lunes, 28 de abril de 2014
no te apoyes en la barra del bar
No te apoyes en la barra del bar para comentarme lo mal que está todo. No pretendas enajenarte del cataclismo humano que nos envuelve. No lo mires desde la lejanía, ni lo trates como un asunto externo, como un problema de otros. No banalices sobre el dolor de la población por el hecho de que tu plato siempre se sirva caliente. Hemos llegado al borde, la gota que colmó el vaso ya se secó sobre la mesa. Las palabras se las lleva el viento, pero la bala que estoy a punto de adjudicar no se la lleva ni el viento ni la lluvia. Hemos traspasado la frontera, hemos llegado al destino que nos determina. Esas realidades tan horripilantes que veíamos en la pantalla de televisión ahora se ruedan en vivo y en directo a la puerta de esta taberna que nos alberga. Podemos seguir mirando el techo y silbar, pero el hollín probablemente nos nuble la vista. Hablar ajenos, lejanos de una realidad tan agreste y terrible que no nos parezca nuestra, pero lo es. Cuando te pones serio y hablas de estas cosas como tuyas, hay gente que te mira raro, te consideran un descreído o un lunático, un tremendista y un apocalíptico, un amargado y un rojo loco. La terraza del bar está llena y la gente bebe cervezas y ríe…por qué preocuparse? Los políticos nos miran a los plebeyos como si fuésemos una película que pasa ante ellos, distante, efímera. No somos sino una ficción en su pantalla, ellos la ven, ríen o lloran, o se aburren o se emocionan…pero luego apagan la tele y se olvidan. Aparentan implicarse en la vida de las personas, nos regalan los oídos con sus comprensiones y sus expresiones de complicidad, sus humildes discursos, empatizando con el populacho, haciéndonos ver que sienten preocupación y sus gestos compungidos y afectados parecen creíbles, pero son falsos, falaces, lagrimas de cocodrilo, mentiras. Apagan la pantalla, se olvidan de la película, piden un chuletón poco hecho y a otra cosa mariposa.
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