lunes, 28 de abril de 2014
aquel testaferro
Aquel testaferro cobraba un sobresueldo de dudosas donaciones anónimas. La concesión del contrato público se contrajo con dudosas financiaciones, en condiciones un tanto opacas y se encontraron cuentas en Suiza sospechosas. Por lo demás era un caballero como la copa de un pino, elegante, distinguido, seguro de sí mismo y un prestidigitador de las palabras. Su tono de voz potente y clara. Un galán de los negocios y un reputadísimo bróker. Cuando el juez le llamó a declarar, no se le movió un pelo. Acudió al juzgado escoltado por cuatro gorilas que le sacaban una cabeza y por un maletín de cuero negro. Los gorilas le aclararon el paso cuando subía por las escaleras de la Audiencia Nacional, y ganó la puerta con rapidez y prestancia antes de que los numerosos periodistas que brujuleaban por las inmediaciones pudieran sacarle ni tan siquiera una negativa a declarar. Este entuerto lejos de perjudicarle le servía de trampolín, de lanzadera en el esperpento empresarial de este país. Ahora lo tenía todo. Ahora ya podía enviar su currículo donde le viniera en gana, pues el hecho de estar imputado en esta famosísima trama de corrupción le otorgaba un plus que antes no tenía. Se sabía importante. Que hablen mal o bien de ti es indiferente, lo importante es que hablen. Con una fianza más o menos pagable este gentleman del barro bussines había comprado su futuro en el lodazal patrio. Ahora se le rifarían en todos los consejos de administración. Ahora sería invitado a cuantas convenciones y reuniones de gerifaltes se propusiese. Había entrado en el Olimpo de la gloria neocon y no pensaba salir a no ser con los pies por delante.
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