgazanería y ocio. Y tienta a cada cual según aquello por lo que más se inclina su corazón. Y el día en que los Hijos de los Hombres ya se han vuelto esclavos de todas estas vanidades y abominaciones, entonces él, en pago de ello, les arrebata todas aquellas cosas que la Madre Terrenal tan abundantemente les dio. Les arrebata su respiración, su sangre, sus huesos, su carne, sus intestinos, sus ojos y sus oídos. Y la respiración del Hijo del Hombre se vuelve corta y sofocada, trabajosa y maloliente como la de las bestias inmundas. Y su sangre se vuelve espesa y fétida, como el agua de las ciénagas; se coagula y ennegrece como la noche de la muerte. Y sus huesos se vuelven duros y nudosos; se deshacen por dentro y por fuera se resquebrajan, como una piedra cayendo sobre una roca. Y su carne se vuelve grasienta y acuosa; se corrompe y se pudre con costras y forúnculos que son una abominación. Y sus intestinos se llenan de inmundicia detestable rezumando corrientes en putrefacción, y en ellos habitan numerosos gusanos abominables. Y sus ojos se enturbian, hasta que la noche oscura los envuelve; y sus oídos se tapan, como el silencio de la tumba. Y por último, el Hijo del Hombre perderá la vida. Pues no guardó las leyes de su Madre. Por ello le son arrebatados todos los dones de la Madre Terrenal: la respiración, la sangre, los huesos, la carne, los intestinos, los ojos y los oídos y, por último, la vida con la que coronó su cuerpo la Madre Terrenal.

respirar hondo

Respirar hondo y contar hasta diez. Siempre. Los errores se pagan por no pensar, por no respirar y por no contar, o contar poco. Un mundo abyecto y miserable, convulso y maravilloso a la vez nos proyecta imágenes y gestos diversos. Multitud de estímulos y barbaridades pinchan nuestras conciencias y después de procesarlo todo generamos una respuesta no siempre adecuada, probablemente por no procesarlo correctamente. Cuando un salvaje o alimaña social exhibe sus miserias y sus habilidades ante nuestros ojos, bien destrozando una papelera o arrojando desperdicios en la zona más verde de la ciudad, nos está mandando un mensaje que si no tenemos la pericia de procesarlo adecuadamente y contestar con rigor y precisión, corremos el riesgo de poner en peligro nuestra integridad. Es triste y miserable una realidad incomprensible e injusta, pero más triste y miserable es no responder con mesura e inteligencia ante hechos tan deleznables como arrojar desperdicios en un parque o descerrajar una papelera con un estacazo preciso sin razón aparente. Como dijo Lenin: “¿Qué hacer?”. Ante semejante tesitura, lo dicho, contar hasta diez pacientemente mientras valoramos los pros y los contras de intervenir o no en semejante dislate. Si nuestra intervención supone no intervenir, es decir pasar de largo sorteando la papelera rota o los desperdicios arrojados, nuestra conciencia no dejará de darle vueltas a esa falta de actitud por nuestra parte, y probablemente nos miraremos al espejo reconociéndonos ante él como un miserable ciudadano que no tiene agallas suficientes para intentar en la medida de lo posible hacer valer lo que a nuestro juicio es una conducta correcta frente a una conducta deplorable. Si intervenimos de facto ante el hecho concreto enfrentándonos al vándalo debemos de valorar varios aspectos; a saber, ¿soy más fuerte que el vándalo? ¿si le digo algo, comprenderá semejante ser mis explicaciones al respecto? ¿merecerá la pena? Etc..(todas estas preguntas son las que debemos hacernos y contestar en diez segundos de reflexión). Bien, supongamos que optamos por una intervención suave, pues hemos considerado que el vándalo tiene una fuerza muy pareja a la mía y por lo tanto lo adecuado es este tipo de intervención. Con buenas palabras y apelando al sentido común le invitamos a que repare su acto vandálico. Si lo hace, fenomenal, habremos contribuido a tres cosas. Estimular el sentido común del vándalo y probablemente evitar futuras macarradas, dos, estimular nuestra conciencia y sabedores de nuestra buena obra congraciarnos con el ser humano y sentirnos bien, y tres mejorar la limpieza viaria por razones obvias. Pero….¿si su respuesta es agresiva? Defendernos de sus ataques bien huyendo del lugar de conflicto lo más rápido posible o enfrentándonos al macarra y procurar ser certeros y precisos tanto en evitar golpes como en propinarlos si la agresión fuese física. O entrar en el debate y en la argumentación razonada si sus ataques son verbales. Las posiblilidades de éxito en este caso son dispares y dependiendo de su resultado podremos valorar si mereció la pena o no. Otra fórmula es intervenir de manera fulminante, esto es, ante el hecho vandálico, dirigirnos con determinación y solvencia hacia la alimaña social y propinarle un estacazo lo más preciso y certero posible, asegurándonos dejarle sin baza ni posibilidad de réplica. Puede que esta última fórmula sea la menos académica y formal, pero sin duda alguna es efectiva y probablemente aleccionadora a partes iguales, consiguiendo con ello dos de los tres objetivos enumerados anteriormente porque obviamente no lograremos reparar la papelera ni limpiar el suelo, pero si nuestra autocomplacencia por el trabajo hecho y conseguir que el vándalo en cuestión se piense dos veces en el futuro si debe pegarle una patada al mobiliario urbano o no. Os dejo reflexionando.

equidistancia cognitiva

Equidistancia cognitiva, evasión social, desatención intencionada, miradas de soslayo por encima del hombro. Del muslo de Júpieter, de la quintaesencia de la high society. Los registros del multimillonario para no ver el dolor ajeno son múltiples y variados. Instalados en la altalaya de sus pingües beneficios su horizonte es diáfano y simple, la pobreza no se ve a simple vista si no se esfuerza uno en visualizarla, sobre todo cuando el riñón está bien cubierto.
El rico nacido rico, de pedigrí rico, tiene el pelaje duro y se reafirma en su destino como una suerte del destino que está cargada de justificaciones para que la cosa sea así y no de otra manera. Una sociedad desigual parece legitimarse a si misma aplelando a la tradición que les hace ser ricos frente a la miseria ajena. La sacrosanta propiedad privada como faro y guía de todas las demás leyes que le abrazan y le protegen frente al frío exterior. No solo se es rico, sino que llevan la cabeza bien alta y  todo el hambre del mundo está justificada por el peso de la ley que permite que así sea. El pobre además de ser pobre es miserable y culpable de su miseria, un apestado social, una rémora y un problema, sobre todo para los ricos que tienen que ir sorteando pobres a su paso que retuercen sus gorrillas con esmero con la intención de ver paliada su triste condición. Molestan. El rico es más. No solo más rico, si no más persona, más influyente, más considerado, con más poderío y más fuerza, más necesarios, más de todo, y todo por culpa de los pobres que con su pobreza afean el paisaje de los ricos. Pobres como una casta molesta y problemática.

He vaciado el cargador de mi Smith & Watson sobre su cetrino rostro

He vaciado el cargador de mi Smith & Watson sobre su cetrino rostro no sin antes haber escupido al suelo maldiciendo mi suerte. No me gusta disparar ni mostrarme violento cuando estoy trabajando pero imponderables que surgen acaban por hacer que me muestre violento y desagradable con demasiada frecuencia o que acabe descerrajando un tiro entre ceja y ceja a cualquier tipo que me soliviante. Es mi carácter. Después de machacar a un rival tengo la sana costumbre de tomarme un chupito de bourbon de un trago para limpiar mi conciencia someramente. Me encanta el Bourbon. A veces pienso que el subconsciente me traiciona y hace que se me dispare el revolver para así poder tomarme un chupito de bourbon. A saber. Mientras saco la petaca del bolsillo interior de mi chaqueta estoy contemplando el cadáver que acabo de dejar desangrándose en la alfombra y repaso mentalmente todas y cada una de las muertes que he ocasionado y por ende la cantidad de chupitos de bourbon que me he tomado a la salud de los finados. Aun recuerdo el primer crimen, hace tanto tiempo, que recuerdos, que tiempos aquellos. Me miró mal, muy mal, y lo pagó caro. Le ofrecí lo mejor de mi repertorio, le enseñé todo el catálogo de productos de importación y los descuentos que podría aplicar en función de sus compras. Le hice una demostración de la capacidad de absorción de nuestras bayetas e incluso me permití el gusto de obsequiarle con un juego de gamuzas para limpiar gafas, ni por esas, me miraba mal, muy mal. La puerta cada vez estaba más cerrada y sus muestras de desagrado eran ostensibles, de tal manera que no tuve más remedio que sacar mi revolver y disparar, con naturalidad, sin darle mayor importancia. Lo dejé tumbado en el descansillo de su entrada, tuve que empujar con el pie su brazo izquierdo para poder cerrar la puerta. Delante de la puerta cerrada saqué mi petaca de bourbon por primera vez y en ese preciso instante supe que mi Smith & Watson y mi bourbon iban a estar asociados de por vida. Cuando guardé la petaca de nuevo retornándola al bolsillo interior de mi americana observé como un reguerillo de sangre fluía por debajo de la puerta. Una patadita al felpudo sirvió para ocultar la mancha roja que amenazaba con extenderse.
Hoy ha sido diferente, hoy no tenía previsto utilizar mi Smith & Watson, no tenía previsto tomar bourbon, pensé que al ser Black Friday la clientela iba a estar más receptiva y no me iba a ver obligado a zanjar la conversación de forma abrupta con un disparo.