jueves, 24 de septiembre de 2015

estar de vuelta de todo

Estar de vuelta de todo supone no haber tocado chufa en la carrera de ida, haberse quedado exhausto con flato y con la respiración entrecortada antes de romper la cinta de la línea de meta y por ende no haber logrado el objetivo medio que nos anime para el regreso. Volver cansado y maltrecho de un viaje inconcluso, volver sin haber llegado deja un poso de fracaso y de abatimiento, de resentimiento y amargor. Estar de vuelta de todo supone finiquitar el viaje, terminar con la aventura que supone el ir; nos sitúa en la prepotencia del que observa desde la distancia, del espectador resabiado que contempla con un poso de superioridad una carrera de la que ya sabe el resultado final. Nunca se debe estar de vuelta de todo. La ida es lo suficientemente compleja y ardua, variopinta e intrincada que no se puede abordar desde la soberbia del que parece conocerlo todo. La historia es un viaje sin retorno, nunca se puede volver, nunca se puede llegar, nunca se puede abordar su estudio creyéndonos conocedores de todas sus variables y aún menos podremos vaticinar lo que ésta nos va a deparar. La historia nunca vuelve, lo parece, pero no vuelve. Siempre avanza, a veces deprisa, a veces despacio, a veces se para un poco para tomar impulso, algunos hablan del fin de la historia, pero no es posible, eso no es así, algunos se empeñan en finiquitarla por interés propio, pero no es posible. Ahora nos encontramos en un periodo en el que parece que un monstruo gigante y poderoso lleva las riendas de la historia a su antojo, paree que la tuviese domada, vencida, gobernada. No es así, nunca será así. Cuando menos lo esperemos el jinete todopoderoso que parece que la maneja a su antojo caerá, perderá el control, y la historia acelerará su ritmo o cambiará de camino, o irá donde otros jinetes logren llevarla después de llegar a su grupa y poderla domeñar. Por eso no hay que estar nunca de vuelta, porque cuando crees que ya conoces todo, la historia te recuerda que todo no se puede conocer, y por lo tanto siempre hay veredas, senderos diferentes por los que seguir avanzando sin necesidad de regresar  derrotados y con la mirada baja.

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