Te lo he dicho muchas veces. Te lo he dicho tantas veces que ya ni me acuerdo. Pero tu erre que erre, siempre haciendo lo que te da la gana, sin preocuparte por las consecuencias, sin pensar en lo que yo y tu madre estamos sufriendo por tu culpa. Ya se que ya eres mayor y que me vas a decir que te dejemos en paz, ya se que me vas a decir que necesitas tiempo, que todo se arreglará. Pero llevamos así años, y siempre gastamos los mismos argumentos, siempre decimos las mismas palabras, nosotros y tu. Siento decirte lo que voy a decirte ahora, tu madre y yo lo hemos hablado mucho, y nos costó mucho llegar a esta decisión, pero ya no podemos más , ya no aguantamos más, nuestros nervios están desechos y creemos que es lo mejor. Antonio, puedes y debes irte, de hecho, te tienes que ir. No queremos saber donde vas ni a que vas, pero debes marchar, desaparecer de nuestras vidas, nosotros ya somos mayores, tenemos achaques y necesitamos tranquilidad, y contigo en esta casa eso es imposible. Es muy duro echar a un hijo de casa, decir a un hijo que desaparezca de nuestras vidas, pero más duro es el día a día a tu lado, sufriendo a cada instante el martirio a que nos condenas con tu presencia, con tus entradas y salidas intempestivas de casa, esas llamadas a las tantas, esas amistades, el escándalo que provocas día sí día también. Eres un desastre hijo. No sé en que hemos fallado, donde nos hemos equivocado, que hicimos mal para que salieses así de díscolo, de rebelde. Tienes una edad, tienes que procurarte la vida por ti mismo, dejar de explotarnos, de aprovecharte de este techo y de nuestra paciencia. Nunca te hemos pegado, jamás te hemos gritado, siempre hemos procurado darte lo mejor, pero no sé de donde has sacado esa manera de ser, que nada aprovechabas. Ahora puede ser que sea demasiado tarde, puede ser que no tenga remedio. El daño que nos has hecho a tu madre y a mí es irreparable, nuestra vida es ya un fracaso pase lo que pase en el futuro, nos has hundido, ahora solo queremos morir en paz, sin mas desasosiegos. Puede que nos arrepintamos de esto que te estoy diciendo en nombre de tu madre y mío, pero necesitamos estar solos, necesitamos el silencio, necesitamos saber que no vas a venir a las tantas, que no vas a alborotar con tus asuntos turbios. No te voy a seguir dando explicaciones, solamente desearte suerte, que la necesitarás, y no te voy a dar más consejos, ya sabes todo lo que pensamos sobre ti y sobre tu vida y lo que nos gustaría que fuese de ella, pero que tu te empeñas en estropear. Adiós Antonio, hasta siempre y hasta nunca. Cuando salgas por esa puerta será la última vez que lo hagas, te irás y no volverás.
-...Ja. Me la suda. Yo paso de todo y de todos. ¿Queréis que me vaya? Pues os vais a joder, por que no me pienso ir.
-Antonio no lo pongas más difícil. No eres un niño, no tenemos obligación de mantenerte, no tenemos obligación de tenerte en casa. Tenemos la firme decisión de que te vayas. Por favor no lo pongas más difícil.
-Tu estas sordo o no quieres oír? Te digo que no me voy, que me quedo. Pa-ra-siem-pre. ¿Entiendes?
-Bien Antonio, en ese caso tendremos que avisar a la policía y que sea ella la que decida sobre si tienes derecho a quedarte o a irte.
-Llama a quien te salga de los cojones.
-Eres una alimaña Antonio, no te reconozco, no se quien eres, de donde sacas ese ser tuyo, pero claro que llamaré, vamos que voy a llamar ya.
-Antonio Caso Bailo...¿es usted?
-Si
-Muy bien, me deja su DNI por favor?
-Tome.
-Así que tiene 34 años. ¿profesión?
-No se, varias. Depende de la época del año y de lo que salga.
-¿Estudios?
-No muchos. EGB
-Actualmente está trabajando?
-Que más quisiera, no sale nada jefe.
-Ya...bueno, tenemos aquí una demanda contra usted interpuesta por su padre...Marcelino Caso Moliner. No es muy común pero el deseo expreso de su padre y de su madre...Eva Luisa Bailo Sesé, que también lo firma, es que usted abandone el domicilio de ambos. Y bien...tiene usted algo que alegar?
- Que no tengo a donde ir. No tengo casa propia, no tengo nada.
- Hermanos?
- Hermana...pero no vive aquí, vive en Caracas creo. Hace lo menos 10 años que no la veo.
- Es usted soltero?
- Si y a mucha honra.
- Y no tiene usted hijos?
- Que yo sepa no.
- Muy bien, tiene usted algo más que declarar?
- Pues eso, que me declaro insolvente, que es mi casa igual que suya, que llevo viviendo ahí toda la vida y eso...
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martes, 23 de agosto de 2011
tanta duda sometida al perfil de la avaricia
Tanta duda sometida al perfil de la avaricia me dejó exhausto, lívido y vacío. Tras una pausa para respirar profundo, para sentir el abismo que me separaba de la realidad, juré para mis adentros una vez más y continué el camino que me llevaba al cielo o al infierno. Tan solo doce kilómetros para llegar a la frontera, para pasar al cielo...pero ahora en el infierno debía resguardarme de las llamas, del sofocante calor, del peligro inminente, de la duda que me atenazaba y como una losa encadenada a mis tobillos me impedía caminar con la urgencia que la situación requería. La noche se cernía sobre la montaña siniestra, y sus sombras me protegían a pesar del acecho de la oscuridad que ralentizaba mis movimientos y me hacían vulnerable a los espectros de la noche. El camino trazado por mis pasos se suponía seguro y sin tránsito humano, pero a cambio era un calvario sinuoso y tétrico, la niebla se cernía sobre la espesura de un bosque cada vez más oscuro, una oscuridad blanqueada por la niebla pero ciega y espesa. Confundido por el ruido a hojarasca seca y ramas rotas bajo mis pies, avanzaba sin apenas mirar atrás, sabiendo que un futuro magnífico podría ser tan solo a unas horas, pero sabiendo también que si algo fallaba, el ocaso y el oprobio me esperaban de igual manera. La frontera, esa sima, esa falla profunda en mi vida. Tan cerca y sin embargo tan lejos, tan sumamente lejos y apartada de esta cruz presente, de este lodazal de sombras y nubarrones negros.
son multitud
Son multitud, como el plasma, como las bacterias. Son muchos y se concentran. En la concentración está la fuerza. No es espontánea no, no es una concentración que salga del corazón, de los adentros. Es una masa convocada por un organismo muy poderoso, muy bien formado, con muchos siglos de experiencia en formar y deformar las realidades, en curtir las sociedades. Es probablemente la organización más organizada, mejor trabada, más fiel, más dispuesta al trabajo, implacable al desaliento, tenaz, sibilina y torticera como pocas, pero eso sí, capaz y ensamblada como pocas. No hay empresa en el mundo conocido que tenga la capacidad de liarla parda como tiene esta.
Esta organización de vez en cuando se da un baño de multitudes, se expone a cuerpo y entran en campaña, se hinchan como globos, se les sube el ego, se ponen hirvientes, fervientes dicen ellos, y con grandes palabras que a fuerza de repetirlas y usarlas en todas partes empiezan a desgastarse y a perder el significado, se politizan en el mal sentido de la palabra ... y nos vuelven locos a todos. Como tienen tanta fuerza y son tan pertinaces y pujantes, insisten, remueven Roma con Santiago y acaban en Madrid agasajados, mimados, consentidos por los supuestos poderes públicos y gastando una pasta gansa para organizar semejante sarao. Con expresiones pánfilas y papanatas se creen imbuidos en la razón y se ahuecan como pavos con sus máximas llenas de palabras rotundas, vacías y se emborrachan de santidad. Confunden el culo con las témperas y acaban tomándolo todo como propio y justificando su magnanimidad y leyendo la cartilla al resto de la sociedad, haciendonos creer que la verdad es lo que sueltan en forma de arenga colectiva e imponiendo su mayoría a martillazos. Todo amor, todo misericordia, todo alegría, pero 50 millones de euros y el mundo en suspensión de pagos. Una ciudad tomada, unas autoridades públicas sumisas y una constitución laica secuestrada. Punto.
Esta organización de vez en cuando se da un baño de multitudes, se expone a cuerpo y entran en campaña, se hinchan como globos, se les sube el ego, se ponen hirvientes, fervientes dicen ellos, y con grandes palabras que a fuerza de repetirlas y usarlas en todas partes empiezan a desgastarse y a perder el significado, se politizan en el mal sentido de la palabra ... y nos vuelven locos a todos. Como tienen tanta fuerza y son tan pertinaces y pujantes, insisten, remueven Roma con Santiago y acaban en Madrid agasajados, mimados, consentidos por los supuestos poderes públicos y gastando una pasta gansa para organizar semejante sarao. Con expresiones pánfilas y papanatas se creen imbuidos en la razón y se ahuecan como pavos con sus máximas llenas de palabras rotundas, vacías y se emborrachan de santidad. Confunden el culo con las témperas y acaban tomándolo todo como propio y justificando su magnanimidad y leyendo la cartilla al resto de la sociedad, haciendonos creer que la verdad es lo que sueltan en forma de arenga colectiva e imponiendo su mayoría a martillazos. Todo amor, todo misericordia, todo alegría, pero 50 millones de euros y el mundo en suspensión de pagos. Una ciudad tomada, unas autoridades públicas sumisas y una constitución laica secuestrada. Punto.
papanatas que se dejan engatusar
Papanatas que se dejan engatusar, gentes blandas, gentes tenues, humillados una y mil veces por la torpeza del consumo pánfilo y estúpido, dejados a contramano por la historia en un rincón de gastos y pedantería, de chuminadas y polleces. Moñas sin papel en esta vida, pusilánimes de espíritu, carne de cañón, victimas de la moda, de las marcas, de la existencia vicaria , del aparente ausente. Encefalogramas planos. Absurdos y fútiles, pajarillos sin alas, princesas sin tul, un quiero y no puedo que frustra a tanto guapo de salón, a tanto bobo en ciernes, a tanta manada de estrechos de mente. Adulterados por el mito del éxito fácil, por la cultura del pelotazo, embotijados por los rayos uva y la payasez disfrazada, hoy me pongo esto mañana lo tiro y me compro otro, y no puedo, pero tengo que hacerlo, la tribu espera fuera a juzgarme, a valorar mi fachada que es lo único que vale, aunque esté hueco por dentro como un cubo de plástico. Y mientras gasto más que puedo, debo más que pago, exhibo más que guardo, huelo a colonia cara escanciada desde los probadores del corte inglés, pinto la mona y parezco pero no soy. Y así un día y otro y muchos días y muchísimos días, tiempo a gatas, maullando mi miseria. Pero lo importante es la foto, la apariencia, el barniz con el que deslumbro al mundo que me observa, y yo tan feliz de ser observado, de parecer, de hacer creer, de ser capaz de embelesar, y yo mas tieso que un ajo, paso con mi relumbrón alrededor de la plebe congregada a mi rededor con la boca abierta de asombro, y como luzco, como brillo, y ya puedo dormir tranquilo aunque los números vuelen sobre mi cabeza como las moscas en la mierda, aunque las cuentas no cuadren de ninguna de las maneras, aunque la nómina se muestre insuficiente para sujetar tanta tontería, tanto despilfarro, tanto gasto superfluo y baladí...pero no importa, soy lo que aparento ni más ni menos, y aunque podrido por dentro, hueca la cabeza y vacío el bolsillo, si luzco mis levi´s desgastados recién comprados, si huelo a armani, si los tapacubos de mi audi están brillantes, entonces nada debe preocuparme, las letras que debo, el desierto de deudas que se cierne sobre mi futuro, eso no es nada, si cuando salga a la calle oliendo a dios, si mis pantacas son tan desgastados y nuevos a la vez, si mi coche arranca a la primera , si la ventanilla ahumada de mi bólido se desliza para dejar que los acordes de mi supermegaequípo de música rieguen todos los oídos a un kilómetro a la redonda, si vivo reluciendo en mi vitrina de vida, entonces ya todo está bien. Y pasa el tiempo, y sigo pertrechado en mi glamour, en mi nube, en mi trampantojo vital, aparentando lo que no soy y siendo una apariencia, una foto trucada, un efecto óptico que brilla ante el espejismo que pretende ser, una flor de plástico hiperrealista que sin embargo no huele. Y así sin darme cuenta empiezo a ser otra persona, otra cosa, otra vida y borracho en mi ser me confundo de cómo soy, si soy o no soy yo, o que o quien soy y porque soy, así tan inútil, tan bobalicón, tan sosote, tan pánfilo, aunque huela a colonia cara, aunque mis ropas valgan mucho, aunque rompa y rasgue, a pesar del glamour que desprendo, pero yo lo sé, se que por dentro es todo una reducción al absurdo, un espejismo, un blufee. Pero sigo con mi pedagogía de anuncios inyectados por la vena, con mis chutes de marcas y colores, de patrañas verdaderas, cada vez mas tonto, mas abducido, y lo se, pero no puedo hacer nada, es tanta la droga comercial, tanto el subidón de adrenalina que me da el comprar, el aparentar, el verme en el espejo, que aunque sepa con certeza que cada vez soy mas huero, más papanatas, no puedo hacer nada por evitarlo, soy un jonky de este circo, de este barro. Y así pasan los días y las estaciones, y yo me adelanto a ellas, el futuro puede al presente. No termino de comer el turrón cuando ya me veo primaveral, y con los primeros estornudos de la primavera me pruebo las bermudas que luciré en el chiringuito este verano, y cuando sude como un pollo bajo el ventilador anhelaré el chaquetón de piel que vi. en el escaparate. Exigiéndole a la vida tiempo para gastar, lugares donde lucir, más gentes que me admiren. Y en eso paso el tiempo, estresado por lo que me dejo de gastar, por lo que dejo de lucir. Y es tanto...mi armario abarrotado es un complejo crucigrama que me cuesta solucionar cada día. Tantas variables, tantas posibilidades, todas tan validas y tan absurdas a la vez. Y el calendario me apremia. A estrenar algo, a acudir al esteticista, al peluquero, al gym, a la recepción del embajador, que se yo, y si no existe me lo invento. Hojeo las revistas del corazón con envidia contenida y absorbiendo por todos los poros de mi bolsillo las capacidades para poder ser espejo mañana de lo que ahora repaso en las fiestas marbellís , y todo me parece poco, y nunca luzco suficiente, debe ser normal, siempre me pasa. A un traje de un diseñador le sucede otro tan importante o más que el anterior, e intento ponerme al día para saber quien despunta más , quien es más actual, mas moderno, quien está a la última tendencia, no vallamos a equivocarnos, y eso sería imperdonable. Estoy en la pasarela Cibeles y con el reojo estoy en París y pensando en Milán, y me estresa tanta banalidad, me abruma tanto sofisma moderno, y en esas estamos, esclavo de este circo, humillado a tanto gasto, pero soy tan bobo y tan memo que nada me consuela, vivo en vilo, sin paz, ahuecado por dentro, con las pupilas gastadas de ver tanto lujo externo y no poder disfrutarlo pues mi billetera esta lejos, eso me desestabiliza, eso me sienta a cuerno quemado. Quisiera ser David Beckham o quizá un modisto moderno, pero soy tan solo una victima de aquello que yo no tengo. Necesito tener más , necesito estar cubierto de lujos y zarandajas, ser el centro del universo, el más guapo, el más alto, el más envidiado del cielo, lo malo es que soy muy tonto, y el lujo no me deja verlo..
nos despabilan las torturas por venir
Nos despabilan las torturas por venir, nos dejan atónitos y sin aliento tantas injusticias apelmazadas en este corto espacio de la historia. El poder tan poderoso, tan lleno de herramientas tan diversas, desde las más sutiles hasta las mas atroces y burdas. Según el momento y la circunstancia se emplea una u otra. Por todas partes llueven piedras. Las mañanas de un tiempo a esta parte solo vomitan por la radio la zozobra y el desaliento, la desesperanza, siempre la misma cantinela, estamos mal y estaremos peor. Las amenazas son constantes y múltiples. Los Estados como tales dejaron de funcionar hace tiempo, ahora mismo son comparsas de los mercados, que es lo mismo que decir que un ente abstracto y deshumanizado se ha instalado en las cúpulas y desde allí gobierna despóticamente a espaldas del interés general. Obedientes y sumisos, los Estados son caricaturas de ellos mismos. Ya no quedan grandes estadistas, esos que antaño criticábamos por omnipresentes y plenipotenciarios, hoy son echados de menos ante la avalancha de capitales privados más despersonalizados y sin duda más peligrosos para el ser humano. El poder de las grandes corporaciones financieras sin rostro pero despiadado, con la sensibilidad propia de una computadora siemens, es hoy en día nuestro jefe. La lógica de las contabilidades macrocapitalistas, frías y deshumanizadas, se muestran como el paradigma a seguir, el anatema al que todos debemos pleitesía y al que todos tememos y odiamos, pero sin embargo nos atornilla día a día y nos deja sin baza y sin opción. Hay que organizarse. Así reza el argumentario social, la necesidad de poner coto a tantos desmanes, la necesidad de reivindicar al ser humano por encima de las cifras y los datos. Necesidad de hacer historia, de parar la tropelía, el desatino mayúsculo que supone vivir supeditados a unas reglas dictadas desde las maniobras soeces de unas máquinas que rinden pleitesía al capital concentrado, a cuatro gatos. La inmensa mayoría se muestra vulnerable, entorpecida, amedrentada, pobre y sin opción. La razón dejó de servir, y se nos arroja el guante, se nos invita a finiquitar semejante estado de las cosas. Es preciso, es urgente, es necesario. Lamentablemente contamos con una sociedad dormida, anestesiada por los medios de comunicación, sufrimos el desamparo propio de la desorganización y la falta de poder efectivo. Estamos en entredicho a la hora de poner en práctica soluciones reales, no tenemos mecanismos eficaces para ello. Estamos desentrenados, nos ha pillado el toro por sorpresa y en plena fiesta de jauja, partimos de la desorientación y el desconocimiento y tenemos que llegar a conquistar el poder, la razón y la lógica, tenemos que llegar a construir un paisaje social público poderoso y una economía razonable, tenemos en resumidas cuentas que acabar con el capitalismo como sistema económico dominante, y debemos instaurar un nuevo modelo económico pensado y diseñado para las personas, para las mayorías, justo y razonable...pero estamos tan lejos.
melodrama salvaje
Melodrama salvaje, realidades imposibles, certezas superando ficciones. Cuando creías que todo lo habías visto surge el notición, el puñetazo en la cara para despertar de la ataraxia más profunda. Parece mentira pero no lo es, parece un relato literario pero es una crónica exacta de lo que acontece día si, día también. Truculentos asesinatos, barbaries imposibles, abyecciones terribles, angustias gigantescas proyectadas en la pantalla del televisor o en la escalera de tu casa. Guiones para novelones sádicos, argumentos de cine gore y mucha, mucha caspa. Los telediarios se han convertido en el nuevo arsenal de musas para los nuevos best seller. Un oficinista gris y desgarbado que jamás ha roto un plato degüella a su mujer y sus tres hijos con un hacha de leñador y luego se precipita desde la ventana de su vivienda muriendo en el acto. Un mamarracho que ocupa un alto cargo en un ministerio es detenido borracho cuando conducía su coche a más de ciento ochenta kilómetros por hora con una adolescente de 16 años a la que previamente había amordazado y violado. Y se quedan tan anchos, como si no pasase nada, como si esto fuese lo más normal del mundo, como una noticia más. Te las ponen entre alguna dimisión política sin trascendencia y unos datos banales de macroeconomía y pasan desapercibidas, como sucedidos del montón. Se intentan camuflar como noticias y en realidad son el termómetro de la temperatura social de una civilización. Después de tantos siglos de pulir la ética, de establecer códigos de conducta, de intentarlo todo con leyes, llamamientos a la cordura, derechos humanos...estamos al mismo nivel que los bárbaros de antaño, si no peor, por que peor se justifica esto, cuando fuera tienes un montón de pedagogos, psiquiatras, asistentes sociales, etc..Pero el postcapitalismo neo que tenemos produce estos monstruos, si no otros. El exceso material a nuestro alrededor, las enormes distancias económicas entre ricos y pobres y una sociedad hiperinformada-hiperdesinformada, comunicada en grado extremo genera esta nueva calaña sociológica que son los kitch sociales, los que se salen del renglón, seres y situaciones con las que no se contaba a priori, actitudes sorprendentes, personalidades con dobles vidas, que parecen integrados y que de repente nos sorprenden con alguna acción que se sale de madre. Aparentes y honradas amas de casa que de la noche a la mañana se convierten en execrables asesinas, infatigables trabajadores que pagan sus impuestos pero que destrozan la cabeza de sus novias un lunes por la tarde de agosto. Cuando creias que todo lo habías visto, o al menos leido, resulta que salta la sorpresa, surge el vendaval y la realidad nos desnuda.
martirologio y penitencia de por vida
Martirologio y penitencia de por vida. Abnegación y suplicio. Flagelo constante para purgar el posible pecado. Cilicios colocados estratégicamente y botos innumerables intentando paliar el justo castigo, la justa causa del martirio inflingido por altos tribunales eclesiásticos, por altas instancias papales. Escapularios varios para aventar al demonio en todas sus representaciones, gloriapatris rezados en latín y agua bendita para limpiar tanto pecado de obra, de palabra o de omisión. Nunca era suficiente. Congoja nada más levantarse del lecho, angustia al volver a el, y en medio de tanta desazón un día entero de penitencia, un día entero de mortecina existencia, de misa a las 8 de la mañana, de rosario a la caída de la tarde, de persignaciones, de signaciones y santiguarse después una y mil veces, callo en las rodillas de humillarse ante el santísimo tantas veces, ropas negras desgastadas del uso diario y el gesto atribulado del penitente, del ser que no se permite una mueca un gesto que desfigure el rostro hacia permisividades ni frivolidades mundanas. Entre los ojos y el mundo ese filtro celestial, ese prisma beato y constreñido que acaba por monopolizar el ser. Solo con dios basta,( y sobra), es tanta su presencia, tal es su poder y su gloria que no se puede evitar estar impregnado de su presencia omnímoda y perenne. Hacer de la mística una segunda piel, que tape bien, que cubra completamente las vergüenzas, que nos disponga por doquier a cualquier ataque de mundanidad, a cualquier atisbo de indolencia humana.
mamotreto y zarandanga
Mamotreto y zarandanga, estupor vivo y concreto, por las venas de mi sangre, el humor de las musas muta, y entre ruidos y silencios, anochece en mis adentros, la brújula de mis sueños, el vacío existencial, la mandanga y el clamor, de los tiempos ya pasados, el hogar del perdedor, de tantas luchas perdidas, de tantas nubes borradas, de la memoria sangrante, de las gónadas rajadas. Suerte de tiempo baldío, pecados que ya ni se nombran, es el futuro de hiel, artilugio y artificio, por principio baladí, que ni surte efecto ni vale, ni sueña la luna menguante, ni daña la vida propia, por estímulos valientes de un final sin descubrir. Todo, tan solo todo cambia y ruge, todo tan solo todo se vuelve loco.
Azuzado y espoleado por un tiempo desletrado, por alimañas humanas que pisan las flores y ríen, sin saber, sin conocer, solo emberrinchados por ser, expuestos a contravientos, con sus cunas desbordadas de futuras fieras humanas, sin mas norte que la nada como piedras devenidas a patadas sin criterio, encefalogramas planos,¿ para que el pensamiento?, si la bobada mundana, la tontería del necio, postulan con poderío, se abren camino en el cieno y devastan cuanto encuentran, pues la fuerza es su sustento, la inteligencia no vale y menos el conocimiento. Los animales lo saben, saben que pueden serlo, que nadie se lo impide, que nadie les pone freno, al contrario, se estimula, se vanagloria al cateto, al superfluo, al botarate, al palurdo y al zopenco, mientras la inteligencia espera que soplen mejores vientos, pues estos que nos despeinan ahora son solo eso.
Agotado de esperar a la razón sumergí mi entendimiento en un vaso de ginebra tan limpio como el cristal. Esperando la esperanza de una humanidad humana, desesperé ante tanta inhumanidad. Respiramos hondo para contener la rabia a la injusticia, para defendernos de la cascada de argumentos soeces que nos bendicen, para soportar el chaparrón de banalidades, los trallazos de memeces, . Insultan a la razón y sacan pecho por ello, se jactan de su pamplina, de su ruina, del bollullismo sin precio. Es la constante postmoderna, ser gañan y ser violento, vestir como un dandy trasnochado como si eso valiese para ganarse el pan tierno, como los gallos pintones, la fachada, el grito seco, humillando inteligencias, baldando sensibilidades, puñetazos en la mesa para demostrar el camelo, el truco tosco y sin gracia, escupiendo sobre el suelo, en las gafas oscuras y ahumadas que proyectan no estar cuerdo, pero duro y tetosterónico como un mulo en este tiempo. Rudo, bizarro y enteco mental, tus avales para legitimar tanto entuerto, tanto desatino, tanta patraña, tanto duelo.
Azuzado y espoleado por un tiempo desletrado, por alimañas humanas que pisan las flores y ríen, sin saber, sin conocer, solo emberrinchados por ser, expuestos a contravientos, con sus cunas desbordadas de futuras fieras humanas, sin mas norte que la nada como piedras devenidas a patadas sin criterio, encefalogramas planos,¿ para que el pensamiento?, si la bobada mundana, la tontería del necio, postulan con poderío, se abren camino en el cieno y devastan cuanto encuentran, pues la fuerza es su sustento, la inteligencia no vale y menos el conocimiento. Los animales lo saben, saben que pueden serlo, que nadie se lo impide, que nadie les pone freno, al contrario, se estimula, se vanagloria al cateto, al superfluo, al botarate, al palurdo y al zopenco, mientras la inteligencia espera que soplen mejores vientos, pues estos que nos despeinan ahora son solo eso.
Agotado de esperar a la razón sumergí mi entendimiento en un vaso de ginebra tan limpio como el cristal. Esperando la esperanza de una humanidad humana, desesperé ante tanta inhumanidad. Respiramos hondo para contener la rabia a la injusticia, para defendernos de la cascada de argumentos soeces que nos bendicen, para soportar el chaparrón de banalidades, los trallazos de memeces, . Insultan a la razón y sacan pecho por ello, se jactan de su pamplina, de su ruina, del bollullismo sin precio. Es la constante postmoderna, ser gañan y ser violento, vestir como un dandy trasnochado como si eso valiese para ganarse el pan tierno, como los gallos pintones, la fachada, el grito seco, humillando inteligencias, baldando sensibilidades, puñetazos en la mesa para demostrar el camelo, el truco tosco y sin gracia, escupiendo sobre el suelo, en las gafas oscuras y ahumadas que proyectan no estar cuerdo, pero duro y tetosterónico como un mulo en este tiempo. Rudo, bizarro y enteco mental, tus avales para legitimar tanto entuerto, tanto desatino, tanta patraña, tanto duelo.
magdalena está llorando
Magdalena está llorando, lo ha hecho toda la noche, y ahora cuando el sol no se ve pero su luz se atisba, sigue llorando. Tiene los ojos cansados, tristes, están brillantes pero sin chispa, los tiene enrojecidos de tanta lágrima. Está sentada sobre la silla de enea de la cocina, mirando por la ventana sin ver nada, con las manos sobre el regazo entrelazadas y blandas. Ayer no cenó nada y no tiene pinta de que vaya a desayunar mucho. Su rostro está blanquecino. Magdalena está despeinada, mechones le caen por la frente desaliñados, pero ella no se da cuenta de nada. Está sola en casa. Magdalena espera que suene el teléfono, pero este no da señales, espera sentada en la silla de enea. Ahora no llora, se ha quedado como una estatua, sin moverse, mirando por la ventana sin gesto, con la mente en blanco, por eso no llora, está destrozada pero no tiene fuerza ni para ir al baño. A Magdalena la vida le ha tratado mal, y para colmo de males, lo de anoche. Hace muchos años hubo muchas noches como esta pasada, y como entonces, ahora llora. Hacía mucho tiempo que Magdalena no lloraba por las noches, ya tenía el día entero para agotar las lágrimas. Magdalena una vez estuvo enamorada, tan enamorada que se casó, pero de eso hace muchísimo tiempo. Estaba tan enamorada que tampoco era consciente, estaba tan llena de amor que no se daba cuenta que no era real. Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde, ya solo lloraba. Lloraba por el amor perdido, lloraba por el sufrimiento que ese fallido amor le infringía, lloraba por si misma, por que su sensibilidad le ponía en situación de llorar más que en situación de reír. Magdalena lloraba viendo la televisión, lloraba si una vecina le contaba cualquier desgracia, por nimia que fuere, por insignificante que fuese comparado con la propia. Ella siempre estaba dispuesta al llanto, perfectamente entrenada en el dolor, en el flagelo diario de la vida. Por culpa de un marido que no le quería, por culpa de un hijo díscolo que no gobernaba, por culpa de su madre maltratada, por culpa de una pobreza caprichosa que se cebó en su desgracia. Desde joven su hábito al llanto fue una constante. Su padre generaba tanto dolor a su alrededor que conseguía que su madre, ella y su hermana llorasen a la vez, y esto lo lograba con frecuencia. Lo que más ha hecho Magdalena en esta vida ha sido llorar. Casi todos los días llora, es más, casi todos los días llora varias veces y con muchas ganas. Magdalena nunca a trabajado, Magdalena siempre fue un ama de casa. Magdalena no tiene amigas, ni amigos. Conoce gente, pero apenas cruza unas palabras con ellas, ella siempre huidiza y timorata pasa a hurtadillas entre el gentío. Entra en la panadería o en el supermercado haciendo muy poquito ruido, dando pasos muy cortitos y ligeros, con la cabeza inclinada, con las manos recogidas sobre su cuerpo, aferrando siempre el mismo bolso. Viste oscuro, no necesariamente negro, pero casi. Magdalena es triste, y da igual que llueva como que haga un sol espléndido. Ahora parece que se está quedando transpuesta, sentada en la silla de enea, la cabeza va agachándose y clavando la barbilla sobre el pecho, el sueño le vence, pero en ese preciso instante suena el teléfono, al principio Magdalena no reacciona, es al tercer timbrazo cuando Magdalena se incorpora con dificultad y descuelga el auricular, con apenas un susurro pregunta “quien es”, a continuación Magdalena escucha con atención lo que dice el auricular al otro lado de la línea. “mama, lo siento, tienes que ayudarme, estoy en la comisaría”, y Magdalena no llora, pero su gesto es elocuente, está como despistada, con la mirada perdida en la ventana de la cocina, no se atreve a preguntar nada al respecto, tan solo aclara cuestiones técnicas: “que hago, estas bien, donde voy”. Magdalena apunta una dirección y un teléfono. Muy despacito cuelga el teléfono y sin mayor prisa se dirige a su habitación. Descuelga la falda gris, la camisa negra, la chaqueta azul marino y lentamente se las pone. No se pinta, tan solo se peina un poco y se lava la cara con agua fría sin jabón. Después coge el bolso, comprueba que lleva las llaves y el monedero con suficiente dinero y con el abono transporte y sin mayor dilación sale por la puerta muy despacio pero sin detenerse un instante.
imposible embaucar mas
Imposible embaucar más, imposible ser más sibilino, ese arte, ese docto, esa forma de hipnotizar con la presencia. Aparece impoluto y brillante como un cuarzo ante nosotros, nos hechiza con su olor a colonia cara, con los brillos de su pelazo negro, prestidigitador de gestos protocolarios de alta estirpe, percha inmaculada, sonrisa envolvente y glamour de pasarela. Pisa fuerte y decidido el pasillo de la Compañía, consciente de ser centro de todas las miradas, esgrimiendo desparpajo y decisión, como un torero en el paseíllo previo a la faena, como si fuese el protagonista de un video clip, avanzando seguro y cierto, con aplomo, supurando éxito y envidias. A medio pasillo se desenfunda la gabardina, y como el capote de un torero, la usa y envuelve en su antebrazo con arte y poderío, dejando que las miradas lo devoren, sabiéndose diana de todos los dardos de las pupilas de sus súbditos, boquiabiertos y embobados ante el aura del todopoderoso triunfador. Desenfunda el móvil como un sheriff la pistola, y como si fuese una extensión de su mano lo maneja con maestría estética. Todo en él es acompasado y perfecto. Nos deleita con su danza cotidiana y nos deja absortos y vencidos. A partir de aquí lo que haga o deje de hacer es lo de menos, tanto da si sabe como si no, si domina la materia que trata como si la maltrata, el embrujo hizo su efecto y el elixir que nos inoculó nos corre por las venas hasta dejarnos sin baza. Rendidos a sus encantos seguiremos su rastro de Hamelín y nos precipitaremos al vacío obedientes y sumisos.
gargarismo sutil y fatuo
Gargarismo sutil y fatuo, desdichada espera negra, que mas tarde o mas temprano nos invita a la desgracia, al penar de pueblos deshabitados, a inviernos sin estufa, a calamidades amontonadas en el muladar de los sueños, donde la dicha y el peso de la vida parece mecerse a contracorriente, a pesar de los umbrales vencidos, a pesar de tanta lluvia recogida, sin saber a ciencia cierta si nada ni nadie puede establecer las musas de la suerte escapada de la angustia cotidiana, que nos envuelve y marchita, sin tener por que rendirse entre cartas marcadas, entre juegos a primera sangre, entre acechanzas y paliques que nos llevan sin mas a establecernos en la cotidianeidad, en la espesura de bosques y caracolas.
estabulado en la pobreza
Estabulado en la pobreza más atroz, donde se pierde el sentido del dolor, allá donde la persona se desdobla en animal y el gesto torvo y astillado permanece por más tiempo. En ese instante donde el reflejo del espejo escupe una imagen desoladora e irreconocible, un espectro vagabundo, un ser abyecto y miserable, abandonado a su suerte y coqueteando con las ratas. Todo tiene un proceso, un devenir, un curso. Desde que te peinas a raya, te perfumas con profusión, te acicalas como una novia, te maqueas como un maniquí, hasta que te ves en esa circunstancia anormal de la vida en que no te reconoces como humano y la mugre y el hedor se atrincheran en tu cuerpo, pasa tiempo, pero es un día, un instante, un segundo en el cual pasas de ser un humano a ser un animal. Esa fina línea temporal que separa la humanidad de la animalidad ocurre en un instante, en un segundo. Aquel día de marzo, Jaime Areces, exconsejero del grupo de inversión Acept. company , pasaba de ser un ser humano a ser una piltrafa humana o un animal sin gesto. Se contemplaba delante del espejo en medio de un estercolero. Un pedazo de cristal reflectante que sin embargo dejó impávido e indolente a Jaime Areces. Se miró, se observó concienzudamente, pero no se pensó...no le pasaba ningún pensamiento por la cabeza, tan solo se veía y no se reconocía. Caminaba por instinto, se procuraba la vida por instinto, vivía por instinto. Dejó de llorar tiempo atrás, de cuidarse, dejó de reir, dejó de hablar, dejó que su barba creciera, que su ropa se ensuciase, abandonó su suerte, su familia, su hogar, su circunstancia.
La familia lo buscó durante mucho tiempo de manera intensa. Salió su foto en televisión, en las marquesinas de los autobuses, en las puertas de los supermercados, en las farolas de la ciudad se veía su cara y una llamada suplicante, un número de teléfono y la promesa de una fuerte recompensa a quien encontrase o supiese algo del paradero de Jaime Areces. Se recibieron multitud de llamadas, todas ellas falsas o equivocadas
La familia lo buscó durante mucho tiempo de manera intensa. Salió su foto en televisión, en las marquesinas de los autobuses, en las puertas de los supermercados, en las farolas de la ciudad se veía su cara y una llamada suplicante, un número de teléfono y la promesa de una fuerte recompensa a quien encontrase o supiese algo del paradero de Jaime Areces. Se recibieron multitud de llamadas, todas ellas falsas o equivocadas
es tan ancha la estulticia
Es tan ancha la estulticia, la angostura no procede, entre recovecos y paramecios la postura del ligamento humano es si cabe mas dificultosa que la apatía que me produce tanta palabrería sin sentido. Y ahora en serio- ¿Dónde dices que dejaste el diccionario? Estoy leyendo palabras sin sentido-o no- y no atisbo el sentido del texto, de tal manera que precisaría un diccionario para buscar significados, y después ver si podemos desentrañar el sentido del texto. No es fácil a veces encontrar el significado de ciertas palabras, o por lo menos encontrar el sentido preciso: abyecto, por ejemplo, es una palabra dificultosa, fuerte, con personalidad y con un significado extraño cuando menos. Veamos la definición que nos da el diccionario. Bajo, vil, también humillante, despreciable. Cuanto horror en algunas palabras, cuanto insulto, cuanta miseria. Te llaman abyecto y te quedas con cara extraña, sin saber muy bien si te han insultado mucho o poco, aunque no te quede la mínima duda de que has sido insultado, está claro que no es un halago, para eso no necesitas diccionario. Si te llaman botarate, mamarracho, por poner el caso, pasa igual, es un insulto, pero no tan grave quizá como abyecto. Un mamarracho es despreciable por su descuido humano, por desliño, por dejadez, por tontería natural, como un botarate lo es por azares del destino, te conviertes en botarate, en un ser que va y viene, en una veleta que lleva el viento, pero no existe la maldad, la inquina que denota la abyección. Y sin embargo parece que te insultan más si te llaman botarate o mamarracho que si te llaman abyecto. Y sin embargo no es así, o no debería. En la mamarrachez o en la botaratez no hay tanta mala intención como en la abyección.
Pues eso me pasa a mi esta mañana. Me siento insultado por las circunstancias, pero no se si mucho o poco, no se si es más la sensación que tengo debido a mi susceptibilidad o es ciertamente un insulto en toda regla. Puse una cruz en si, cuando debí ponerla en no, pero el caso es que no fue un error sin más. Yo estuve leyendo concienzudamente el texto, estuve largo rato intentando descifrar que es lo que querían saber de mí, y sinceramente contesté si por que es lo que pensé que debía contestar. Pero claro, hay veces que contestas si, y en realidad lo que quieres decir es no, pero la pregunta es tan ambigua, tan poco clarificadora, que no sabes muy bien que es lo que debes contestar, esto es, si dices si igual estás diciendo que si que quieres que te quiten el dinero y no que si que quieres que te lo devuelvan. El lenguaje se vuelve en tu contra, y todo lo que parece una cosa acaba siendo otra. De tal manera que siento que la administración (local en este caso) hizo un truco de trilero con las palabras, me confundió-estoy seguro que aposta- y me puso un impreso delante de las narices, yo puse si, por que estaba convencido que al decir si, estaba favoreciendo mis intereses, y resultó que no, que no los favorecía, que para ello debía de haber puesto la cruz en el no. Y es que la pregunta se las traía. Era un silogismo complejo, con muchos sies y noes que embarullaban el sentido de la frase, y al final no sabías si afirmando negabas o viceversa, y ahora aquí estoy confundido, estafado, engañado y encima parece que lo he elegido yo. Por eso mi sensación de insultado, insultado si, para mi es un insulto a mi entendimiento, como si en esa mala arte administrativa buscasen la excelencia en la comprensión de un texto incomprensible o al menos confuso, y si no eres tan listo como para comprender el galimatías, pues te jodes, te quedas sin subvención, sin poder decir ni pío y con cara de gilipollas pues es lo que hay.
Pues eso me pasa a mi esta mañana. Me siento insultado por las circunstancias, pero no se si mucho o poco, no se si es más la sensación que tengo debido a mi susceptibilidad o es ciertamente un insulto en toda regla. Puse una cruz en si, cuando debí ponerla en no, pero el caso es que no fue un error sin más. Yo estuve leyendo concienzudamente el texto, estuve largo rato intentando descifrar que es lo que querían saber de mí, y sinceramente contesté si por que es lo que pensé que debía contestar. Pero claro, hay veces que contestas si, y en realidad lo que quieres decir es no, pero la pregunta es tan ambigua, tan poco clarificadora, que no sabes muy bien que es lo que debes contestar, esto es, si dices si igual estás diciendo que si que quieres que te quiten el dinero y no que si que quieres que te lo devuelvan. El lenguaje se vuelve en tu contra, y todo lo que parece una cosa acaba siendo otra. De tal manera que siento que la administración (local en este caso) hizo un truco de trilero con las palabras, me confundió-estoy seguro que aposta- y me puso un impreso delante de las narices, yo puse si, por que estaba convencido que al decir si, estaba favoreciendo mis intereses, y resultó que no, que no los favorecía, que para ello debía de haber puesto la cruz en el no. Y es que la pregunta se las traía. Era un silogismo complejo, con muchos sies y noes que embarullaban el sentido de la frase, y al final no sabías si afirmando negabas o viceversa, y ahora aquí estoy confundido, estafado, engañado y encima parece que lo he elegido yo. Por eso mi sensación de insultado, insultado si, para mi es un insulto a mi entendimiento, como si en esa mala arte administrativa buscasen la excelencia en la comprensión de un texto incomprensible o al menos confuso, y si no eres tan listo como para comprender el galimatías, pues te jodes, te quedas sin subvención, sin poder decir ni pío y con cara de gilipollas pues es lo que hay.
es andrajo, es despojo
Es andrajo, es despojo, estropicio y desperdicio, es la musa de mis ojos, el recuerdo del olvido. Por las costuras del aire, anda el viento revolcando, donde no llegan razones, llega temprano el martillo, golpeando sinrazones, vareando sinsentidos. Nos creíamos entrenados, dispuestos al humanismo, y sin embargo nos vemos lavando trapos marchitos. Después de siglos y siglos, puliendo nuestros caminos, nos vemos desperdiciados, arrumbados en el olvido. Todo es mísero y certero, todo es lupanar de ruido, de patrañas destrozadas, de gentes sin abrigo, expuestos a las tormentas, al vendaval de latrocinios, barrabasadas tendidas se muestran sin desperdicio, nos dejan las manos secas, el corazón baldío, todo mugre, todo roña, ensuciado y sin sentido. Depresivos y amarillos, llorando casi convictos, todo el rato en la miseria, todo el rato en el olvido.
Este mundo en que me encuentro, hipócrita, ruin y convicto, pone la cara amable pero el resto es desatino, no hay lugar más detestable que el sitio de los vencidos, el paraíso perdido, la decepción execrable, el amuleto marchito. Alguna vez lo soñaste, un territorio más limpio, donde las gentes sean nobles, mandados por el destino, a terrenos respirables para mujeres y niños, conviviendo en armonía seres humanos y bichos, respetando lo heredado, tomando pulso al camino, andándolo sin pisarlo, pasando sin hacer ruido, sin humillar los valores, mejorando lo vivido, hacer de la casa hogar, del hogar un compromiso, razonable, humanitario, justo y casi un hechizo. Necesitamos cambiarnos, sentirnos más aludidos, apremiados por el tiempo, trabajar por ser más dignos y dejar como legado la esencia del humanismo.
Este mundo en que me encuentro, hipócrita, ruin y convicto, pone la cara amable pero el resto es desatino, no hay lugar más detestable que el sitio de los vencidos, el paraíso perdido, la decepción execrable, el amuleto marchito. Alguna vez lo soñaste, un territorio más limpio, donde las gentes sean nobles, mandados por el destino, a terrenos respirables para mujeres y niños, conviviendo en armonía seres humanos y bichos, respetando lo heredado, tomando pulso al camino, andándolo sin pisarlo, pasando sin hacer ruido, sin humillar los valores, mejorando lo vivido, hacer de la casa hogar, del hogar un compromiso, razonable, humanitario, justo y casi un hechizo. Necesitamos cambiarnos, sentirnos más aludidos, apremiados por el tiempo, trabajar por ser más dignos y dejar como legado la esencia del humanismo.
entre requiebros y jerigonzas
Entre requiebros y jerigonzas, al final del entuerto más recóndito, donde el laberinto se estrecha y la situación se hace más insostenible, aparece la confusión y por tanto el absurdo. Estamos abocados al caos, pongámonos como queramos, pero tanta pamplina, tanto gesto por enderezar un rumbo, por organizar un mundo, tanto anhelo por poner las cosas en su sitio, no ha sido más que una lucha banal y tibia, que en resumidas cuentas no vale para nada. Todos esos magnates tan preparados, con tantos datos trabajando, con tanta parafernalia disfrazada de utilidad, no son más que patrañas y errores. Todo es un fiasco, un problema, un grandísimo error, apenas un pintarrajo infantil. Entre el descubrimiento del fuego y la nanotecnología solo cabe la imbecilidad humana. En lo sustancial no hemos dejado de meter la pata y de demostrar una y mil veces que somos más tontos que el asa de un cubo. Y que tanto supuesto control y avance no es más que una engañifa, que nos lleva al caos sin remisión. Tan listos que nos creemos y no hacemos si no entorpecer las cosas para acabar por esquilmar lo necesario, y al cabo del tiempo, lo necesario se muestra escaso, el aire irrespirable, el alimento veneno y las gentes alimañas. Pronto volverá el bumerang y nos atizará en la cabeza si no lo ha hecho ya, y estamos pues bajo los efectos del batacazo. Hubo un tiempo en que los humanos vivíamos mirando al cielo, intentando acompasar nuestros pasos al ritmo cadencioso del mundo que nos rodeaba, asimilábamos las contrariedades y procurábamos no desentonar sintiéndonos parte de un universo y no centro de él. Ahora los humanos nos criamos entre fibras ópticas y avances tecnológicos y creemos que con estos conocimientos podemos controlar el mundo como si de una televisión se tratase y nosotros dispusiéramos del mando a distancia. Todo fachada, todo aparentar, todo presunta seguridad de dominio de una situación que sin duda nos supera, pero que soberbios y procaces nos resistimos a admitir. Torres más altas han caído y esta no va a ser menos. Caerá y el estruendo será terrible. Al tiempo. Cuando Wall Street cierre por cese de negocio, cuando el papel moneda pase a ser moneda de papel, entonces veremos caras incrédulas, fantoches con cara de lelos intentando infructuosamente comunicarse con su móvil desde algún SPA en declive y vea que no sólo no hay cobertura si no que nunca la habrá, cuando se de cuenta que detrás de su parapeto de millonario hecho a si mismo no queda si no la sombra de un fracaso. Consternados y perdidos en un mundo diseñado para vivir a tutiplén y en realidad convertido en una trampa cibernética, en un muladar de progresos vacíos. Inventos milagrosos venidos a menos, y en ese lodazal nos moveremos tristemente dando bandazos y con la brújula completamente rota. Virus informáticos feroces, colapso financiero, revueltas y espasmos sociales a todos los niveles, catástrofes climáticas y en definitiva Apocalipsis todos los días a primera hora.
engolfado en la molicie
Engolfado en la molicie, arrumbado en un rincón de la barra, ensimismado en mis adentros, aferrado al vaso prácticamente vacío, con el cigarro humeante sujeto apenas por la punta de un dedo índice amarillento y un pulgar negro de carbonilla, esperaba la nada, que el tiempo tedioso y perpetuo se inmolase ante mis ojos y me ofreciese un chance, un escape a tanto gris abotargado. Miraba a través del ventanal del bar la calle repleta de vacío, tan solo de vez en cuando se veía pasar una sombra corriendo, abrigada hasta las cejas y pertrechada para el atroz invierno que sumía en duermevela el instante presente. Repasaba por enésima vez el diario intentando buscar algo que me sacase de la abulia primigenia que me inundaba. La tarde caía a plomo en la fría y gris ciudad y mis ojos solidarios con la tarde emulaban el ocaso, las letras bailaban en mis pupilas cansadas de no hacer nada y sin pensarlo solicité al camarero que rellenase el vacío existencial de mi vaso. Con la cara de inexpresión más absoluta, escanció una generosa ráfaga de whisky sobre los tres hielos del vaso, y sin pronunciar una sola palabra se encaminó hacia la otra esquina de la barra para apurar el cigarro que tenía depositado en la parte baja e interior de la barra. Con un gesto mecánico cambió el canal de televisión a la vez que miraba el reloj. Un anuncio de lavadoras fijó nuestra atención solo un instante, y a continuación se afanó en repasar con un paño unos vasos que tenía a su alcance y yo miré mi futuro a través del vidrio del vaso lleno esta vez de whisky. Fue como un fogonazo, solo un instante, si tuviese que reproducir la escena que se produjo a continuación no sabría con exactitud que fue lo que pasó exactamente, si fue la chica la que entró primero en el bar o si fue la mujer mas mayor y gorda, no sabría decir si fue la chica la que se dirigió al camarero o si fue la mujer gorda, tampoco sabría decir lo que pidieron, ni la ropa que llevaban, si recuerdo que la chica llevaba unos pantalones muy ajustados, no se si de tergal o vaqueros o de pana, eran muy ajustados eso si lo recuerdo, así como que las nalgas se le marcaban ostensiblemente y auguraban una perfección de molde. Pero fue un instante, después me desentendí de ellas y me refugié en mi vaso y el periódico, y cuando oí el estruendo no acertaba a saber que pasó. Solo se que el camarero cayó a plomo sobre la barra, de bruces, como si una fuerza lo arrastrase, como si alguien desde fuera de la barra intentase sacarlo de su cubil. La mujer gorda empezó a gritar y a mascullar, pero fue la chica joven la que golpeó con la botella de coca cola vacía que había sobre el mostrador, rompió la botella en la cabeza del camarero que ya de por si se encontraba aturdido abrazado de bruces a la barra. Después del botellazo, hubo un instante, un segundo apenas de silencio antes de que el camarero acabase por deslizarse hacia el interior de la barra y cayese sobre el suelo interior de ésta. Apenas un gemido tímido se escuchaba, apenas un lamento tenue, un susurro de favor, una súplica en voz baja. Yo me quedé quieto, valorando la situación. Por un lado las dos mujeres acechantes y amenazantes, por otra parte el camarero herido probablemente de gravedad después de la brutal agresión. Fue la mujer joven la que me sacó de dudas al dirigirse a mi con la botella de coca cola en la mano y sugerirme silencio y que me fuera olvidando lo que acababa de presenciar. Le dije que no había pagado las consumiciones, pero ella me dijo que me invitaba y que me fuese cagando leches. Quería irme pero estaba petrificado, las piernas me temblaban y era incapaz de articular movimiento alguno, hasta que la chica joven golpeó con fuerza la botella ya rota sobre el mostrador, haciendo añicos el vidrio y espantándome definitivamente. Me puse en pie, cogí el abrigo del respaldo de mi taburete y sin ponerme la prenda, me dirigí hacia la puerta. De soslayo pude ver como la mujer joven sangraba en su mano derecha y como la mujer mayor me apremiaba para que abandonase el local mientras me gritaba que no había visto nada, que me olvidase de lo que acababa de ver y que no se me ocurriera llamar a la policía ni alertar de lo sucedido. Obediente y cobardica como soy, hice caso, anduve sin ton ni son la calle adelante sin rumbo fijo, con el paso apremiante, ligero, de vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás, pero más por ver si alguna de las mujeres me seguía, que por interés en el devenir de la truculenta aventura que acababa de presenciar. Conforme avanzaba a lo largo de la calle me fui tranquilizando, y poco a poco fui pausando el paso hasta llegar el punto de detenerme junto a una cerería, donde me entretuve viendo los modelos de hábitos, los tipos de velas y cirios, las estampitas y los diversos ropajes con sus colores característicos, bien de carmelitas (marrones) o nazarenos (morados), etc. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Sería un atraco o un ajuste de cuentas? ¿Serían la mujer y la hija?...Zozobrando en mis dudas, la mente me galopaba. Para ser un atraco, las dos mujeres llevaban un atuendo un tanto inapropiado, se presentaron desarmadas, con el rostro descubierto y una dosis de excitación impropia de dos atracadoras experimentadas, más bien parecía un ajuste de cuentas, quizá madre e hija, o hermana y sobrina, yo que sabía, todo eran especulaciones. Cavilaba en los entresijos de la agresión con el abrigo enfundado hasta el cuello, ajeno al frío pertinaz y creciente que iba despoblando más si cabe las ya semidesiertas calles. Inopinadamente y como un autómata me fui dirigiendo con cautela hacia el bar profanado por esas dos hembras furibundas. Cuando atisbé el letrero luminoso de Cafetería Bar El Parral, me detuve en seco valorando la situación. Desde la distancia todo estaba en calma aparentemente, nada hacía pensar que lo que acababa de ocurrir hubiese sido descubierto. Cual policía secreta me fui aproximando con la respiración entrecortada, algo me atraía hacia ese lugar aunque algo muy dentro de mí me decía que estaba loco, que me estaba metiendo en la boca del lobo, que estaba corriendo un riesgo innecesario, que era una temeridad que un hombre de 58 años prejubilado, flojo e indefenso volviese al ojo del huracán buscando una aventura que me desasosegaba. Siempre fui muy cotilla, que le vamos a hacer, cobarde también, pero alcahuete como hijo de portero que era, mucho. Así que valoré la situación, y decidí hacer una pasada rápida por la acera, y echar un vistazo al interior del bar a través de la cristalera pintada. Pasé ufano y lisonjero, muy seguro de mí mismo y como si fuese un hombre de negocios imbuido en sus adentros profesionales, pasé por delante y miré dentro. Para mi sorpresa el camarero se encontraba atareado en la última actividad que le vi antes de sufrir la agresión, es decir repasando con un paño las copas de cristal. Me detuve en seco una vez pasada la cristalera y valoré la situación. No entiendo por que, probablemente por que no valoré lo suficiente la situación, o por que pudo la alcahuetería y el morbo más que la cobardía, el caso es que muy decidido volví a entrar en el local, tan solo 50 minutos después de haberlo abandonado con el abrigo bajo el brazo. Instintivamente me dirigí hacia una esquina de la barra, la esquina contraria a la que ocupé en mi anterior visita. El camarero me saludó con un mugido y un gesto leve con la cabeza, y enseguida comprobé las huellas de la agresión. Un ojo enrojecido que prometía futuros morados y una venda en el occipital. En cualquier caso, el hombre muy correcto me preguntó que deseaba como si nunca me hubiese visto antes, y como si nada hubiere pasado hacía poco menos de una hora. Pedí esta vez una manzanilla con limón que en silencio me fui tomando a pequeños sorbos mientras mi vista fotografiaba todo el local por si encontraba alguna pista o indicio de algo. Asombrosamente todo estaba impoluto, no quedaba ni rastro de vidrios rotos, ni nada que denotase desorden o presencia de un tumulto reciente, si cabe mayor limpieza y orden. Tan solo una botella de agua oxigenada aparecía sobre un estante en el interior del privado, expuesto a mi vista al dejarse la puerta entreabierta, normal, lo que no entiendo es como habría sido la secuencia de los acontecimientos en mi ausencia, como en poco menos de cincuenta minutos este hombre ya mayor, de no menos de 60 años habría podido sobreponerse al golpe que lo dobló sobre la barra del bar, y que ahora veía claramente que había sido propinado en la nariz, y al botellazo en la cabeza una vez abatido sobre la barra. Como en esos miserables pero intensos cincuenta minutos pudo volver en sí, como pudo limpiarlo todo, como pudo curarse y vendarse, ¿ o lo habría vendado alguien? Quizá las mismas dos mujeres que previamente lo atacaron, pudiera ser que reconociesen el exceso de su acción o que se diesen cuenta de un error, de una confusión. En cualquier caso este hombre debía de estar mal, dolor de cabeza al menos, y sin embargo se mostraba entero y sin signo de sufrimiento o dolor. Acababa de terminar de escurrir el sobrecillo de mi manzanilla contra la cucharilla cuando dos agentes municipales entraron en el local, saludaron muy cordialmente y desplegaron sobre la barra del bar el cartapacio con diversa documentación. Desde donde yo estaba apenas veía nada y escuchaba menos, lo cual me incomodaba. Por los gestos del camarero y la atención que prestaban los agentes parecía que les estuviese narrando el suceso de la agresión, pero tampoco lo puedo asegurar. Lo cierto es que después de no más de cinco minutos los agentes se despidieron del camarero y salieron por la puerta mas tiesos que un ajo. Yo ya no podía alargar más mi estancia en aquel lugar sin disimular mi intención de descubrir algo de aquel extraño suceso. Así pues pedí otra manzanilla con limón. Tanta manzanilla estaba hinchando mi vejiga que tuve que aliviar al tercer trago. El servicio era tan espartano como lo era el bar, limpio pero austero. Una ventanilla escueta y entreabierta en la parte superior del cubil servía de ventilación y lucernario. No se porque consideré necesario asomarme para ver si descubría algo. Así pues me subí sigilosamente a la tapa de la taza del inodoro y asomé como pude mi enjuto rostro al ventanuco. Un patio interior de reducidas dimensiones fue todo lo que pude intuir, nada sospechoso. Todo era gris y cutre como suelen ser estos reductos que no tienen otra misión que la de permitir el paso del aire y la luz. Limpié con un trozo de papel higiénico las huellas de mis pies, me adecenté delante del minúsculo espejo que había sobre el minúsculo lavabo y volví a salir al local para terminarme mi manzanilla. En ese preciso instante una pareja joven con aires de universitarios entró en el bar y pidió dos cañas y dos pinchos de tortilla. Nada me retenía en aquel lugar y sin embargo algo me decía que debía permanecer en el y vigilar lo que aconteciese. A pesar de este impulso a quedarme, pedí la cuenta (no me pareció oportuno recordarle los dos whiskies anteriores) y me fui. Cuando fue a darme el cambio de los cinco euros que deposité sobre el mostrador comprobé que su mano izquierda lucía un esparadrapo sobre el dorso. Salí del local cabilante y circunspecto y como un autómata fui caminando hacia mi casa. Nadie me esperaba, no tenía prisa, la luz mortecina del atardecer, el frío húmedo, la soledad de las calles y mi paso indolente encuadraban la escena. Ya en casa me fui a la cocina para prepararme una sencilla tortilla francesa que acompañada de tres rodajas de salami y dos taquitos de queso comprendían mi triste cena, solo alegrada por un humilde vaso de vino tinto. Una ya arrugada manzana previamente lavada fue el colofón de tan austera pitanza, que mordisqueé mientras veía el tedio televisivo de todas las noches. Me dormí como suelo hacer habitualmente delante del televisor, y me desperté desasosegado y nervioso en un punto indeterminado de la noche, presa de un intranquilo sueño que no se podría catalogar de pesadilla, tan solo de perturbador , donde el bar de marras era como una cárcel, el camarero un presidiario y yo un observador casual. No había mucho argumento en el sueño, no tenía ni pies ni cabeza, tan solo esa sensación de tensión, de desasosiego. Decidí irme a la cama sin mas, previamente pasé por el lavabo, me lavé los dientes, oriné largamente, sin duda debido a la sobredosis de manzanilla que consumí durante la tarde y me puse el pijama mientras escuchaba la radio. No sabía ni la hora que era, ni me molesté en mirarla, me tumbé bocaarriba y apagué la luz de la mesilla. Observando la tenue luz que entraba a través de la rendija de la persiana bajada, seguí pensando largamente en el episodio del bar, y en ese duermevela me fui poco a poco hacia los brazos de Morfeo.
Cuando desperté era todavía de noche. Desorientado como estaba, busqué el despertador, que desde que me prejubilé hice lo propio con él y lo mandé al asilo del cajón de mi mesilla, a tientas lo encontré, y después de dar la luz comprobé que eran las 6.35 horas. Muy pronto. Y para un prejubilado como yo más. En cualquier caso no tenía sueño, y enseguida el caso del bar el parral vino a mi memoria y decidí levantarme. Una ducha regeneradora servía de pistoletazo de salida a ese nuevo día que acababa de empezar para mí. Tras las abluciones matutinas un pantagruélico desayuno, desde que me prejubilé el desayuno había tomado un carácter preeminente en mi dieta, era sin duda la comida estrella y había ganado en cantidad y en calidad, ahora mermeladas, huevos duros, bacón, tostadas, aceite de oliva, etc...llenaban mi mesa por las mañanas, cuando antes de la prejubilación era un episodio frugal que acontecía la mayoría de las veces de pie frente a la encimera de la cocina de forma compulsiva. Aquella mañana en cualquier caso me sentí apremiado por el asunto del camarero agredido, me vi en la necesidad de proseguir las investigaciones o lo que fuera. Así que preparé una sencilla tostada con aceite y un café corto, ya me tomaría algo más en el bar. Como en mi época laboral, mastiqué deprisa, el último trago lo di de pie frente al fregadero, y deposité la taza en la pileta sin fregar, como en mi época laboral, ya tendría tiempo después de fregar el vaso y la cucharilla. Entre el gabán negro y la gabardina, opté por esta segunda prenda, pues me parecía más adecuada para la misión que me ocupaba. Para redondear mi atuendo me atavié con el sombrero de fieltro negro que me regalaron el día de mi jubilación mis compañeros y la bufanda a juego. Me miré un instante en el espejo y me sentí como un investigador privado de serie americana. Me sentía como dentro de un juego de roll, como viviendo una aventura. Bajé por las escaleras como de costumbre, jamás bajaba en ascensor, otra cosa era subir. El día era claro, despejado y limpio, pero frío como un carámbano, y me abroché un botón más de la gabardina, y enrosqué más si cabe el sombrero y la bufanda. Respiré hondo y me fui caminando de manera determinadísima hacia el bar el parral. Según me iba aproximando empecé a atisbar alguna complicación en el horizonte. La cristalera del bar no la veía me confundió la luz matutina. Pero ya antes de llegar vi que algo no encajaba. El bar se encontraba cerrado. El cierre metálico ocultaba la cristalera del local y por lo tanto la visión del interior del recinto. ¿ Sería su día de descanso? Quizá hubiese acudido al médico, no era de extrañar, después de semejante agresión. Un cartel pegado con celo sobre el mismo cierre solicitó mi atención. Me aproximé para poder leer y cuando averigüé la causa del cierre, el corazón me dio un vuelco. “ Cerrado por fallecimiento. Disculpen las molestias”. Fallecimiento. Cualquier otra razón me hubiese tranquilizado, pero fallecimiento me puso en alerta. ¿ Que podría hacer ahora? Olvidar el asunto hubiese sido lo más sensato, pero no podría olvidar el asunto así como así. Me crucé de brazos y con el dedo índice y pulgar de la mano izquierda comencé a atusarme la barbilla en una actitud muy detectivesca, sopesando la situación y las acciones a emprender. Una ojeada al reloj me informó de que eran las 8.05, la intensidad del tráfico había subido drásticamente y el ajetreo de gentes hacia sus trabajos también. Yo sin embargo permanecía parado, inmóvil delante del cierre del bar el parral. Justo enfrente vi una cafetería abierta, cafetería Nasville. Hacía frío y dudoso como estaba decidí entrar y quizá tomarme una manzanilla caliente que me asentase. El local estaba atestado de gente, el aroma a café y a bollería invitaba a su degustación, tres caballeros se levantaron al unísono y me dejaron un sitio estupendo al lado del ventanal que daba a la calle. Un lugar magnífico. Desde allí se veía perfectamente el cierre del bar el parral. Deposité mi gabardina sobre una silla y me dirigí hacia la barra. Un solícito camarero disfrazado de si mismo, con camisa blanca, chaleco negro y pajarita del mismo color, me atendió. Un carajillo de coñac y una palmera de chocolate, me salió sin pensarlo, olvidando por completo la manzanilla y mis problemas estomacales. Me invitó a que me sentase, pues las consumiciones me las llevaría a la mesa. Así que así hice. Me senté en mi silla, frente al ventanal, frente al cierre metálico del bar el parral. Pudiera ser que el fallecido fuese el camarero, pero también pudiera ser otro familiar, eso no lo especificaba el letrero pegado con celo sobre el cierre. Tampoco informaba de los días que iba a permanecer cerrado el bar. En fin que me encontraba dubitativo y confuso. La cafetería Nasville se fue vaciando progresivamente según se iban haciendo las 9.00 horas. Me pedí ahora si una manzanilla con limón para seguir cavilando y sopesando la situación, además el sitio era ideal para mi misión. Nuevamente empezó a entrar otra baraúnda de gente, sin duda los comerciantes que abrían a las 10.00 y que tenían por costumbre tomar un café o desayunar antes de abrir los cierres metálicos. Había un cierre que no se iba a abrir. El camarero solícito salió un momento para acopiar vajilla sucia de las mesas aledañas y repasar con una bayeta húmeda las mesas. Cuando llegó a mi mesa y sin pensarlo, le comenté:
- El bar el parral está cerrado por defunción ¿ sabe usted quien a fallecido?
- Quienes querrá usted decir. ¿ No se ha enterado? Lo han dicho por la radio y todo. Ha sido un accidente doméstico. Anoche hubo un incendio en el domicilio del señor Amadeo. La mujer y su suegra han fallecido por inhalación de humos. Amadeo está grave por lo visto. El cartel lo he puesto yo, dos municipales vinieron esta mañana para comunicarme lo ocurrido y para pedirme ese favor. Solo faltaba, les dije yo. Pobre hombre, se le va a caer el mundo encima, justo ahora que estaba a punto de jubilarse. Y lo de la suegra valla, es una desgracia pero no tanta, la mujer era muy mayor y estaba delicada. Pero la mujer, pobre Anita, con la ilusión que tenía de irse al pueblo cuando se jubilase su marido y cerrase el bar. Ahora ya está cerrado, y dudo que después de este palo vuelva a abrirse.
- Vaya, ayer mismo estuve en ese bar tomando una manzanilla como la que me estoy tomando ahora, de ahí mi curiosidad.
- Pues ya le digo, fatalidades del destino, por lo visto una vela prendió los visillos del comedor, pero en estos casos nunca se sabe, la policía está investigando.
Después de esta breve conversación, el solícito camarero siguió con su tarea bayeta en ristre en la mesa aledaña a la mía, daba gusto verle trabajar, una auténtica máquina.
A las 10.15 horas la cafetería estaba más o menos despejada, tan solo un ciudadano oriental se afanaba frente a una máquina recreativa intentando exprimirle todas las monedas que contuviese. Dos chicas jóvenes cuchicheaban acaloradamente algún tema privado que las tenía en vilo. Un abuelo en muy buen estado apuraba un café y un cigarro puro mientras miraba la pantalla del televisor. Un empleado de correos dejaba la correspondencia sobre el mostrador mientras bromeaba con el otro camarero alguna complicidad reciente. Eran las 10.15 y tenía todo el día por delante y el caso del bar el parral había dado un giro de ciento ochenta grados, pero por el momento no había mucho que rascar, tan solo esperar acontecimientos. De momento no podía hacer más que esperar y estar expectante a lo que fuese a ocurrir en el futuro, la cafetería Nasville me serviría para ir siguiendo los acontecimientos si es que los hubiera, en cualquier caso era muy pronto y todo estaba por descubrir. ¿Serían las dos mujeres que agredieron ayer al señor Amadeo su mujer y su suegra? No creo, la chica era demasiado joven para ser su mujer, y la mayor demasiado joven para ser su suegra ¿Tendría algo que ver el incendio con la agresión que sufrió el señor Amadeo el día anterior? Igual tendría que dar parte a las autoridades de la agresión que presencié en el bar el parral. Demasiadas conjeturas, demasiadas alternativas para un pobre prejubilado que llevaba demasiados años viviendo una vida monótona y sin altibajos. Salí a la calle confuso y sin rumbo. Era todavía pronto, la mañana aunque fría era despejada y soleada e invitaba al paseo. Paseando sin destino fui callejeando buscando el sol, e imbuido en mis pensamientos, en el señor Amadeo, en su mujer, en su suegra, en el incendio, en la agresión del día anterior. Caminaba deprisa, el aire fresco me espabilaba y me tonificaba, pensaba deprisa, me sentía bien y con ganas de continuar las pesquisas, de seguir indagando en la cuestión que me ocupaba. A media mañana el cansancio empezó a notarse. Entré en una papelería y compré un bloc de notas y un bolígrafo de punta fina. A continuación entré en otro bar. Bar el torrezno. Me dio confianza el nombre. Una caña y un montado de panceta con pimientos serían buena gasolina para repostar. El bar estaba prácticamente vacío. Solo un currante con un mono multicoloreado por manchas de pintura se afanaba delante de un bocadillo de palmo largo y una caña de vino tinto mientras miraba sin interés un programa de cotilleo en la televisión que enfrente suyo y en lo alto santificaba todo el local con su imagen y su sonido. Yo preferí sentarme en una mesa más alejada del tótem visual y más cerca del ventanal. Estar sentado cerca de una ventana siempre es más entretenido que enfrente de la televisión, visto lo visto, siempre hay más probabilidades de que veas algo interesante cerca de una ventana. El deambular de la gente acera arriba, acera abajo me permitía concentrarme. Devoré el montado y apuré la caña como si fuese el avituallamiento de un ciclista antes de abordar un puerto de primera categoría. Me pedí a continuación una manzanilla con limón, volví a sentarme en mi lugar con la manzanilla en ristre. A continuación saqué el bloc de notas y el flamante nuevo bolígrafo y anoté en la primera hoja: Día 6 de febrero de 2010. Bar el parral. Aproximadamente a las 17.00 horas. Agresión. Dos mujeres 18 horas: bar el parral de nuevo. Camarero con contusiones, se llama Amadeo. Herida en la cabeza y en el dorso de la mano izquierda. Dia 7 de febrero, 8.30 horas, aparece un letrero en el cierre del bar el parral comunicando el fallecimiento de algún familiar. Cafetería Nasville, un camarero solícito informa de un incendio en casa del señor Amadeo y el fallecimiento de su señora y su suegra. Cuantas cosas y en menos de 24 horas! Estaba molido, había caminado mucho, estaba aterido de frío, desganado, y tenía tantas cosas en la cabeza que se me aturullaba todo, no estaba yo acostumbrado a tanto trote, a tanto acontecimiento. Me fui a casa, y en taxi, a echarme la siesta o lo que tocara. Por si acaso le dije al taxista que pasase por la calle donde se ubicaba el bar el parral, y así de paso echaba un ojo. Pasamos sin pena ni gloria. El cierre seguía echado, la nota de cierre por defunción seguía colgada, eso si, despegada de una esquina por lo que se bamboleaba ante el hostil viento que empezaba a soplar. Me desentendí de todo. Dejé mi mente en blanco y me marché a casa. Saludé a la señora Julia que muy atenta me preguntó por todo y por todos, y con poco ánimo le contesté, y después me refugié en mi madriguera y me dejé llevar por el calor del hogar (para ello tuve que encender la calefacción previamente)...me puse las zapatillas de guata y me despanzurré en el sofá cavilando sobre todo este caso que me tenía absorto y preocupado. Ya estaba en ese estado de tumefacción que antecede al abrazo de Morfeo cuando sonó el teléfono. Nada extraño, el sonido de un teléfono, pero a mi me produjo la sensación de un pinchazo en los glúteos. Como si de un resorte se tratase, salté incorporándome en un escaso segundo y me abalancé sobre el auricular como si allí estuviera la respuesta a todas las preguntas. Era mi hija, que llamaba desde Londres, llevaba allí casi nueve meses y todas las semanas, todos los jueves y siempre a las 9,30 horas hora española recibía su llamada puntual. En otra ocasión ya hubiese estado atento, esperando la llamada. En esta ocasión, ni sabía la hora que era, ni si era jueves o martes, y sintiéndolo mucho no me acordaba para nada de Laura. Era tal mi enajenación por el caso del Sr. Amadeo y el Bar El Parral que no me entraba nada más en la cabeza.
- Hola papá, que tal estas? Estabas dormido? Te pasa algo? Llamé hace una hora y no estabas, no cogiste el teléfono.
- Laura...no, nada, salí a dar un paseo largo y ahora me había quedado transpuesto en el sofá, ayer no dormí bien, pero estoy bien y tu que tal?
- Bien, ayer empecé a trabajar en el Hotel Ambassador, estoy supercontenta papá. Ahora si que te digo que me quedaré durante un año más por lo menos. De todas formas en semana santa iré tres días, ganaré casi el doble que en el hostal, aprenderé un montón, me voy a cambiar de casa, desde donde vivo ahora tardo casi una hora en llegar al trabajo y me voy a ir a vivir con Lisa y con Marta, te acuerdas de ellas?
- Que de cosas hija! Cambio de trabajo, de casa, de compañeros de piso, de planes en definitiva. Estas contenta entonces?
- Si papá, mucho, preocupada también por la nueva responsabilidad, pero muy contenta con el reto.
- Me tienes que dar la dirección nueva.
- Si papá, casi te mando una carta con la nueva dirección y así te mando también unas fotos nuevas.
Seguimos hablando un rato más sobre generalidades de nuestras respectivas vidas y lo que nos echábamos de menos respectivamente, me puse sentimental y ella también, pero luego nos reímos un rato, nos queríamos mucho.
Nos despedimos y cuando Laura colgó, me quedé in albis, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en las cortinas del ventanal del salón. Pensando en todo y en nada. En la vida, en Laura, en como hace apenas unos años jugaba y se escondía detrás de las mismas cortinas que ahora servían de fondo de mis pensamientos. Como pasa el tiempo. Y me acordaba de mi Antonia, de los años que habíamos pasado juntos, de los años que hacía que ya no estábamos juntos. De el tiempo pasado, de cómo nos dejó hace ahora 8 años y lo mal que lo pasamos Laura y yo.
-Y como dice que se hizo la brecha de la cabeza?
-Ayer tarde señor agente, se me cayó una botella de brandy de un estante.
-Ya...y a que hora cerró el bar?
-A las doce
Cuando desperté era todavía de noche. Desorientado como estaba, busqué el despertador, que desde que me prejubilé hice lo propio con él y lo mandé al asilo del cajón de mi mesilla, a tientas lo encontré, y después de dar la luz comprobé que eran las 6.35 horas. Muy pronto. Y para un prejubilado como yo más. En cualquier caso no tenía sueño, y enseguida el caso del bar el parral vino a mi memoria y decidí levantarme. Una ducha regeneradora servía de pistoletazo de salida a ese nuevo día que acababa de empezar para mí. Tras las abluciones matutinas un pantagruélico desayuno, desde que me prejubilé el desayuno había tomado un carácter preeminente en mi dieta, era sin duda la comida estrella y había ganado en cantidad y en calidad, ahora mermeladas, huevos duros, bacón, tostadas, aceite de oliva, etc...llenaban mi mesa por las mañanas, cuando antes de la prejubilación era un episodio frugal que acontecía la mayoría de las veces de pie frente a la encimera de la cocina de forma compulsiva. Aquella mañana en cualquier caso me sentí apremiado por el asunto del camarero agredido, me vi en la necesidad de proseguir las investigaciones o lo que fuera. Así que preparé una sencilla tostada con aceite y un café corto, ya me tomaría algo más en el bar. Como en mi época laboral, mastiqué deprisa, el último trago lo di de pie frente al fregadero, y deposité la taza en la pileta sin fregar, como en mi época laboral, ya tendría tiempo después de fregar el vaso y la cucharilla. Entre el gabán negro y la gabardina, opté por esta segunda prenda, pues me parecía más adecuada para la misión que me ocupaba. Para redondear mi atuendo me atavié con el sombrero de fieltro negro que me regalaron el día de mi jubilación mis compañeros y la bufanda a juego. Me miré un instante en el espejo y me sentí como un investigador privado de serie americana. Me sentía como dentro de un juego de roll, como viviendo una aventura. Bajé por las escaleras como de costumbre, jamás bajaba en ascensor, otra cosa era subir. El día era claro, despejado y limpio, pero frío como un carámbano, y me abroché un botón más de la gabardina, y enrosqué más si cabe el sombrero y la bufanda. Respiré hondo y me fui caminando de manera determinadísima hacia el bar el parral. Según me iba aproximando empecé a atisbar alguna complicación en el horizonte. La cristalera del bar no la veía me confundió la luz matutina. Pero ya antes de llegar vi que algo no encajaba. El bar se encontraba cerrado. El cierre metálico ocultaba la cristalera del local y por lo tanto la visión del interior del recinto. ¿ Sería su día de descanso? Quizá hubiese acudido al médico, no era de extrañar, después de semejante agresión. Un cartel pegado con celo sobre el mismo cierre solicitó mi atención. Me aproximé para poder leer y cuando averigüé la causa del cierre, el corazón me dio un vuelco. “ Cerrado por fallecimiento. Disculpen las molestias”. Fallecimiento. Cualquier otra razón me hubiese tranquilizado, pero fallecimiento me puso en alerta. ¿ Que podría hacer ahora? Olvidar el asunto hubiese sido lo más sensato, pero no podría olvidar el asunto así como así. Me crucé de brazos y con el dedo índice y pulgar de la mano izquierda comencé a atusarme la barbilla en una actitud muy detectivesca, sopesando la situación y las acciones a emprender. Una ojeada al reloj me informó de que eran las 8.05, la intensidad del tráfico había subido drásticamente y el ajetreo de gentes hacia sus trabajos también. Yo sin embargo permanecía parado, inmóvil delante del cierre del bar el parral. Justo enfrente vi una cafetería abierta, cafetería Nasville. Hacía frío y dudoso como estaba decidí entrar y quizá tomarme una manzanilla caliente que me asentase. El local estaba atestado de gente, el aroma a café y a bollería invitaba a su degustación, tres caballeros se levantaron al unísono y me dejaron un sitio estupendo al lado del ventanal que daba a la calle. Un lugar magnífico. Desde allí se veía perfectamente el cierre del bar el parral. Deposité mi gabardina sobre una silla y me dirigí hacia la barra. Un solícito camarero disfrazado de si mismo, con camisa blanca, chaleco negro y pajarita del mismo color, me atendió. Un carajillo de coñac y una palmera de chocolate, me salió sin pensarlo, olvidando por completo la manzanilla y mis problemas estomacales. Me invitó a que me sentase, pues las consumiciones me las llevaría a la mesa. Así que así hice. Me senté en mi silla, frente al ventanal, frente al cierre metálico del bar el parral. Pudiera ser que el fallecido fuese el camarero, pero también pudiera ser otro familiar, eso no lo especificaba el letrero pegado con celo sobre el cierre. Tampoco informaba de los días que iba a permanecer cerrado el bar. En fin que me encontraba dubitativo y confuso. La cafetería Nasville se fue vaciando progresivamente según se iban haciendo las 9.00 horas. Me pedí ahora si una manzanilla con limón para seguir cavilando y sopesando la situación, además el sitio era ideal para mi misión. Nuevamente empezó a entrar otra baraúnda de gente, sin duda los comerciantes que abrían a las 10.00 y que tenían por costumbre tomar un café o desayunar antes de abrir los cierres metálicos. Había un cierre que no se iba a abrir. El camarero solícito salió un momento para acopiar vajilla sucia de las mesas aledañas y repasar con una bayeta húmeda las mesas. Cuando llegó a mi mesa y sin pensarlo, le comenté:
- El bar el parral está cerrado por defunción ¿ sabe usted quien a fallecido?
- Quienes querrá usted decir. ¿ No se ha enterado? Lo han dicho por la radio y todo. Ha sido un accidente doméstico. Anoche hubo un incendio en el domicilio del señor Amadeo. La mujer y su suegra han fallecido por inhalación de humos. Amadeo está grave por lo visto. El cartel lo he puesto yo, dos municipales vinieron esta mañana para comunicarme lo ocurrido y para pedirme ese favor. Solo faltaba, les dije yo. Pobre hombre, se le va a caer el mundo encima, justo ahora que estaba a punto de jubilarse. Y lo de la suegra valla, es una desgracia pero no tanta, la mujer era muy mayor y estaba delicada. Pero la mujer, pobre Anita, con la ilusión que tenía de irse al pueblo cuando se jubilase su marido y cerrase el bar. Ahora ya está cerrado, y dudo que después de este palo vuelva a abrirse.
- Vaya, ayer mismo estuve en ese bar tomando una manzanilla como la que me estoy tomando ahora, de ahí mi curiosidad.
- Pues ya le digo, fatalidades del destino, por lo visto una vela prendió los visillos del comedor, pero en estos casos nunca se sabe, la policía está investigando.
Después de esta breve conversación, el solícito camarero siguió con su tarea bayeta en ristre en la mesa aledaña a la mía, daba gusto verle trabajar, una auténtica máquina.
A las 10.15 horas la cafetería estaba más o menos despejada, tan solo un ciudadano oriental se afanaba frente a una máquina recreativa intentando exprimirle todas las monedas que contuviese. Dos chicas jóvenes cuchicheaban acaloradamente algún tema privado que las tenía en vilo. Un abuelo en muy buen estado apuraba un café y un cigarro puro mientras miraba la pantalla del televisor. Un empleado de correos dejaba la correspondencia sobre el mostrador mientras bromeaba con el otro camarero alguna complicidad reciente. Eran las 10.15 y tenía todo el día por delante y el caso del bar el parral había dado un giro de ciento ochenta grados, pero por el momento no había mucho que rascar, tan solo esperar acontecimientos. De momento no podía hacer más que esperar y estar expectante a lo que fuese a ocurrir en el futuro, la cafetería Nasville me serviría para ir siguiendo los acontecimientos si es que los hubiera, en cualquier caso era muy pronto y todo estaba por descubrir. ¿Serían las dos mujeres que agredieron ayer al señor Amadeo su mujer y su suegra? No creo, la chica era demasiado joven para ser su mujer, y la mayor demasiado joven para ser su suegra ¿Tendría algo que ver el incendio con la agresión que sufrió el señor Amadeo el día anterior? Igual tendría que dar parte a las autoridades de la agresión que presencié en el bar el parral. Demasiadas conjeturas, demasiadas alternativas para un pobre prejubilado que llevaba demasiados años viviendo una vida monótona y sin altibajos. Salí a la calle confuso y sin rumbo. Era todavía pronto, la mañana aunque fría era despejada y soleada e invitaba al paseo. Paseando sin destino fui callejeando buscando el sol, e imbuido en mis pensamientos, en el señor Amadeo, en su mujer, en su suegra, en el incendio, en la agresión del día anterior. Caminaba deprisa, el aire fresco me espabilaba y me tonificaba, pensaba deprisa, me sentía bien y con ganas de continuar las pesquisas, de seguir indagando en la cuestión que me ocupaba. A media mañana el cansancio empezó a notarse. Entré en una papelería y compré un bloc de notas y un bolígrafo de punta fina. A continuación entré en otro bar. Bar el torrezno. Me dio confianza el nombre. Una caña y un montado de panceta con pimientos serían buena gasolina para repostar. El bar estaba prácticamente vacío. Solo un currante con un mono multicoloreado por manchas de pintura se afanaba delante de un bocadillo de palmo largo y una caña de vino tinto mientras miraba sin interés un programa de cotilleo en la televisión que enfrente suyo y en lo alto santificaba todo el local con su imagen y su sonido. Yo preferí sentarme en una mesa más alejada del tótem visual y más cerca del ventanal. Estar sentado cerca de una ventana siempre es más entretenido que enfrente de la televisión, visto lo visto, siempre hay más probabilidades de que veas algo interesante cerca de una ventana. El deambular de la gente acera arriba, acera abajo me permitía concentrarme. Devoré el montado y apuré la caña como si fuese el avituallamiento de un ciclista antes de abordar un puerto de primera categoría. Me pedí a continuación una manzanilla con limón, volví a sentarme en mi lugar con la manzanilla en ristre. A continuación saqué el bloc de notas y el flamante nuevo bolígrafo y anoté en la primera hoja: Día 6 de febrero de 2010. Bar el parral. Aproximadamente a las 17.00 horas. Agresión. Dos mujeres 18 horas: bar el parral de nuevo. Camarero con contusiones, se llama Amadeo. Herida en la cabeza y en el dorso de la mano izquierda. Dia 7 de febrero, 8.30 horas, aparece un letrero en el cierre del bar el parral comunicando el fallecimiento de algún familiar. Cafetería Nasville, un camarero solícito informa de un incendio en casa del señor Amadeo y el fallecimiento de su señora y su suegra. Cuantas cosas y en menos de 24 horas! Estaba molido, había caminado mucho, estaba aterido de frío, desganado, y tenía tantas cosas en la cabeza que se me aturullaba todo, no estaba yo acostumbrado a tanto trote, a tanto acontecimiento. Me fui a casa, y en taxi, a echarme la siesta o lo que tocara. Por si acaso le dije al taxista que pasase por la calle donde se ubicaba el bar el parral, y así de paso echaba un ojo. Pasamos sin pena ni gloria. El cierre seguía echado, la nota de cierre por defunción seguía colgada, eso si, despegada de una esquina por lo que se bamboleaba ante el hostil viento que empezaba a soplar. Me desentendí de todo. Dejé mi mente en blanco y me marché a casa. Saludé a la señora Julia que muy atenta me preguntó por todo y por todos, y con poco ánimo le contesté, y después me refugié en mi madriguera y me dejé llevar por el calor del hogar (para ello tuve que encender la calefacción previamente)...me puse las zapatillas de guata y me despanzurré en el sofá cavilando sobre todo este caso que me tenía absorto y preocupado. Ya estaba en ese estado de tumefacción que antecede al abrazo de Morfeo cuando sonó el teléfono. Nada extraño, el sonido de un teléfono, pero a mi me produjo la sensación de un pinchazo en los glúteos. Como si de un resorte se tratase, salté incorporándome en un escaso segundo y me abalancé sobre el auricular como si allí estuviera la respuesta a todas las preguntas. Era mi hija, que llamaba desde Londres, llevaba allí casi nueve meses y todas las semanas, todos los jueves y siempre a las 9,30 horas hora española recibía su llamada puntual. En otra ocasión ya hubiese estado atento, esperando la llamada. En esta ocasión, ni sabía la hora que era, ni si era jueves o martes, y sintiéndolo mucho no me acordaba para nada de Laura. Era tal mi enajenación por el caso del Sr. Amadeo y el Bar El Parral que no me entraba nada más en la cabeza.
- Hola papá, que tal estas? Estabas dormido? Te pasa algo? Llamé hace una hora y no estabas, no cogiste el teléfono.
- Laura...no, nada, salí a dar un paseo largo y ahora me había quedado transpuesto en el sofá, ayer no dormí bien, pero estoy bien y tu que tal?
- Bien, ayer empecé a trabajar en el Hotel Ambassador, estoy supercontenta papá. Ahora si que te digo que me quedaré durante un año más por lo menos. De todas formas en semana santa iré tres días, ganaré casi el doble que en el hostal, aprenderé un montón, me voy a cambiar de casa, desde donde vivo ahora tardo casi una hora en llegar al trabajo y me voy a ir a vivir con Lisa y con Marta, te acuerdas de ellas?
- Que de cosas hija! Cambio de trabajo, de casa, de compañeros de piso, de planes en definitiva. Estas contenta entonces?
- Si papá, mucho, preocupada también por la nueva responsabilidad, pero muy contenta con el reto.
- Me tienes que dar la dirección nueva.
- Si papá, casi te mando una carta con la nueva dirección y así te mando también unas fotos nuevas.
Seguimos hablando un rato más sobre generalidades de nuestras respectivas vidas y lo que nos echábamos de menos respectivamente, me puse sentimental y ella también, pero luego nos reímos un rato, nos queríamos mucho.
Nos despedimos y cuando Laura colgó, me quedé in albis, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en las cortinas del ventanal del salón. Pensando en todo y en nada. En la vida, en Laura, en como hace apenas unos años jugaba y se escondía detrás de las mismas cortinas que ahora servían de fondo de mis pensamientos. Como pasa el tiempo. Y me acordaba de mi Antonia, de los años que habíamos pasado juntos, de los años que hacía que ya no estábamos juntos. De el tiempo pasado, de cómo nos dejó hace ahora 8 años y lo mal que lo pasamos Laura y yo.
-Y como dice que se hizo la brecha de la cabeza?
-Ayer tarde señor agente, se me cayó una botella de brandy de un estante.
-Ya...y a que hora cerró el bar?
-A las doce
el revuelo cotidiano
El revuelo cotidiano, la ataraxia desvalida, el extraño ser que habito se revela ante un mundo que aparece ordenado y sin fisuras, pero no es más que borra seca y por dentro está la caspa, el caos bien ordenado, el jaleo de papeles que discuten lo obvio, que manipulan el verbo, lo destrozan con la espada fina de sus entuertos, provocando desazones, miedos gratuitos y fatuos. Un día despiertas enfilado, procesado, escrutado en tus adentros, un día alguien se fija en ti, y dejas de ser lo que eras, te conviertes en un perseguido, en un prófugo. Puede que la causa sea un alineamiento inadecuado de astros, puede que sea un error al rellenar un formulario, quizá una mirada casual pero desafortunada en un momento delicado, tal vez seas confundido por alguien abyecto y miserable, y en ese momento estarás marcado en el tiempo restante. A partir de ese gesto, ese momento, esa ruleta rusa te encañona en el último intento y cedes tu pasado para que sea cambiado ipso facto y despiertes dentro de una pesadilla entre sudores y maldiciones. La fortuna puede sonreír igual que puede llorar, y esa delgada línea que separa ambas puede decantarse para un lado u otro en la misma fracción de segundo.
Somos marionetas, así es, nuestros hilos que creemos controlar con suficiencia, no son más que riendas que alguien sujeta por nosotros, y que dependiendo de algún factor incontrolado nos puede dejar K.O en instantes. Un accidente fortuito te deja sin familia. Un cáncer repentino te mata. Hoy estás, mañana no sabes. La administración te tiene ojeriza y te aniquila con requerimientos, te desestabiliza y puede acabar por derribarte como a un árbol seco. Si no estas preparado para las inclemencias, para los avatares de la vida, entonces estás expuesto a toda penuria, a todo dolor, nada te consolará, todo es vacuo y fútil, estúpido y mezquino. Una detrás de otra, te caerán todas en el mismo carrillo, no podrás evitar el abismo, te ahogarás en tus propias lágrimas. El efecto bola de nieve se cernirá sobre tus carnes, si no te levantas erguido y firme a la primera, el carrusel de desgracias hará diana en ti una y mil veces, así es, una ley no escrita dicta esta cruel condena. A un error no resuelto, errores encadenados más irresolubles y más intrincados te acecharán. Si escondes la cabeza como el avestruz, te pasarán la guadaña a ras y te dejarán con tu cabecita bien enterrada y el resto del cuerpo desnudo y sin vida en el exterior. Este mundo está hecho para lobos, para rufianes, para vivos, para gentes chisposas y geniales, trileros de la vida que saben esquivar las puñaladas que te lanzan por doquier, para toreros de este mundo lleno de astados con filamentosas cornamentas, dispuestos a ensartarte en cuanto te descuidas, en cuanto pierdes pie un poco llevado por tu inocencia, por tu ignorancia. La bonhomía es un valor en desuso, una cualidad vetusta y anticuada, ahora para ser algo en esta vida tan moderna, tienes que oler a colonia cara y tener los hígados inmunizados al hedor a cloaca. Moverte con desparpajo y solvencia aunque te dediques a la venta de inutilidades demostradas, eso es lo de menos, lo importante es el barniz, el fotograma que vendas con tus corbatas y tu sonrisa falsa y edulcorada por los eriales de la patria. La memez es la bandera, el estandarte que se luce abiertamente. Disfrazamos el pastel y lo vendemos sin escrúpulos, tal es el grado de infamia, de desatino. Todo cruje bajo nuestros pies, pero nos empeñamos en seguir saltando entusiastas sobre un suelo efímero. A base de poner capas inútiles sobre las verdades fundamentales, a base de confundir la certeza con pastiches vicarios y parecer que se es cuando en el fondo el vacío es la norma, la regla que todo lo rige, y vuelta la burra al trigo, a sabiendas del error clamoroso, del paraíso perdido, del descrédito ignorante. Seguimos gastando, puliendo recursos, festejando la falsa opulencia, pareciendo sobrados y geniales, pero si rascas el barniz sale la mugre, la miseria de calidad, la cruda realidad que nos pone en nuestro sitio de imperfección, donde los siglos no pasan, donde las vergüenzas del ser humano se ven a las claras, por mucho que la mona se vista de seda el primate que llevamos dentro se muestra feo y maloliente, ser retorcido y ruin, vejando la naturaleza humana una y mil veces y dejando todo echo un lodazal. Anuncios de coches, triunfadores entre el barro capitalista, apariencias de perfectos, gentes esdrújulas y redichas que parecen mear colonia, que se muestran como oráculos postmodernos. La caja parece importar más que el contenido, hemos llegado a un grado tal de degradación, de mentira, de tocomocho que y nada es lo que parece, ni tan siquiera nada parece algo. Todo es confusión, bataholas, barullo. Todo embotellado dentro de una burocracia impermeable, de un sinfín de transacciones, de aspavientos marrulleros de aspirantes a poderosos que nos hipnotizan con sus diatribas, con su jaleo perpetuo y nos dejan aturullados, confusos, sin hacer pie, a merced de un destino marcado por prestidigitadores de la falsedad.
Somos marionetas, así es, nuestros hilos que creemos controlar con suficiencia, no son más que riendas que alguien sujeta por nosotros, y que dependiendo de algún factor incontrolado nos puede dejar K.O en instantes. Un accidente fortuito te deja sin familia. Un cáncer repentino te mata. Hoy estás, mañana no sabes. La administración te tiene ojeriza y te aniquila con requerimientos, te desestabiliza y puede acabar por derribarte como a un árbol seco. Si no estas preparado para las inclemencias, para los avatares de la vida, entonces estás expuesto a toda penuria, a todo dolor, nada te consolará, todo es vacuo y fútil, estúpido y mezquino. Una detrás de otra, te caerán todas en el mismo carrillo, no podrás evitar el abismo, te ahogarás en tus propias lágrimas. El efecto bola de nieve se cernirá sobre tus carnes, si no te levantas erguido y firme a la primera, el carrusel de desgracias hará diana en ti una y mil veces, así es, una ley no escrita dicta esta cruel condena. A un error no resuelto, errores encadenados más irresolubles y más intrincados te acecharán. Si escondes la cabeza como el avestruz, te pasarán la guadaña a ras y te dejarán con tu cabecita bien enterrada y el resto del cuerpo desnudo y sin vida en el exterior. Este mundo está hecho para lobos, para rufianes, para vivos, para gentes chisposas y geniales, trileros de la vida que saben esquivar las puñaladas que te lanzan por doquier, para toreros de este mundo lleno de astados con filamentosas cornamentas, dispuestos a ensartarte en cuanto te descuidas, en cuanto pierdes pie un poco llevado por tu inocencia, por tu ignorancia. La bonhomía es un valor en desuso, una cualidad vetusta y anticuada, ahora para ser algo en esta vida tan moderna, tienes que oler a colonia cara y tener los hígados inmunizados al hedor a cloaca. Moverte con desparpajo y solvencia aunque te dediques a la venta de inutilidades demostradas, eso es lo de menos, lo importante es el barniz, el fotograma que vendas con tus corbatas y tu sonrisa falsa y edulcorada por los eriales de la patria. La memez es la bandera, el estandarte que se luce abiertamente. Disfrazamos el pastel y lo vendemos sin escrúpulos, tal es el grado de infamia, de desatino. Todo cruje bajo nuestros pies, pero nos empeñamos en seguir saltando entusiastas sobre un suelo efímero. A base de poner capas inútiles sobre las verdades fundamentales, a base de confundir la certeza con pastiches vicarios y parecer que se es cuando en el fondo el vacío es la norma, la regla que todo lo rige, y vuelta la burra al trigo, a sabiendas del error clamoroso, del paraíso perdido, del descrédito ignorante. Seguimos gastando, puliendo recursos, festejando la falsa opulencia, pareciendo sobrados y geniales, pero si rascas el barniz sale la mugre, la miseria de calidad, la cruda realidad que nos pone en nuestro sitio de imperfección, donde los siglos no pasan, donde las vergüenzas del ser humano se ven a las claras, por mucho que la mona se vista de seda el primate que llevamos dentro se muestra feo y maloliente, ser retorcido y ruin, vejando la naturaleza humana una y mil veces y dejando todo echo un lodazal. Anuncios de coches, triunfadores entre el barro capitalista, apariencias de perfectos, gentes esdrújulas y redichas que parecen mear colonia, que se muestran como oráculos postmodernos. La caja parece importar más que el contenido, hemos llegado a un grado tal de degradación, de mentira, de tocomocho que y nada es lo que parece, ni tan siquiera nada parece algo. Todo es confusión, bataholas, barullo. Todo embotellado dentro de una burocracia impermeable, de un sinfín de transacciones, de aspavientos marrulleros de aspirantes a poderosos que nos hipnotizan con sus diatribas, con su jaleo perpetuo y nos dejan aturullados, confusos, sin hacer pie, a merced de un destino marcado por prestidigitadores de la falsedad.
el reflejo del sol arde por las costuras del alba
El reflejo del sol arde por las costuras del alba, de momento no es mas tibio que la taza de café que me estoy tomando sentado a la mesa de la cocina, mirando por la ventana con la indolencia de quien no tiene prisa alguna y la soñera que produce esa luz horizontal tan temprana. Al abrir la ventana el frescor de la mañana me baña el rostro y lo despeja y un silencio que se oye de tan puro y nítido como es. Contemplo mi nuevo hogar y el relajo lo siento vivo dentro de mí, noto como mi respiración es pausada y tranquila, como mis movimientos son suaves y acompasados, noto la paz en las entrañas y cierro los ojos para sentirlo más profundamente. Todo el verde del valle se refleja en mis pupilas, y si alzo la mirada son las montañas las que estimulan mi mirada. Respiro profundamente consciente de que el oxígeno que inhalo es tan limpio y tan puro como mi alma en estos momentos. Me dispongo a meditar.
Mañana bajaré al pueblo y haré las fotos necesarias. También compraré todo lo que necesito. Aprovecharé para llamar por teléfono, en la Borda no hay cobertura. Supongo que Esther vendrá la semana que viene.
La Borda es enorme. Son dos alturas, pero dispone de una bodega inmensa que huele a húmedo y que tiene un acceso secreto debajo de la escalera que sube a la planta alta. La entrada es espaciosa, un distribuidor de unos 40 metros cuadrados con tres puertas y la escalera que sube a la planta alta. Una puerta, la de la derecha según entras accede a la cocina. La puerta del medio es un baño austero pero muy grande. La puerta de la izquierda nos lleva a una sala cuadrada llena de ventanas, con una mesa de roble en el centro para una veintena de comensales, unos sillones y butacones bajo los ventanales, una chimenea de buen tamaño. A lo largo de la estancia hay más sillas y algún mueble antiguo en la pared frente a las ventanas. También hay otras dos puertas en el extremo opuesto por donde se entra. Una es una habitación con dos camas y un armario, con un ventanuco en la parte alta y la otra habitación es una especie de trastero-almacén que ahora solo tiene unas estanterías robustas y vacías.
Si subimos a la planta de arriba encontramos un pasillo bastante ancho que termina en una cristalera que cubre todo el ancho del pasillo y de unos dos metros de alta. A ambos lados del pasillo hay puertas, tres en la parte derecha y dos en la izquierda. Las dos puertas de la izquierda son sendos baños y a la derecha tres dormitorios iguales, dos con camas dobles y una tercera con una cama de matrimonio. Los dormitorios están comunicados por un balcón corrido por el exterior.
Ahora me encuentro en la cocina, sentado en una silla de enea, mirando por la ventana. La cocina dispone de una alacena altísima llena de vajilla de loza, una cocina económica y una nevera descomunal. Un banco corrido esquinero flanqueado por una estufa de leña de hierro fundido bastante antigua, pero con pinta de eficiente. Los techos de toda la casa son altísimos, de casi cuatro metros, tanto en la planta baja como en la primera. La bodega sin embargo tiene los techos de dos metros escasos de altura.
La Borda dispone de un terreno que la rodea de unos dos mil metros cuadrados, también dispone de un pajar diáfano de unos 100 metros cuadrados y al menos 5 de altura que sirve de leñera y garaje entre otras utilidades. El resto del terreno en cuesta es una enorme pradera con arbolado en las lindes. Desde mi ventana de la cocina veo al menos un nogal y dos robles centenarios, algún avellano y una decena de árboles que de momento no identifico. Toda la finca se encuentra vallada y el acceso es a través de una puerta de hierro. El camino que llega hasta aquí viene del pueblo que se encuentra a seis kilómetros, todos ellos cuesta abajo. A unos tres kilómetros se encuentra otra Borda, mas grande si cabe, pero después de la mía el camino se torna sendero y ya no hay más que alguna palloza abandonada que sirve de refugio a los pastores de la zona o de refugio provisional para algún montañero si le sorprende la lluvia o la noche.
El sol ya sube y el calor con él. Termina mayo y con él el frío. Todavía se ve nieve en las cumbres. Hago pereza para deshacer la maleta, desde anoche que llegué sigue en el mismo lugar, encima de un sillón en el dormitorio que elegí para mí. Cuando venga Esther haremos la instalación definitiva. Todavía quedan seis días para su llegada. Decido pasear por el terreno de la Borda, y lo hago despacio, respirando hondo, sabiéndome dueño de este pequeño reducto de paz, verde y fresco como clorofila. El Land Rover lo tengo aparcado en medio del terreno, toco las llaves en el fondo de mi bolsillo derecho y sin saber por que entro en el y lo arranco, voy a estacionarlo dentro del pajar, prefiero que no se vea, que su presencia no enturbie el paisaje. Al salir del vehículo me quedo unos instantes dentro del pajar, quieto, con las manos enlazadas en la espalda y mirando en rededor todo el habitáculo por ver si algo me sorprende, no es el caso, todo es diáfano, no hay nada, tan solo unos tablones acumulados en un rincón y media docena de bidones metálicos vacíos. El aire que se respira está cargado de humedad, por lo que opto por dejar el portón abierto a fin de que se ventile la estancia. Salgo al exterior a continuar mi paseo por los alrededores de la Borda. El sol empieza a significarse y a calentar, ahora sí, con intensidad. Para ser mayo hace demasiado calor, y eso que es temprano, hoy será un día caluroso.
Mañana bajaré al pueblo y haré las fotos necesarias. También compraré todo lo que necesito. Aprovecharé para llamar por teléfono, en la Borda no hay cobertura. Supongo que Esther vendrá la semana que viene.
La Borda es enorme. Son dos alturas, pero dispone de una bodega inmensa que huele a húmedo y que tiene un acceso secreto debajo de la escalera que sube a la planta alta. La entrada es espaciosa, un distribuidor de unos 40 metros cuadrados con tres puertas y la escalera que sube a la planta alta. Una puerta, la de la derecha según entras accede a la cocina. La puerta del medio es un baño austero pero muy grande. La puerta de la izquierda nos lleva a una sala cuadrada llena de ventanas, con una mesa de roble en el centro para una veintena de comensales, unos sillones y butacones bajo los ventanales, una chimenea de buen tamaño. A lo largo de la estancia hay más sillas y algún mueble antiguo en la pared frente a las ventanas. También hay otras dos puertas en el extremo opuesto por donde se entra. Una es una habitación con dos camas y un armario, con un ventanuco en la parte alta y la otra habitación es una especie de trastero-almacén que ahora solo tiene unas estanterías robustas y vacías.
Si subimos a la planta de arriba encontramos un pasillo bastante ancho que termina en una cristalera que cubre todo el ancho del pasillo y de unos dos metros de alta. A ambos lados del pasillo hay puertas, tres en la parte derecha y dos en la izquierda. Las dos puertas de la izquierda son sendos baños y a la derecha tres dormitorios iguales, dos con camas dobles y una tercera con una cama de matrimonio. Los dormitorios están comunicados por un balcón corrido por el exterior.
Ahora me encuentro en la cocina, sentado en una silla de enea, mirando por la ventana. La cocina dispone de una alacena altísima llena de vajilla de loza, una cocina económica y una nevera descomunal. Un banco corrido esquinero flanqueado por una estufa de leña de hierro fundido bastante antigua, pero con pinta de eficiente. Los techos de toda la casa son altísimos, de casi cuatro metros, tanto en la planta baja como en la primera. La bodega sin embargo tiene los techos de dos metros escasos de altura.
La Borda dispone de un terreno que la rodea de unos dos mil metros cuadrados, también dispone de un pajar diáfano de unos 100 metros cuadrados y al menos 5 de altura que sirve de leñera y garaje entre otras utilidades. El resto del terreno en cuesta es una enorme pradera con arbolado en las lindes. Desde mi ventana de la cocina veo al menos un nogal y dos robles centenarios, algún avellano y una decena de árboles que de momento no identifico. Toda la finca se encuentra vallada y el acceso es a través de una puerta de hierro. El camino que llega hasta aquí viene del pueblo que se encuentra a seis kilómetros, todos ellos cuesta abajo. A unos tres kilómetros se encuentra otra Borda, mas grande si cabe, pero después de la mía el camino se torna sendero y ya no hay más que alguna palloza abandonada que sirve de refugio a los pastores de la zona o de refugio provisional para algún montañero si le sorprende la lluvia o la noche.
El sol ya sube y el calor con él. Termina mayo y con él el frío. Todavía se ve nieve en las cumbres. Hago pereza para deshacer la maleta, desde anoche que llegué sigue en el mismo lugar, encima de un sillón en el dormitorio que elegí para mí. Cuando venga Esther haremos la instalación definitiva. Todavía quedan seis días para su llegada. Decido pasear por el terreno de la Borda, y lo hago despacio, respirando hondo, sabiéndome dueño de este pequeño reducto de paz, verde y fresco como clorofila. El Land Rover lo tengo aparcado en medio del terreno, toco las llaves en el fondo de mi bolsillo derecho y sin saber por que entro en el y lo arranco, voy a estacionarlo dentro del pajar, prefiero que no se vea, que su presencia no enturbie el paisaje. Al salir del vehículo me quedo unos instantes dentro del pajar, quieto, con las manos enlazadas en la espalda y mirando en rededor todo el habitáculo por ver si algo me sorprende, no es el caso, todo es diáfano, no hay nada, tan solo unos tablones acumulados en un rincón y media docena de bidones metálicos vacíos. El aire que se respira está cargado de humedad, por lo que opto por dejar el portón abierto a fin de que se ventile la estancia. Salgo al exterior a continuar mi paseo por los alrededores de la Borda. El sol empieza a significarse y a calentar, ahora sí, con intensidad. Para ser mayo hace demasiado calor, y eso que es temprano, hoy será un día caluroso.
el milagro fue vivir
El milagro fue vivir, el sueño lo tuvimos tan presente que parecía real y sin embargo caducamos como los yogures y nos pudrimos al sol de nuestra inocencia. Vivíamos sin pensar que lo hacíamos, estábamos abducidos por los colores de la primavera, por el clamor del sexo, por la vida relajada, instalados en el bon vivant, en la planicie de espíritu y apenas veíamos que a nuestro alrededor el magma se movía. Que los dragones que habitaban el centro de la tierra se encorajinaron, se volvieron locos y empezaron a golpear con fuerza las entrañas de la tierra y todo cayó como un castillo de naipes. Apenas fue un instante, un suspiro, un soplo. Todo se vino abajo, todo cayó a plomo y no pudimos hacer nada por evitarlo. El instante después de lo sucedido fue la cruz, el pésame, el estertor, la apatía. Nada volvió a lucir. Tan solo el dolor relumbraba con luz propia. Si una suerte de acontecimientos nos dejó sin aliento, eso fue con los cuchillos de la noche, y así eternamente, nada, nada ni nadie pudo remediarlo, todo se vino abajo, todo cayó al suelo, y el suelo cayó al abismo y el vacío, el cero absoluto, el nihilismo y la argucia por el sofocón. Ausentes entre la multitud. Aturdidos por el batacazo. Ayer tumbados en una piscina con un refresco en la mano escuchando música, y hoy penando con hambre y frío en el inmenso muladar de una sociedad decrepita y cayendo libremente al vacío... Somos animales heridos, desvalidos y enfermizos, royendo como cobayas los últimos víveres que almacenábamos. Las miradas de las gentes cada vez son mas torvas y menos humanas y el dolor al ser extenso parece menos intenso, y sin embargo no hay nada derecho, todo es pura ruina, puro desastre.
el agua canaliza muy bien
El agua canaliza muy bien, el cuarzo encima de la mesa, música étnica oriental tranquila, la habitación perfumada de inciensos, mucho Feng-shui, mucha bola de cristal y toda la magia esotérica que seas capaz de transmitir. Así mismo buscar el momento estelar propicio, que la luna esté en la fase adecuada y que todos los karmas estén en paz. Buscado y encontrado ese momento mágico proceder con suma concentración y con toda la energía imponiendo las manos de la manera más sutil posible. ¿Las facturas van con o sin IVA? Dependiendo de si van o no con IVA así la curación será una u otra. Y en esas estamos. Ommm para empezar, el incienso te abotarga, te adormece, la penumbra de velas, la cadencia de la respiración, esas manos impuestas quirománticamente sobre las carencias profundas que te impulsan a ser analizado y procesado en la catarsis total. Visiones de otros mundos, lugares ignotos, auras mágicas que te producen somnolencia y paz interior, debe ser el olor agreste a sándalo, quizá esa luz mortecina, el tono monótono con que te machacan el mantra en tu oído saturado de monsergas del más allá. ¿Va a pagar en metálico o con tarjeta de crédito? Y vuelta al reiki, a punto de levitar, a un paso de la cosmogonía del estado de perfección. Mientras tus pupilas se dilatan en la visión de la estatua dorada de Buda, la cartera se te va aflojando y cuando quieras recordar estará tan vacía como el espectro que te acompaña. Te reencarnas una y mil veces antes de pasar por caja, pero el final beatífico te lleva en volandas y tanta paz espiritual te deja exhausto y con las patas muy blandas, como anestesiado. Estas en la gloria y ya nada lo puede detener
da miedo
Da miedo, por las mañanas pones la radio y lo que escuchas es la antesala del fin del mundo. Los mercados convulsos e inestables dan bandazos y amenazan tormentas. Los políticos incapaces de sujetar la avalancha que se cierne se muestran dubitativos y contrariados y marean la perdiz, pusilánimes e inútiles sin capacidad de acción ante el vendaval bursátil y la ataraxia del capital, aparecen como comparsas del caos. Ajustes, reconversiones, ERE´s, empresas que echan el cerrojo, desbandada general. A todo esto, la población civil borracha de tanto sinsabor económico baja los brazos y no reacciona, ni tan siquiera chilla; simplemente está confusa, desorientada y amedrentada. Paseas por las calles y ves miradas perdidas, gentes hundidas y desánimo generalizado. El paisaje de Polígonos Industriales desiertos, carteles en los locales de “se alquila” o “se vende” son lo normal. La violencia doméstica se dispara como consecuencia de tanto oprobio, de tanta angustia. El futuro es un acertijo con malas noticias al fondo. Miras a tu hijo y no sabes que pensar, que decir, como actuar, en que sentido educar. Da mala gana hablar de todo esto, y cada vez todos estamos más alicaídos, peor. La clase política no son más que unos títeres, unos botarates en manos de los grandes mercados, de las grandes corporaciones financieras. Unos se miran a los otros, todos muy vulnerables, muy susceptibles, no saben que hacer, posiblemente no saben nada y ante tanto desconocimiento prefieren la inacción, el no hacer nada, eso si, teatralizan su papel de que son grandes paladines de la democracia, que controlan perfectamente la situación, pero en el fondo están cagados de miedo y son incapaces de sacarnos del hoyo, es más, su falta de rumbo nos mete más en él y lo que es peor, su condición de súbditos del gran capital los convierte en cómplices del desastre al que estamos, parece ser, abocados. Jamás se produjo tanto, jamás hubo tanto rico, tanto banco, tantas mansiones, tantos cochazos, en definitiva tanta riqueza y sin embargo el horizonte es la pobreza más miserable. Todos los días nos amenazan con más recortes sociales, con jubilaciones mas dilatadas en el tiempo, con pensiones más inciertas, con despidos más masivos y en definitiva lo que se nos muestra es la dilapidación del estado de bienestar, si es que alguna vez existió. Por supuesto en África se siguen muriendo de hambre y sida como antes y su futuro si nunca fue halagüeño, ahora menos. Los sindicatos están en banca rota, el descrédito de cualquier organización es notable y el panorama en definitiva es desolador. ¿Qué podemos hacer ante esta situación? Hay varias opciones. Uno puede suicidarse y evitar así angustias dilatadas. Puede volverse loco, emborracharse, drogarse, y en definitiva echarse a perder para así distanciarse de una realidad tan vergonzante. Otra opción es darse a la mística, hacer una lectura al revés de lo que está pasando, saltarse el renglón, cambiar de coordenada y mirar para adentro en vista que para fuera solo hay basura y patraña. Enfadarse, cabrearse, ponerse como un basilisco es otra opción que nos puede llevar a coleccionar úlceras de estómago, depresiones, enfermedades variadas o directamente al profugismo previamente de pasar por el atentado terrorista, a modo de huida hacia delante, en fin un mal fin. Se puede mendigar. Se puede ignorar todo lo que acontece, pensar que nada de lo que está ocurriendo va con nosotros, enchufar tele 5, flipar con Belén Esteban y esperar que escampe, si es que eso fuese a suceder. Se puede robar, extorsionar, ahora está muy de moda robar cable de cobre y enmafiarse, total, como ya todo da igual, y ante el vacío en el que nos vemos envueltos, y ante la falta de perspectiva, pues convertirse en un delincuente como profesión con futuro que es. Ser Ermitaño, no deja de ser una postura mística, pero utilizarla como baza real parece una buena alternativa, la austeridad por bandera, el apartamiento como manera de socializarse sin gente. Posiblemente haya más alternativas pero me temo que todas ellas están en esta línea tan poco optimistas, o al menos tan estrambóticas.
Bombas de nata
Bombas de nata, descuidos oscuros, patética danza que sufre en las sombras
Anatema profundo y dicho mil veces que cala, traspasa y atonta hasta el dolor
Siento la basca que me sube, el estertor duro en la boca del estómago, la falacia.
Alguien salvó la patria y la dejó podrirse, alguien quiso y no pudo más...
Y sin embargo el dolor y la angustia decoran mi futuro tenebroso y lleno de pus
Por eso la cama esta llena de ti, pero a pesar de todo ya no duermo en ella
Por eso lloro y miro con desdén lo que fue, para morir en mi presente sin más
Por ello digo lo que veo, lo que nunca disloca la furia de las verdades profundas
Entro y salgo de mi ataraxia, de mi estilo sinuoso y ciclotímico dejando para mañana el hoy...y es por eso que nunca naufragaré en el presente, pues para mi no tiene agua. Y aun así sigo luchando sin saber muy bien por que, sin llegar nunca a tener más que lo inmediato, suficiente para soportar la trampa.
Ahora todo está dicho, todo esta por hacer pero nada se podrá decir si no es distinto de lo dicho. Y este invierno atroz que nos encoge, que nos anula, nos deja sin baza, sin posibilidad, sin destino cierto. Aun así medramos y asomamos la gaita para que un hilo de aire nos saque del frío infinito. Sobrevivimos por decreto, por instinto, por temor al dolor de la muerte, pero no podemos relajar el presente pues nos resulta imposible camuflarnos ante tanto dolor, ante tanta penumbra. Deberíamos tener mas rasmia, mas tesón, mas pujanza para abatir esta vida, plantarle cara a la adversidad, al grave problema de la subsistencia mínima, a la necesidad cubierta, salir de la zozobra y la desazón que produce la incertidumbre de un futuro incierto, inseguro y fluctuante.
Alguien pulsó la alarma, alguien nos puso en alerta, alguna fuerza nos puso en movimiento ante el panorama inestable, ante el suelo movedizo, pero sin embargo no teníamos criterios, nos faltaban las instrucciones para flotar ante tanta dificultad. Los medios de comunicación nos alertaban día sí, día también de la tormenta que se cernía, de la avalancha de deudas y oprobios que nos rodeaba. Todo se tambaleaba bajo nuestros pies, el orden establecido no hacía pie en el lodazal económico y social. Las culturas chocaban y daban parte de siniestro total. Todos los días se rompía la cuerda, se partía la baraja, se llenaban las fosas de inocentes. Religiones por doquier cada vez más radicales, mas intransigentes. Tonos hostiles, palabras gruesas, violencia cotidiana, veneno para desayunar, hiel par comer, sangre para cenar y un carácter cada vez más duro, más rancio. Angustia, cuesta abajo sin remedio, carencias básicas y un color gris que lo llenaba todo. Alguna vez hace mucho tiempo todo era distinto, y era esa diferencia, llena de monotonía, de exceso de nada, de ausencia de todo, donde la vida pasaba sin pulso, pero pasaba sin hambre, sin sed, pasaba suave sobre todos nosotros, nos conformamos con permanecer, nos acomodamos en nuestra cotidianidad, en nuestra vida diaria, normalizada, sin aspavientos, sin tumultos, sin altibajos. Aquella falta de gimnasia vital, aquel estado de tumefacción, de permanencia estéril, de línea rectas, sin aristas, sin cambio fue lo que nos dispuso para el terremoto posterior. De la inacción absoluta pasamos a la confusión cierta, al caos impredecible, al abismo que empezaba a cernirse sobre la humanidad. Un huracán pasó y nadie supo preverlo, nadie supo asumirlo, nadie dispuso un antídoto, una vacuna para tanta debacle. El clima se reveló en extremos, las lluvias pertinaces, violentas y destructoras; los vientos atroces, devastadores e impredecibles. Volcanes, tsunamis, terremotos, sequías...hostilidad sin más. Revueltas sociales, crisis, violencia gratuita, aberraciones, abyecciones humanas, crueldades, enfermedades, desastres. Todos los días desayunábamos con muertos, a veces se escuchaban las bombas estallar a lo lejos, las columnas de humo se cernían sobre todo, tapaban el escaso sol, hundido en el cielo contaminado y profanado. Poca luz, escasa agua, inexistente gas. Trabajo precario. Hambre y desolación. Y recordábamos el ayer lleno de todo pero a la vez flojo, vimos como la abundancia pasada se transformaba en escasez perpetua. Como nos íbamos endureciendo y arrugando los rostros, como mutábamos en alimañas y ante nuestros ojos todo se venía abajo. Al principio llorábamos y rabiábamos, odiábamos y nos revelábamos ante la injusticia, ante la adversidad. Pero poco a poco, y no tan poco a poco nos fuimos endureciendo, nos curtimos en el dolor y nos hicimos inmutables a la barbaridad, a las sombras siniestras, a la tristeza absoluta, a la miseria sin piedad. Lodo y gris. O negro sobre todas las cosas. Un día entierras a tu hijo y te sorprendes sin lágrimas, con el rostro impávido, alelado, hierático ante ese cadáver que es parte de ti, pero tu ya no sientes, ni padeces, ni te inmutas ante nada; llevas mucho tiempo ¿cuánto? Años quizá. Pasando hambre, tosiendo todo el día, ido, ya no eres tú, ni te reconoces cuando te ves delante de un espejo. Vagas por los caminos como un zombie, como un cadáver andante, esperando el final con anhelo, y envidiando a los que ya no están para sufrir. Todo es hostil, todo es cieno y ceniza y polvo y barro, y tu en medio, mordisqueando la raíz de una de las últimas plantas que quedan, hechizado por la escasez, mutilado por la debacle que nos rodea.
Estalló una bomba en la colina. Estallaron tantas en aquellos días que ya ni te sorprendía, ni te inmutabas ante la lluvia de escombros, tan solo buscabas instintivamente refugio ante la tormenta de cascotes, pero a continuación del chaparrón volvías al raso, serio e inexpresivo como si nada, y seguíamos caminando sin rumbo, seguíamos dando tumbos por las calles desiertas de vida, entre los cascotes y el polvo, entre hierros retorcidos y grises, lívidos y mortecinamente vivos. Cada vez pensábamos menos. Llega un momento en que tanta miseria, tanto dolor, tanta angustia te vacuna contra la reflexión. Te animalizas a marchas forzadas, te vuelves rudo y fiero, te dejas llevar por un tiempo que ya ni te pertenece, ni te sirve, te dejas llevar por esta vida cruel y patética. Te miras al espejo pero no reconoces a nadie, te observas sin risa, sin llanto, sin gesto, absurdamente plantado delante del espejo, lleno de nada, vacío de todo. Eterno duermevela el del hambre pertinaz y severo. Angustiosa calma esta del silencio mortecino y gris que se sucede al rugir del cataclismo, al fragor del fin del mundo.
Anatema profundo y dicho mil veces que cala, traspasa y atonta hasta el dolor
Siento la basca que me sube, el estertor duro en la boca del estómago, la falacia.
Alguien salvó la patria y la dejó podrirse, alguien quiso y no pudo más...
Y sin embargo el dolor y la angustia decoran mi futuro tenebroso y lleno de pus
Por eso la cama esta llena de ti, pero a pesar de todo ya no duermo en ella
Por eso lloro y miro con desdén lo que fue, para morir en mi presente sin más
Por ello digo lo que veo, lo que nunca disloca la furia de las verdades profundas
Entro y salgo de mi ataraxia, de mi estilo sinuoso y ciclotímico dejando para mañana el hoy...y es por eso que nunca naufragaré en el presente, pues para mi no tiene agua. Y aun así sigo luchando sin saber muy bien por que, sin llegar nunca a tener más que lo inmediato, suficiente para soportar la trampa.
Ahora todo está dicho, todo esta por hacer pero nada se podrá decir si no es distinto de lo dicho. Y este invierno atroz que nos encoge, que nos anula, nos deja sin baza, sin posibilidad, sin destino cierto. Aun así medramos y asomamos la gaita para que un hilo de aire nos saque del frío infinito. Sobrevivimos por decreto, por instinto, por temor al dolor de la muerte, pero no podemos relajar el presente pues nos resulta imposible camuflarnos ante tanto dolor, ante tanta penumbra. Deberíamos tener mas rasmia, mas tesón, mas pujanza para abatir esta vida, plantarle cara a la adversidad, al grave problema de la subsistencia mínima, a la necesidad cubierta, salir de la zozobra y la desazón que produce la incertidumbre de un futuro incierto, inseguro y fluctuante.
Alguien pulsó la alarma, alguien nos puso en alerta, alguna fuerza nos puso en movimiento ante el panorama inestable, ante el suelo movedizo, pero sin embargo no teníamos criterios, nos faltaban las instrucciones para flotar ante tanta dificultad. Los medios de comunicación nos alertaban día sí, día también de la tormenta que se cernía, de la avalancha de deudas y oprobios que nos rodeaba. Todo se tambaleaba bajo nuestros pies, el orden establecido no hacía pie en el lodazal económico y social. Las culturas chocaban y daban parte de siniestro total. Todos los días se rompía la cuerda, se partía la baraja, se llenaban las fosas de inocentes. Religiones por doquier cada vez más radicales, mas intransigentes. Tonos hostiles, palabras gruesas, violencia cotidiana, veneno para desayunar, hiel par comer, sangre para cenar y un carácter cada vez más duro, más rancio. Angustia, cuesta abajo sin remedio, carencias básicas y un color gris que lo llenaba todo. Alguna vez hace mucho tiempo todo era distinto, y era esa diferencia, llena de monotonía, de exceso de nada, de ausencia de todo, donde la vida pasaba sin pulso, pero pasaba sin hambre, sin sed, pasaba suave sobre todos nosotros, nos conformamos con permanecer, nos acomodamos en nuestra cotidianidad, en nuestra vida diaria, normalizada, sin aspavientos, sin tumultos, sin altibajos. Aquella falta de gimnasia vital, aquel estado de tumefacción, de permanencia estéril, de línea rectas, sin aristas, sin cambio fue lo que nos dispuso para el terremoto posterior. De la inacción absoluta pasamos a la confusión cierta, al caos impredecible, al abismo que empezaba a cernirse sobre la humanidad. Un huracán pasó y nadie supo preverlo, nadie supo asumirlo, nadie dispuso un antídoto, una vacuna para tanta debacle. El clima se reveló en extremos, las lluvias pertinaces, violentas y destructoras; los vientos atroces, devastadores e impredecibles. Volcanes, tsunamis, terremotos, sequías...hostilidad sin más. Revueltas sociales, crisis, violencia gratuita, aberraciones, abyecciones humanas, crueldades, enfermedades, desastres. Todos los días desayunábamos con muertos, a veces se escuchaban las bombas estallar a lo lejos, las columnas de humo se cernían sobre todo, tapaban el escaso sol, hundido en el cielo contaminado y profanado. Poca luz, escasa agua, inexistente gas. Trabajo precario. Hambre y desolación. Y recordábamos el ayer lleno de todo pero a la vez flojo, vimos como la abundancia pasada se transformaba en escasez perpetua. Como nos íbamos endureciendo y arrugando los rostros, como mutábamos en alimañas y ante nuestros ojos todo se venía abajo. Al principio llorábamos y rabiábamos, odiábamos y nos revelábamos ante la injusticia, ante la adversidad. Pero poco a poco, y no tan poco a poco nos fuimos endureciendo, nos curtimos en el dolor y nos hicimos inmutables a la barbaridad, a las sombras siniestras, a la tristeza absoluta, a la miseria sin piedad. Lodo y gris. O negro sobre todas las cosas. Un día entierras a tu hijo y te sorprendes sin lágrimas, con el rostro impávido, alelado, hierático ante ese cadáver que es parte de ti, pero tu ya no sientes, ni padeces, ni te inmutas ante nada; llevas mucho tiempo ¿cuánto? Años quizá. Pasando hambre, tosiendo todo el día, ido, ya no eres tú, ni te reconoces cuando te ves delante de un espejo. Vagas por los caminos como un zombie, como un cadáver andante, esperando el final con anhelo, y envidiando a los que ya no están para sufrir. Todo es hostil, todo es cieno y ceniza y polvo y barro, y tu en medio, mordisqueando la raíz de una de las últimas plantas que quedan, hechizado por la escasez, mutilado por la debacle que nos rodea.
Estalló una bomba en la colina. Estallaron tantas en aquellos días que ya ni te sorprendía, ni te inmutabas ante la lluvia de escombros, tan solo buscabas instintivamente refugio ante la tormenta de cascotes, pero a continuación del chaparrón volvías al raso, serio e inexpresivo como si nada, y seguíamos caminando sin rumbo, seguíamos dando tumbos por las calles desiertas de vida, entre los cascotes y el polvo, entre hierros retorcidos y grises, lívidos y mortecinamente vivos. Cada vez pensábamos menos. Llega un momento en que tanta miseria, tanto dolor, tanta angustia te vacuna contra la reflexión. Te animalizas a marchas forzadas, te vuelves rudo y fiero, te dejas llevar por un tiempo que ya ni te pertenece, ni te sirve, te dejas llevar por esta vida cruel y patética. Te miras al espejo pero no reconoces a nadie, te observas sin risa, sin llanto, sin gesto, absurdamente plantado delante del espejo, lleno de nada, vacío de todo. Eterno duermevela el del hambre pertinaz y severo. Angustiosa calma esta del silencio mortecino y gris que se sucede al rugir del cataclismo, al fragor del fin del mundo.
bataholas y esporádicas sandeces
Bataholas y esporádicas sandeces, solo se oye el rumor firme y seguro de aquello que ya no tienes, para lo que ya no estás hecho. La llamada es arrebato, entuertos y recónditas memeces que te dejan exhausto y sin aliento, pues eso, que ya va siendo hora de exponernos a cuerpo al vendaval que se avecina, cuanto antes nos plantemos ante el caos, antes pararemos la tromba, el clamor, el tumulto. Todo es un cisco tremendo y ya nada nos sujeta. Al final caerán a plomo todos los castillos de naipes que construimos sin criterio, dejados llevar por la animalidad de nuestra mísera condición humana, cegados por los aires de grandeza que se nos suponía, y sin embargo ahora estamos destrozados, penosamente expuestos a un mundo mucho más audaz, mucho más poderoso que nuestra pírrica aportación como seres humanos. Confiamos a la tecnología nuestro destino, y henos aquí dando vueltas como pirulos intentando averiguar donde está la avería, en que proceso nos equivocamos, que ocurrió para que tanta perfección caducase, tanta exactitud cayese a plomo.
Almibarado proyecto de persona
Almibarado proyecto de persona, tan dulce, tan dúctil, tan sutil, todo tan blandito, tan suave, tan susceptible a lo externo, a lo cambiante, era tan poquita cosa que daba no se que decirle nada no fuese a romperse. Esa vocecita de cordero, esa predisposición al llanto, al abatimiento, a la depresión, todo eso y mucho más fue lo que me enamoró. Quizá fuese complejo de asistente social, de enfermero, la paternidad ahogada que ahora se revelaba ante la necesidad, ante la caridad profunda que necesitaba aquella persona y que fue lo que terminó por hacerme perder la cabeza. Empecé por atender con gestos, por hacer eco de todas sus desestabilidades, por ofrecerme sumiso y solícito a todas sus demandas ya fueran emocionales o materiales. Por la caridad entré al amor. Al principio no lo llamaba así, no sé, quizá fuese una manera de realización personal basada en atender a un ser desvalido. Atendiendo sus lágrimas, sus desdichas por subjetivas y absurdas que fueren conseguía una satisfacción que me llenaba plenamente. Llegó a ser obsesión, no tenía ojos nada más que para ella, y estaba deseando que llegase el día siguiente para verla, cuando hacía diez minutos que me había despedido, en la puerta de la oficina hasta mañana. Ella se dejaba hacer, y yo hacía todo por ella. Preguntaba por su estado de salud, servía sus manzanillas tibias como a ella le gustaban, le ayudaba a ponerse el abrigo al final de la jornada, enjugaba sus lágrimas y comprendía todas las desgracias que me contaba, atendía todas sus demandas, abría la puerta ante ella, cedía el paso, sonreía su gesto demacrado y enfermizo, mimaba su insultante endeblez y en resumidas cuentas me fui haciendo esclavo de sus caprichos y veleidades. Un día conseguí su número de teléfono y desde entonces llamaba compulsivamente a horas muy determinadas para interesarme por sus almuerzos, sus descansos, sus cosas...Algo en mí impedía que diese un paso más en la relación, que abiertamente le expusiese mis anhelos y mis intenciones, por temor a un hipotético daño a trastocar una cotidianeidad llena de inestables equilibrios. Vivía sola con una madre apostada en una silla de ruedas y una criada interna ecuatoriana contratada para la atención de la abuela, pero que sinceramente creo que venía a cubrir las carencias de ambas, madre e hija. No tenía más familia. Era hija única y el padre murió hacía una década arropado entre empalagos y cariños excesivos por ambas dos, madre e hija. Quizá fuese a partir de la muerte del padre cuando la apatía y la tristeza llenaron ese hogar. Al poco fue la madre la que cayó enferma eternamente hasta acabar en silla de ruedas de por vida y aportar su granito de arena de desdichas y depresiones. El carácter apocado y melindroso, el exceso de sutileza y susceptibilidad se sumó a esa endogamia para terminar por crear una flor tierna de primavera, vulnerable a cuanto cambio y alteración por minúscula que fuera de la cotidiana apatía que le rodeaba. Una monótona vida ordenada, estabulada y estipulada, sin variación, una vida dedicada a una casa sin acción, una foto fija que se repetía todos los días sin altibajos. La cadencia de los días y las monótonas costumbres pasaba por un horario bien determinado, marcado al minuto. Todos los días iguales, menos los sábados y domingos, que por otra parte eran iguales entre sí. De lunes a viernes el despertador sonaba innecesariamente a las siete en punto, pues ella ya estaba despierta de antemano. A continuación una ducha tibia, después se vestía meticulosamente con la ropa que previamente había dispuesto la noche anterior sobre la silla adyacente a la cómoda. Una rebanada de pan con miel y una manzanilla tibia, en verano quizá una pieza de fruta, comprendía el frugal desayuno. A continuación el cepillado de dientes y la visita al dormitorio de la madre para comprobar que todo estaba en su sitio. Un comentario doméstico con la criada y a continuación dos besos a su madre, que a esa hora, siete y treinta y seis, siete y treinta y ocho, servían de despedida. La parada de autobús, y el trabajo, fichando siempre a las ocho, ocho y cinco. Metódicamente siempre lo mismo, el mismo trabajo, que desempeñaba con meticulosidad y empeño. A las diez la manzanilla tibia, a las once la salida al almuerzo, siempre a la misma cafetería, siempre sola, a hojear siempre el mismo periódico. A las once y veinte vuelta al trabajo. A las tres, tres y cinco vuelta a fichar de salida. Autobús a casa. Tres y cuarto, tres y veinte llegar a casa. Cambio de ropa. Comida con la madre, que siempre le esperaba para estos menesteres. A las cuatro y cuarto, cuatro y veinte se preparaba la tercera manzanilla del día ( el único café del día lo tomaba a las once en la cafetería) y tras esta tercera manzanilla, tomada en la salita mientras leía un poco la novela que tuviese entre manos, paseo con su madre por el barrio, no más de una hora. En invierno dependiendo del tiempo, este paseo era sustituido por la televisión, eso sí, siempre eligiendo programas lo más divulgativos posible, nunca dejándose llevar por la postura fácil de los programas de entretenimiento, y nunca más de una hora seguida. Luego hacía punto, o leía, o simplemente permanecía sentada sobre el sillón orejero junto a su madre flanqueando el ventanal de la salita. Raras veces sonaba el teléfono, y nunca realizaban llamadas. Si alguna vez esto tenía que ocurrir,
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