lunes, 28 de abril de 2014

sociedades secretas

Sociedades secretas, oscuras camarillas de poderosos, los Illuminati, los dueños, miembros del Club Bilderberg, los que diseñan, los que se erigen en dioses del planeta; desde sus covachas, desde sus guaridas pergeñan y vaticinan. Después de la segunda guerra mundial el orden planetario quedó a sus pies, ellos se reunieron alrededor de la gran maqueta que es el mundo, cambiaron piezas, moldearon sus estructuras y nos hicieron un planing para el futuro. En ese plan maquiavélico optaron por la sumisión de la especie, por la sutileza brusca. El poder cuando es tan desmedido se vuelve loco. Se sale de la órbita terrestre y para barnizar tanta omnipresencia se otorgan una categoría divina. Así trascienden de la pura economía y empiezan a barruntar en disciplinas más etéreas, más espirituales. Ganar dinero aburre, y es necesario tocar el cielo aunque sea un poquito para que esa fortuna luzca. Igual que los Césares se alzaban sobre su población tocados con una gracia divina, estos sátrapas de nuevo cuño lo hacen a partir de dogmas de fe, o trallazos de divinidad. Cabalgan entre la masonería o la divinidad, entre lo omnímodo y lo esotérico, visten su poder desmedido con un halo de misterio y predestinación. Tanto jacuzzi, tanto yate, tanta mansión por si solos acaban por denostar a la especie, hay que arropar el lujo con la trascendencia. Sociedades secretas, sofisticadas asociaciones de canallas, de cínicos malvados. La ciencia a su disposición, las energías a sus pies, la especie bajo su designio, bajo su palio. La crisis es eso. Tiraron los dados un día de lluvia, mohínos y aburridos. Salió un número impar y decidieron que eso significaba cambiar el orden planetario. Decidieron que había que apretar un poco más todas las tuercas. Y no solo decidieron eso, también decidieron que había que crear un soma para la población, para tenerla dormida y sumisa, amedrentada y humillada, y que en el éxito de esa operación se cimentaría el poder futuro. Cada poco tiempo estos iluminados se reúnen; son banqueros, la alta aristocracia, la flor y nata de la alta sociedad, están los que parten el bacalao y casi siempre salen muy contentos de sus logros. Dominan los medios de comunicación, dominan las finanzas mundiales, los flujos de capital, generan opinión; del blanco al negro tienen todos los colores de la paleta a su disposición, para pintar el mundo a su antojo. Son pocos, bien organizados, muy poderosos.
Sueño con lo mismo. Sueño con una sociedad secreta, que curioso. Una sociedad secreta distinta. Sería chulo imaginar que paralelamente a esta supernova organizativa existiese otra. Otra sociedad, hecha para nosotros los pobres, para las mayorías, un club de justos, una sociedad tan secreta que fuese invisible, pero efectiva. Una sociedad que actuase en la sombra. Justicieros silenciosos. Un día aparece un banquero muerto con un letrero colgado del cuello que le explique las causas de su muerte. Otro día, a los pocos días, un aristócrata belga es el ajusticiado en un luxury resort de la costa azul, dos días después un coche bomba explota llevándose por delante a dos gerifaltes del FMI…y no aparece el asesino. La policía se vuelve loca, no hay indicios. Más muertes en los días siguientes, más notas anónimas, más oscurantismo. Somos tantos, tan silenciosos, tan anónimos, y con tanta sed de justicia. Una sociedad que no se reúne, que no habla en público, una sociedad que solo está en las conciencias de millones, entre esos millones hay francotiradores desilusionados, artificieros despedidos, informáticos en paro, un montón de gentes que a modo de telequinesia empática nos aúna y protege. Pronto las élites empiezan a temblar y todos sus planes empiezan a cambiar. ¿A que sería chulo?

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