martes, 22 de diciembre de 2015

Alá es grande

Alá es grande y todo lo puede dice el mantra suní. La nevera está vacía y el ramadán es ya eterno y forzoso. Donde los alimentos no llegan llega Alá y te da cobijo. No perteneces a esta tierra de infieles que bailan, beben, fuman, se ríen y se divierten mientras tú te agazapas en tu miseria con tu Corán en la mano y sigues recitando jaculatorias oscuras anhelando un paraíso que está a años luz de tu cubil mugriento. Ves a los infieles abrazarse y besarse entre risas, brindando, disfrutando de esta vida que para ti es un martirio. Sufres, odias y solo Alá te da consuelo. Pero los días se repiten y las risas de los infieles no te dejan dormir. Te reconcomes por dentro, entras en bucle con tus pensamientos. En la coctelera de tu cerebro se agitan las botellas de champan, Alá, la guerra santa, tu sueldo de mierda, el sueldazo del infiel, la miseria en la que nadas y el exceso de tu vecino infiel y las cuentas no te salen. Enloqueces en tu mazmorra interior, y solo tu Dios justiciero te da consuelo. Te apremia para que llegues a su paraíso lo antes posible, y vista la realidad negra que te circunda decides hacerle caso. Te lías la manta a la cabeza y te arrojas en sus brazos. Te inmolas como solución final a tu decrepitud, a tu miseria, a tu angustia. En medio del estadio abarrotado resuena el grito de la pólvora que te envuelve y llegas a ese paraíso lleno de nada de la manera más absurda y ridícula. Tu maestro suní sonreirá al ver el dolor que has provocado, el miedo cerval que has desatado y desde su barbuda estampa de loco sin atar reza a esa nada absoluta que le sirve de plataforma para seguir vendiendo ese humo divino que enloquece y siembra el pánico.

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