martes, 23 de agosto de 2011

Almibarado proyecto de persona

Almibarado proyecto de persona, tan dulce, tan dúctil, tan sutil, todo tan blandito, tan suave, tan susceptible a lo externo, a lo cambiante, era tan    poquita cosa que daba no se que decirle nada no fuese a romperse. Esa vocecita de cordero, esa predisposición al llanto, al abatimiento, a la depresión, todo eso y mucho más fue lo que me enamoró. Quizá fuese complejo de asistente social, de enfermero, la paternidad ahogada que ahora se revelaba ante la necesidad, ante la caridad profunda que necesitaba aquella persona y que fue lo que terminó por hacerme perder la cabeza. Empecé por atender con gestos, por hacer eco de todas sus desestabilidades, por ofrecerme sumiso y solícito a todas sus demandas ya fueran emocionales o materiales. Por la caridad entré al amor. Al principio no lo llamaba así, no sé, quizá fuese una manera de realización personal basada en atender a un ser desvalido. Atendiendo sus lágrimas, sus desdichas por subjetivas y absurdas que fueren conseguía una satisfacción que me llenaba plenamente. Llegó a ser obsesión, no tenía ojos nada más que para ella, y estaba deseando que llegase el día siguiente para verla, cuando hacía diez minutos que me había despedido, en la puerta de la oficina hasta mañana. Ella se dejaba hacer, y yo hacía todo por ella. Preguntaba por su estado de salud, servía sus manzanillas tibias como a ella le gustaban, le ayudaba a ponerse el abrigo al final de la jornada, enjugaba sus lágrimas y comprendía todas las desgracias que me contaba, atendía todas sus demandas, abría la puerta ante ella, cedía el paso, sonreía su gesto demacrado y enfermizo, mimaba su insultante endeblez y en resumidas cuentas me fui haciendo esclavo de sus caprichos y veleidades. Un día conseguí su número de teléfono y desde entonces llamaba compulsivamente a horas muy determinadas para interesarme por sus almuerzos, sus descansos, sus cosas...Algo en mí impedía que diese un paso más en la relación, que abiertamente le expusiese mis anhelos y mis intenciones, por temor a un hipotético daño a trastocar una cotidianeidad llena de inestables equilibrios. Vivía sola con una madre apostada en una silla de ruedas y una criada interna ecuatoriana contratada para la atención de la abuela, pero que sinceramente creo que venía a cubrir las carencias de ambas, madre e hija. No tenía más familia. Era hija única y el padre murió hacía una década arropado entre empalagos y cariños excesivos por ambas dos, madre e hija. Quizá fuese a partir de la muerte del padre cuando la apatía y la tristeza llenaron ese hogar. Al poco fue la madre la que cayó enferma eternamente hasta acabar en silla de ruedas de por vida y aportar su granito de arena de desdichas y depresiones. El carácter apocado y melindroso, el exceso de sutileza y susceptibilidad se sumó a esa endogamia para terminar por crear una flor tierna de primavera, vulnerable a cuanto cambio y alteración por minúscula que fuera de la cotidiana apatía que le rodeaba. Una monótona vida ordenada, estabulada y estipulada, sin variación, una vida dedicada a una casa sin acción, una foto fija que se repetía todos los días sin altibajos. La cadencia de los días y las monótonas costumbres pasaba por un horario bien determinado, marcado al minuto. Todos los días iguales, menos los sábados y domingos, que por otra parte eran iguales entre sí. De lunes a viernes el despertador sonaba innecesariamente a las siete en punto, pues ella ya estaba despierta de antemano. A continuación una ducha tibia, después se vestía meticulosamente con la ropa que previamente había dispuesto la noche anterior sobre la silla adyacente a la cómoda. Una rebanada de pan con miel y una manzanilla tibia, en verano quizá una pieza de fruta, comprendía el frugal desayuno. A  continuación el cepillado de dientes y la visita al dormitorio de la madre para comprobar que todo estaba en su sitio. Un comentario doméstico con la criada y a continuación dos besos a su madre, que a esa hora, siete y treinta y seis, siete y treinta y ocho, servían de despedida. La parada de autobús, y el trabajo, fichando siempre a las ocho, ocho y cinco. Metódicamente siempre lo mismo, el mismo trabajo, que desempeñaba con meticulosidad y empeño. A las diez la manzanilla tibia, a las once la salida al almuerzo, siempre a la misma cafetería, siempre sola, a hojear siempre el mismo periódico. A las once y veinte vuelta al trabajo. A las tres, tres y cinco vuelta a fichar de salida. Autobús a casa. Tres y cuarto, tres y veinte llegar a casa. Cambio de ropa. Comida con la madre, que siempre le esperaba para estos menesteres. A las cuatro y cuarto, cuatro y veinte se preparaba la tercera manzanilla del día ( el único café del día lo tomaba a las once en la cafetería) y tras esta tercera manzanilla, tomada en la salita mientras leía un poco la novela que tuviese entre manos, paseo con su madre por el barrio, no más de una hora. En invierno dependiendo del tiempo, este paseo era sustituido por la televisión, eso sí, siempre eligiendo programas lo más divulgativos posible, nunca dejándose llevar por la postura fácil de los programas de entretenimiento, y nunca más de una hora seguida. Luego hacía punto, o leía, o simplemente permanecía sentada sobre el sillón orejero junto a su madre flanqueando el ventanal de la salita. Raras veces sonaba el teléfono, y nunca realizaban llamadas. Si alguna vez esto tenía que ocurrir,

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