jueves, 12 de enero de 2012

Historias de la crisis 3

        No se mueve una hoja, algo pasa, está todo en calma, en una angustiosa calma chicha, el silencio es atroz. La apatía una constante, la inacción es norma, cotidianeidad, el proceso se para. Los pocos gestos que se ven son hostiles, o simplemente tristes, dejan caer los brazos y la molicie les deja sin baza, están al libre albedrío, no existe pulso. La decadencia social es apabullante, una losa pesada y mortecina, que cae lenta pero inexorable y segura, nos aplasta todos los días un poco más. Algo está pasando, esta demasía en la calma, esta ralentización de la vida social, este bajón anímico nos lleva sin remisión a un tsunami que ahora está oculto, pero que sin duda acabará por arrollarnos en el futuro, si es que existe eso que llamamos futuro. Desde luego algo pasa, y así como tras la tempestad viene la calma, esta maldita calma presagia el cataclismo. Las tiendas están vacías, se ve poca gente deambular por las calles, pocos coches transitan las hasta hace poco atascadas calles. Apenas hay ruido y no es agosto, es más estamos acabando septiembre, la gente debe de estar, pero donde? Deberíamos estar nerviosos y sin embargo no lo parece, la procesión debe ir por dentro, a simple vista lo que se ve es una sociedad narcotizada, sonámbula, sin norte, pero tranquila, o al menos con esa pereza, esa pachorra caribeña que precede al sueño profundo. Nos estamos quedando sin aliento y no somos capaces de morir matando, muy al contrario, nos rendimos en esta tibieza, bajamos los brazos sin plantar cara, sin responder a tanto oprobio. El desgaste de ánimo es inmenso, el bostezo social es una constante. Evitamos la lucha y el desgaste, evitamos el enfrentamiento, el disgusto, la batalla. Nos conformamos con esta lenta agonía, escondemos la cabeza debajo de la tierra y afuera están cazando avestruces, pero como no vemos no nos importa, no nos afecta el desvarío. Nos llega el eco de las trompas del juicio final, y miramos al cielo indolentes, sin aspavientos, sin mostrar gusto o disgusto, sin cambiar el rictus, esperamos con resignación lo que nos tenga que venir, lo que nos haya de pasar, no nos cuestionamos lo injusto o injusto de esta situación, simplemente nos dejamos llevar y miramos para otro lado, evitamos los disgustos, lo malo. Nos emborrachamos de optimismo barato, y a pesar de las calamidades nuestra existencia vicaria no deja que pensemos en lo que realmente está ocurriendo sino que nos vemos abocados a vivir como los niños, en un mundo que no es real, en un universo que ya no nos pertenece.

No hay comentarios: