martes, 22 de diciembre de 2015
sin fisuras
Sin fisuras, sin reblar en el esfuerzo, constante y pertinaz. La gota malaya que tortura golpe a golpe de agua, el martillo pilón que machaca la estructura pineal de nuestra argamasa. Alguien debió abrir el grifo y por ahí se escapó el poco líquido que quedaba por verter. Alguien aporreó la masa gris hasta dejarla blanda y fofa. En la pantalla del televisor un gigante con alma de mono nos asegura que el mal está a la vuelta de la esquina y que no hay espacio para la relajación ni para la inopia. Todo cuanto te rodea es susceptible de ser dilapidado en un gesto leve de la mano del gigante que todo lo puede. Le debes la vida y no lo sabes. Nos asegura que el país que ahora te cobija no lo dejará de hacer nunca, pero eso es falso como una moneda de madera seca. La mueca de disconformidad ante las preguntas incisivas del periodista muestra la distancia abismal que existe entre su corbata y el pañuelo de saldo que tú llevas. Si crees que el futuro va a ser mejor que el presente por lo que te diga ese gerifalte de barro que ahora te asegura que todo está bajo control, entonces tu ingenuidad no te dejará ver el batacazo que se avecina. Un mundo se funde delante de nuestros ojos sin por ello hacernos pestañear. La inyección letal nos la están inoculando con una aguja finísima que apenas sentimos, pero el aguijón lleva un veneno mortal en forma de capitalismo financiero que poco a poco te duerme, te hipnotiza, te hace cómplice de su debacle y te arrulla en su nido de víboras para que seas la carnaza necesaria para que todo siga igual. El error es descomunal, el hedor insoportable, la barbaridad neoconservadora nos estrecha el camino a unos niveles desconocidos y pronto veremos los fantasmas de Bangladesh en la puerta de nuestra casa, pronto veremos el verdadero rostro del asesino, pronto, cuando todo esté ya por fin atado y bien atado te verás con una mano delante y otra detrás debiendo lo que no tienes a esos gurús del dólar que se exhiben sin pudor en la proa de un yate fascinante. Tu deuda no tiene fin, nunca lo tendrá. El tocomocho es de tal envergadura que no merece la pena ni comentarlo. Has sido víctima de un complot interplanetario para ser pasto de las llamas que ceban este sistema económico tan fino y sutil que te deja en pelota sin darte cuenta. Sigue durmiendo.
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