lunes, 28 de abril de 2014
he visto la lucha de clases
He visto la lucha de clases sumida en el oprobio. Vilipendiada y denostada por la caterva de mandamases que nos ajustan el paso y nos niegan el pan y la sal. Su paz es nuestra guerra y cuando la ponemos en práctica se nos acusa de violentos. No cabe más desatino. El calvario que se avecina tiene que ser tratado en profundidad y ver todas las vías de agua y todos los resquicios por donde se le pueda meter mano. Sin volvernos locos. Los cafres con corbata que gobiernan los designios del mundo nos quieren enfurecidos y con la mirada inyectada en sangre para tener una coartada, un chance para criminalizar los actos de rebelión. No hay que dar pistas. El silencio será nuestra bandera. La sonrisa nuestra arma diabólica. Pero eso sí…en la sombra, en la retaguardia permanecer serenos, con el pulso contenido y la determinación de los samuráis para sabernos uno y que en el momento preciso, en el lugar exacto asestar el golpe definitivo, sencillo y cabal. Sin altibajos, sin necesidad de gritos, sin precisar actitudes violentas, tan solo unidireccionalmente, con mesura e inteligencia. Puede bastar un sencillo gesto, un guiño de sensatez universal, a saber, algo nuevo y todavía no conocido y sin embargo efectivo. Cuando ellos ordenen una dirección, pues dirigirnos en la contraria. Puede ser desobediencia civil, pero a lo bestia. Ahora parece lejano, algo intangible, algo quimérico y utópico, ahora. Mañana será otro día.
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