viernes, 25 de noviembre de 2016
respirar hondo
Respirar hondo y contar hasta diez. Siempre. Los errores se pagan por no pensar, por no respirar y por no contar, o contar poco. Un mundo abyecto y miserable, convulso y maravilloso a la vez nos proyecta imágenes y gestos diversos. Multitud de estímulos y barbaridades pinchan nuestras conciencias y después de procesarlo todo generamos una respuesta no siempre adecuada, probablemente por no procesarlo correctamente. Cuando un salvaje o alimaña social exhibe sus miserias y sus habilidades ante nuestros ojos, bien destrozando una papelera o arrojando desperdicios en la zona más verde de la ciudad, nos está mandando un mensaje que si no tenemos la pericia de procesarlo adecuadamente y contestar con rigor y precisión, corremos el riesgo de poner en peligro nuestra integridad. Es triste y miserable una realidad incomprensible e injusta, pero más triste y miserable es no responder con mesura e inteligencia ante hechos tan deleznables como arrojar desperdicios en un parque o descerrajar una papelera con un estacazo preciso sin razón aparente. Como dijo Lenin: “¿Qué hacer?”. Ante semejante tesitura, lo dicho, contar hasta diez pacientemente mientras valoramos los pros y los contras de intervenir o no en semejante dislate. Si nuestra intervención supone no intervenir, es decir pasar de largo sorteando la papelera rota o los desperdicios arrojados, nuestra conciencia no dejará de darle vueltas a esa falta de actitud por nuestra parte, y probablemente nos miraremos al espejo reconociéndonos ante él como un miserable ciudadano que no tiene agallas suficientes para intentar en la medida de lo posible hacer valer lo que a nuestro juicio es una conducta correcta frente a una conducta deplorable. Si intervenimos de facto ante el hecho concreto enfrentándonos al vándalo debemos de valorar varios aspectos; a saber, ¿soy más fuerte que el vándalo? ¿si le digo algo, comprenderá semejante ser mis explicaciones al respecto? ¿merecerá la pena? Etc..(todas estas preguntas son las que debemos hacernos y contestar en diez segundos de reflexión). Bien, supongamos que optamos por una intervención suave, pues hemos considerado que el vándalo tiene una fuerza muy pareja a la mía y por lo tanto lo adecuado es este tipo de intervención. Con buenas palabras y apelando al sentido común le invitamos a que repare su acto vandálico. Si lo hace, fenomenal, habremos contribuido a tres cosas. Estimular el sentido común del vándalo y probablemente evitar futuras macarradas, dos, estimular nuestra conciencia y sabedores de nuestra buena obra congraciarnos con el ser humano y sentirnos bien, y tres mejorar la limpieza viaria por razones obvias. Pero….¿si su respuesta es agresiva? Defendernos de sus ataques bien huyendo del lugar de conflicto lo más rápido posible o enfrentándonos al macarra y procurar ser certeros y precisos tanto en evitar golpes como en propinarlos si la agresión fuese física. O entrar en el debate y en la argumentación razonada si sus ataques son verbales. Las posiblilidades de éxito en este caso son dispares y dependiendo de su resultado podremos valorar si mereció la pena o no. Otra fórmula es intervenir de manera fulminante, esto es, ante el hecho vandálico, dirigirnos con determinación y solvencia hacia la alimaña social y propinarle un estacazo lo más preciso y certero posible, asegurándonos dejarle sin baza ni posibilidad de réplica. Puede que esta última fórmula sea la menos académica y formal, pero sin duda alguna es efectiva y probablemente aleccionadora a partes iguales, consiguiendo con ello dos de los tres objetivos enumerados anteriormente porque obviamente no lograremos reparar la papelera ni limpiar el suelo, pero si nuestra autocomplacencia por el trabajo hecho y conseguir que el vándalo en cuestión se piense dos veces en el futuro si debe pegarle una patada al mobiliario urbano o no. Os dejo reflexionando.
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