Con el ocaso acuestas, decidí cornear esta vida de mentiras y atrocidades como se hacen estas cosas, bebiendo como un cosaco hasta confundir churras con merinas, total, que más daba, todo parecía caerse a cachos, me encontraba asendereado, y ya no tenía mucho sentido bregar en esta vida tan conflictiva, tan problemática, llena de disgustos, ni evitar dar una imagen de borracho decrépito, es más, apetecía mostrarse ante este mundo como eso, como un borracho decrépito, insensible a las trabas y trampas de esta sociedad absurda y trastocada que no tenía autoridad moral para imponer nada, como una especie de rebeldía a este mundo, emborracharse hasta perder la razón, pues la razón no era más que un obstáculo y un factor de sufrimiento. Así pues entré en el Pub Los Corceles, una whiskeria tipo años 70, con mucha moqueta, oscuro y con mucha madera, un lugar muy adecuado para mis fines. La oscuridad me camuflaría...todos los gatos son pardos, y la madera y la moqueta darían el calor y el glamour que se precisaba. Una canción de Mari Trini sonaba cuando entré en aquel tugurio, y eso si cabe le daba un aire más trasnochado y familiar al lugar. Un camarero con pajarita negra y camisa blanca me dio la confianza que necesitaba, parecía ocupado tras la barra, sacando brillo a unas copas. Un grupo de tres maduros varones triponcetes daba buena cuenta de unas cervezas tostadas y luego dos ejecutivos nada agresivos, meditabundos y solitarios apuraban algo parecido a una tónica uno de ellos (ya sería un gin tonic) y el otro una inconfundible copa balón de coñac (ya sería brandy). Yo no tenía manías, y decidí empezar por un gin tonic para estimular la tarde. El barman me recitó 4 o 5 marcas de ginebra, y como a mí me daba lo mismo una gorra que un sombrero, acabé pidiendo una que por su nombre me sugirió algo más, así pues pedí una Bombay blue, para transportarme antes lo más lejos posible. Al principio no los había visto, ocultos tras una columna decorada con motivos marineros, en la zona más oscura y lejana de la barra, pero ahí estaban una pareja de mediana edad dándose el lote como quinceañeros con picores. Para mí que debían de ser dos amantes, no tenía pinta de que esos dos fuesen pareja estable a tenor de los arrechuchos y miraditas que se traían, ese lote que se estaban pegando no era propio de adultos, pero a mi me agradaba ver algo de amor aunque fuese clandestino mientras yo me cogía la cogorza que anhelaba. Así pues en el bar estábamos que yo supiese: el barman, los tres tripones cerveceros, los dos ejecutivos adormilados y solitarios, la pareja luctuosa y yo mismo, para que más. No había televisión encendida, así que no había más atracción en ese bar que las personas que lo ocupaban o alguna distracción que tu mismo te procurases, ya fuese un libro, o el socorrido móvil, que entretenía tanto últimamente con sus jueguecitos, sus mensajitos y todas esas chorradas para perder el tiempo que tienen esos aparatos cada vez más sofisticados. Yo preferí no marearme mirando pantallitas, ni leyendo el periódico, que ese sí, estaba disponible en un mueble ad hoc que se encontraba en la entrada del Púb.. Suspiré profundo y seguí bebiendo con fruición y determinación. Antes de acabarlo y con el vaso entre mis labios, levanté el dedo mirando al camarero que estaba ocupado atendiendo a los supuestos amantes, y le hice señal para que sirviese otro gin tonic. Solícito y servicial el impoluto camarero volvió a servirme otra copa de lo mismo. Yo permanecí sentado con ambos brazos estirados y apoyando las manos sobre la acolchada barra, dejando trabajar al camarero que escanciaba ginebra, Bombay blue, sin hacer comentario alguno. Me entró un poco de hipo que supe disimular con oficio. Volví a la carga, a chupar del frasco, esta vez con más determinación y velocidad que el primer combinado, no tenía periódico que leer, ni tele que ver, y los clientes del pub eran como una foto fija, no daban pie a ningún comentario ni llamaban la atención lo suficiente como para entretener mi ociosa noche. Pero me encontraba a gusto, cada vez más a gusto, la ginebra iba haciendo su trabajo, me iba tranquilizando, relajándome las extremidades y produciendo un bienestar general que me hacía sentirme bien. Fui al baño un momento, antes de finiquitar la segunda copa, para aliviar la vejiga y de paso estirar las piernas. El baño olía a limpio, el alicatado era oscuro pero elegante y el dispensador de jabón se encontraba lleno y en perfecto estado de funcionamiento, algo que se echa de menos cuando uno visita los locales de hostelería. Cuando volví todo seguía en orden, no se había movido nadie de su lugar...la pareja de amantes, los solitarios (como yo) ejecutivos, los tres triponcetes, y el camarero. Nadie más ni nadie menos. Vi como los tres amigos solicitaban a su vez unas cervezas nuevas que siguieran dilatando sus estómagos. Sin pensarlo, y sin darme cuenta que me quedaba al menos un tercio de mi segunda copa, volví a pedir una tercera, esta vez de palabra, pidiendo por favor una tercera copa. Al hablar me di cuenta que mi pronunciación había cambiado un poco, quizá un pelín engolada, pudiera ser, era, que el gin tonic empezaba a hacer su trabajo dentro de mi cerebro. Dándome cuenta de que todavía me quedaba bastante gin tonic por apurar, así la copa y de un tragazo apuré todo el líquido elemento. Dejé tres hielos en el fondo apenas deshechos debido a la celeridad de mi ingesta. Tercera copa. Ni pío. Oigo la puerta de entrada al local, hacía dos copas y media que no se movía esa puerta, ni para dar salida a los que estábamos en el local, ni para recibir a ningún cliente nuevo. Quien fuera tenía dificultades para activar el mecanismo de apertura de la puerta, empujaban y no había que empujar si no tirar, y para abrir la sobria puerta de madera había que tirar con determinación. Por fin parecía que la puerta empezaba a ceder, se vio un pie intentando trabar la puerta del local, por fin un tirón definitivo terminó por ceder la puerta y vi entrar un rostro familiar, muy familiar, ya lo creo, era Luis Ardiles, Luisito, el encargado de Expansión, muy buen chaval, buen compañero, muy cercano, también era del Atlético como yo y esa complicidad nos dio bastantes ratos de conversación en la cafetería del curro. El caso es que Luisito entró en el Corcel y enseguida me vio.
-Hombre Víctor, que pasa chaval, que haces tu por aquí?
-Ya ves Luisito, celebrando el Ere...
- Coño, pues como yo...ya me tomé dos copazos en el bar de Antuan y estaba el ambiente un poco soso y decidí cambiar de bar...y seguir celebrando. Está la cosa chunga eh Víctor?
- Chunga? Que tomas?
- Lo mismo que tu
- Jefe-ya con la confianza bien ganada- ponga un gin tonic a mi compañero...un bombay blue.
- Eso un Bombay blue y unas aceitunas.
Víctor y Luis se tomaron sus copas, se gastaron todo lo que tenían y juntos salieron a la calle. Nada más salir la algarabía era tremenda.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
con el estro por los suelos
Con el estro por los suelos, con la musa así vencida, mirando sin contemplar, sabiendo que el gesto mudado y cambiante ya no estimula la prolífica obra. La apatía por bandera, el estío del alma envuelta en la turba de este tiempo, en el alboroto de sombras, sin discernir su reflejo, todo confuso y provisional, sin nada para vencerlo. Se necesita la rasmia, el ejercicio resuelto, el saberse necesario, el tener fuerza y quererlo, un puñetazo en la mesa, un equilibrio por dentro, seguridad ante todo, estimular el revuelo, organizar la molicie, apuntar cielos pretendo, y dirigirnos derechos, perdurar en la justicia, cambiarlo todo de nuevo y llegar sanos y salvos a un mundo sin leguleyos. Pero eso es tan difícil, tan complejo y tan distante, que a veces solo pensarlo nos cambia el semblante, nos pone en entredicho, nos sopesa en nuestro ego, nos equilibra las acciones, los gestos y lo que hacemos. El mamotreto que vemos, el circo montado a nuestra costa, todo el embrollo que se agolpa para supuestamente organizarnos, claramente se ve el declive, el ocaso, todo es un trampantojo, queríamos ver una sociedad moderna, evolucionada, versátil y justa y es todo lo contrario, donde veíamos modernidad ahora no es más que una pose, una foto falsa de una realidad que no es tal, donde queríamos ver evolución observamos su contrario, constatamos la falacia, el proceso inverso, una involución en calidad de vida, un mundo más contaminado, más podrido, más sucio, peor, consecuencia de todo esto, tenemos un mundo más injusto, más cerril y absurdo. Despejados a base de hostias, nos encontramos aturdidos, pero enteros, chupando un palo sentados sobre una calabaza, despistados, sin reacción, sin baza, sin saber bien que hacer o que no hacer. Asumiendo como un castigo divino todo este marasmo, este vendaval de oprobios, como si de un mal ajeno y lejano se tratase, y sin embargo es una barbaridad cercana, doméstica, una patraña interna, de andar por casa. Y así estamos, en este impás de abulia, de gestos cabizbajos, de pesimismos atávicos y amoldándonos a esta nueva y triste vida. Lacerados en la costumbre del sufrimiento diario, de las malas noticias, del fastidio perenne. Sin asideros, sin seguridades, nos encontramos solos y desvalidos, y la huida hacia delante aparece como vía de escape a tanta abyección. Así pues es nuestra condición de carne de cañón lo que nos empuja al abismo, nos entregamos impúdicamente a cualquier tipo de ensoñación, a cualquier excusa para salir volando de esta realidad que nos atenaza y nos domina. Cualquier droga será buena para sanar estas heridas profundas, y si no es así, que más da, pereceremos en cualquier caso entre tanto escombro de dignidad. Huir hacia delante, salir del hoyo metiéndonos en otros hoyos. Cualquier ginebra será lo suficientemente limpia y cristalina para reflejar nuestra condición marchita, nuestra ruina humana. Entregados al vendaval de este tiempo negro, al cerco de maldades, de inhumanidades. Expuestos a pleno diluvio. Sin ética, sin patrón, sin pautas, simplemente intentar sobrevivir y no pensar. Total para que.
cicatero en torno a musas
Cicatero en torno a musas, pergeñando el vil consuelo, el devaneo de sesos inyectados en otros sueños más lejanos y más ciegos. Perdido en la nube de mi apariencia, ya no veo el momento del tormento, de salir de la ataraxia que me ahoga, esta calma sin final que asusta y brama, para seguir un día más en la estacada, un día más distrayendo el tiempo muerto, dejando que el bostezo se proyecte, disimulando la baba que aparece en comisura, el tostón de horas a cero, de nada, esta calma chicha, esta abulia, este pan sin sal, esta nada, los días al vacío empaquetados, que no dicen nada, no se miran, son iguales, dormidos, son fantasmas, y esperando que suenen las trompetas, que algo haga tambalear la enredadera que ya no es más que una quimera, que una duda existencial que una pamplina, demacrado ante el trampantojo de esta vida, ante tanto aburrimiento en desbandada, que nos deja dormidos, tumefactos sin aliento, con la cara de bobos, con el sueño pertinaz, con la rabia dopada, con menos vida, pero con un gesto seco y pobre, con el final igual que un pasado ya contado, nada se inmuta, todo permanece, y la sombra se proyecta sobre otras sombras más largas y trazas círculos al tiempo, sin mover la esfera del reloj, sin mejorar nada la apatía al resquemor...apenas ya respiro, y gasto oxígeno, y eso es todo. Entrecierro o entreabro los ojos, sin atmósfera, tumefacto, transpuesto y soñoliento. Tirado como un perro a la sombra y sin embargo pienso, pensamientos indolentes que recorren cansinos mis neuronas desgastadas, sin llegar a ningún puerto, sin conseguir concentrarme, son ensoñaciones imprecisas, bagatelas distraídas de mundanas experiencias que no sujeto en el tiempo ni puedo atrapar. El esperpento a que llegó este mundo, el declive constante, la abulia que sucedió al derrumbe del sistema logró cuerpos inertes, seres vacíos, absurdas apariencias y ese gris constante, perenne, que redujo a encefalograma plano a la totalidad de la humanidad. Hoy somos ancianos en foto fija, somos escombro de una obra fallida, nos movemos a empellones sin criterio, sin norte, sin argumento. Vamos y venimos, entramos o salimos como pirulos en feria, pero ya no tenemos gesto ni arrojo para capear el temporal, estamos sin alma, desposeídos de la entraña, del fundamento, de la sustancia necesaria para enfrentarnos a las vicisitudes que nos contiene. Flojos e inferiores, expuestos al ir y venir de este carrusel a la deriva. Deteriorados, humillados y cabizbajos somos zombis en este mundo, esperamos con desinterés y apatía que todo acabe, juntos, unidos en el declive, hacia la extinción, como única salida cierta, como único fin en si mismo. Así como estamos, como estoy, sin pulso, sin espíritu, sin estímulo cual piedra abandonada en la cuneta de un camino sin transitar, sin influencia, cosificado, inerte, a escasos centímetros de la parca.
calma chicha en el parque
Calma chicha en el parquet, un silencio atronador que es certeza del punto final. El bedel cierra y tira la llave al río. Standard & Pourds emitió su dictamen: Este terreno está baldío, hay que volver a labrarlo, abonarlo y esperar a que venga el terrateniente para sembrarlo si considera oportuno, de momento aquí no hay nada que hacer. La hucha se la llevaron a las Islas Caimán y allí permanecerá a buen recaudo, custodiada por un español de pro que erizado por el himno patrio se le escapará una lágrima mientras lo escucha, después se volverá a arrellanar en su tumbona, pedirá un daiquiri, suspirará y a otra cosa mariposa. Mientras el camarero escancia de la botella de alcohol caro en la copa del magnate, la televisión emite un himno militar trasnochado y enigmático, parece ser que sí , que esta vez si la guerra es una evidencia, los primeros tanques entran en la plaza.
apostó por la lascivia
Apostó por la lascivia como modo de respuesta a la debacle socioeconómica que le cercaba. Alrededor el pulso se detenía y el caos parecía perenne, de tal manera que se encerró en su caparazón y empezó a vivir por dentro sin preocuparse de las miserias que quedaban fuera de su subterfugio. Su mundo interior crecía mientras por fuera la casa se descascarillaba. Abrazó el vicio como defensa, se entregó al hedonismo como respuesta y creó un microclima austero y un círculo de amistades que no fue otra cosa que una terapia de grupo que encontró en el sexo un reducto económico y feliz. Aprendió a comer poco y follar mucho, a gastar poco y ganar menos y a vivir de espaldas al noticiario que amargaba. Mientras eyaculaba escuchaba la turbamulta que se manifestaba en la calle. Se levantaba del catre y miraba por la ventana como los antidisturbios lanzaban pelotas de goma a la multitud. Él, evadido y soñoliento después del coito volvió a cerrar la ventana por seguridad y a correr la cortina para evitar que su bienestar plácido se viese interferido por la atmósfera perniciosa que el exterior generaba. De alguna manera estaba haciendo la revolución. Cada vez salía menos de casa, lo necesario para reponer viandas y enseres necesarios para la supervivencia. El subsidio era escaso pero suficiente para no morir de hambre. Creó una filosofía en la red con este discurso rijoso y libertino. Su argumento lujurioso tuvo eco y respuesta, y generó un círculo cada vez más amplio de mujeres dispuestas a evadirse en esta nube verde y voluptuosa. La depresión que nos vapuleaba en el exterior era bálsamo y paz en el interior de su casa. Sexo y agua fresca, pan y frutas, el resto sobra.
acometer la obra
Acometer la obra, sumergirse en el denuedo cotidiano, respirar laboriosidad y no levantar la cabeza de la mesa de trabajo bajo ningún concepto, desaconsejando los descansos y obligándonos a un mayor esfuerzo por lograr mayores cotas de productividad que nos lleven al vacío. Así es, nos quieren convencer de que el sacrificio, la austeridad y el trabajo nos sacarán del hoyo, pero en esta orgía capitalista la receta no vale. El capitalismo no está diseñado para la austeridad, para el ahorro, muy al contrario, es un sistema golfo, derrochador, el capitalismo engorda y se hace fuerte cuanto más despilfarro y más gasto hay, se trata de consumir, de pulir bienes de consumo, de tirar y volver a comprar, es en ese medio donde el capitalismo crece, donde el sistema florece. La austeridad, el sacrificio, el trabajo constante y regular, todo esto tiene sentido en economías planificadas, hieráticas, posiblemente socialistas. Lo que no se puede es mezclar recetas, pues lo que ocurre es el caos. Y junto al caos, la injusticia, la insolidaridad, la perfidia, el despotismo malsano, pues lo que se pretende es adelgazar el gasto, quitar Estado, menos sanidad, menos educación, gastar poco, eso sí, se pretende que los señores de la pasta muevan ficha, y para ello tenerlos contentos, en un bálsamo social, en un lugar amable y sin trabas, donde puedan invertir sin riesgos, sin problemas, sin aportar mucho, para que así gasten/ganen más, para que lleguen donde el Estado no puede/no quiere. Se trata de empresarizarlo todo. Y para que los empresarios naden en aguas tranquilas el resto nos vemos obligados a remar contracorriente, a luchar en la precariedad, a ser austeros, pobres por decreto; y ese es el error: el capitalismo se mueve mal entre bolsillos vacíos. Por muchas facilidades que se de a los señores de la pasta, éstos no van a hacer grandes negocios pues sus productos van a caducar en los almacenes puesto que nadie va a poder comprarlos, y es entonces cuando se produce la paradoja, cuando salta la alarma, cuando el capitalismo se colapsa. El capitalismo es muy vulnerable, es un sistema rancio, antiguo, ha cambiado poco en el fondo aunque mucho en las formas, pero en definitiva viene a ser el mismo de siempre, la eterna cuenta de la vieja: invertir A para obtener A más B, ni más ni menos, desde Adam Smith esto fue siempre igual, luego se inventaron capitales monopolistas, enredos financieros, etc…pero el meollo es el mismo, si no hay beneficio no hay negocio, no hay nada. Hacer capitalismo es fácil, lo difícil, lo que requiere inteligencia, recursos, imaginación, y mucha dosis de ingenio y otras cosas es crear un sistema económico que supere este sistema bobo y absurdo. Lo difícil es no crecer y no morir por ello, generar recursos para la población suficientes sin generar desigualdades atroces, lo complicado es compatibilizar ética con economía, lo imposible es este engendro que nos quieren vender, no asumen que el capitalismo está caducado, que está desquiciado, y mueren matando.
Servil cucaracha
Servil cucaracha de este Estado adormecido, te sorprende la revolución en el wáter, cuando quieres darte cuenta ya está todo el pescado vendido, y tu argumento pasó de moda. Sigues anclado en tu puesto de mando, estabulado en la garita que se te asignó. La radio no funciona, y esperas órdenes, pero estas no llegan, y lo peor de todo es que no llegarán jamás. Pero tu firme en tu ademán, fiel a tu designio, a tu mandado. Te encuentras raro, extraño. No estás diseñado para ajetreos históricos, lo tuyo es la monotonía, la televisión y el Carrefour; y este tiempo que viene arreando barrunta cambios, exige movimientos radicales que tu no estás dispuesto ni de lejos a asumir. Introduces la tarjeta en el cajero automático y no te la devuelve, se la tragó para siempre, no hay donde reclamar, no hay nadie a quien pedir explicaciones, el despiste es mayúsculo y terrible, de la noche a la mañana se apagó la luz, se cerró el grifo y se agotó el crédito. Deberías hacer algo, gritar al menos, pero no tienes fuerza. El panorama es desolador, el cataclismo es inminente y tú sigues empanado, esperando que alguien te pellizque y te despierte, pero no es un sueño, es la más cruda de las realidades, la más negra de las verdades. Los padres de la patria están desaparecidos, huyeron de la quema a otras patrias más calientes y millonarias, se llevaron consigo la bandera nacional para ponerla orgullosos en cualquier paraíso fiscal que les acoja como lo que son, prohombres muy patrióticos que esperarán a que escampe y puedan volver. El tocomocho es ya una evidencia, pero tú no lo ves, no quieres verlo, ni te revelas ante tanta desfachatez, no puede ser que el Estado de Derecho sea esta pantomima que ahora te abraza. Suena el timbre y tu jornada de trabajo terminó. Como cada día, recoges tus pertenencias y fichas sin mucho ánimo. En la calle unos locos gritan consignas contra el poder establecido, agitan pancartas, gritan y arrojan piedras contra la fachada del Ministerio, y tú los miras como quien ve llover, no te identificas con esas formas, te parecen soeces, procaces, violentos. Acobardado y mohíno te das la vuelta para no pasar delante de ellos, caminas despacio y pegado a la pared, llamando poco la atención, sin apenas hacer ruido. Oyes disparos, estruendos…algo debe estar pasando
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