lunes, 28 de abril de 2014

Verbigracia y pantomima

Verbigracia y pantomima. Estimulados por las cámaras de televisión nuestros politicastros, actores menores, papanatas sonrojantes, se rodean de una cohorte de palmeros muy tontos acostumbrados a reír las gracias ajenas sin apenas cambiar el gesto de una gracia a otra. Tienen el semblante rígido en ese rictus sonriente que no desborran mientras permanecen en el radio de acción del actuante de turno. Es otro síntoma más del escaso bagaje intelectual de los nativos. Otra muestra más del poco empaque y las cortas miras de los absurdos seres que habitan esta piel de toro que llamamos España. Acostumbrados al palo y la zanahoria, a rendir pleitesía a los señoritos de turno, criados entre genuflexiones y miedos, entre servidumbres y complejos, los españolitos medios solo sacan el genio y la rasmia cuando ven un partido de futbol o se montan en un coche. Lo normal es ceder, aguantar, arrastrarse como culebras y hacer la pelota al superior como una prolongación genética de nuestro acerbo cultural. Por dentro estaremos cagándonos en lo más alto, pero de cara al señorito, al político, al poderosillo de marras nos mostramos como unos gilipollas, cediéndoles el paso, arrugando la gorrilla y mostrándonos sumisos y dispuestos, disponibles y serviles, sonrientes y bobalicones. Lo que usted mande, faltaría más, a sus pies. Y sonriendo. Por dentro la fiebre, el dolor, la calamidad, la humillación. Todo con mucha entereza, con mansedumbre enfermiza. Vivan las  cadenas. Al lado de nuestros dueños, entregados a ellos. Alimentamos la úlcera, cebamos de tensión nuestro sistema nervioso y paseamos nuestra miseria con vergüenza y con la mirada perdida. No explotaremos porque somos eso, esclavos amaestrados, perros falderos, acostumbrados a obedecer, a asumir, a doblar la cerviz ante cualquier advenedizo con corbata, ante cualquier mindundi que apunte alto, ante cualquier pelagatos bien situado. Cuanto más burdo y grueso sea el trazo humano que dibujan nuestros próceres, más agachamos la cabeza ante su presencia. Cuanto más tonto el de arriba, la sonrisa es más pronunciada, la proporcionalidad no falla. De un país de mansedumbres y abnegaciones no se puede esperar mucho más. Las penas son humillaciones que llevamos con entereza, son cruces que nos tocan. Domados en la obediencia sin preguntar. Asumimos las jerarquías impuestas sin cuestionarlas, nos dejamos apalear y agachamos las orejas sin mostrar queja alguna, sin plantear justa batalla. Nuestros gobernantes están acorde con la idiosincrasia patria, esto es seres torvos, pringosos, falsos, mediocres, pusilánimes y vendidos; seres egoístas, pacatos, nulos, tullidos mentales, absurdos y papanatas. De un país que ya no es, solo esperar que el hedor no nos nuble la vista aun más, que la vergüenza ajena no nos anule del todo.

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