martes, 23 de agosto de 2011
magdalena está llorando
Magdalena está llorando, lo ha hecho toda la noche, y ahora cuando el sol no se ve pero su luz se atisba, sigue llorando. Tiene los ojos cansados, tristes, están brillantes pero sin chispa, los tiene enrojecidos de tanta lágrima. Está sentada sobre la silla de enea de la cocina, mirando por la ventana sin ver nada, con las manos sobre el regazo entrelazadas y blandas. Ayer no cenó nada y no tiene pinta de que vaya a desayunar mucho. Su rostro está blanquecino. Magdalena está despeinada, mechones le caen por la frente desaliñados, pero ella no se da cuenta de nada. Está sola en casa. Magdalena espera que suene el teléfono, pero este no da señales, espera sentada en la silla de enea. Ahora no llora, se ha quedado como una estatua, sin moverse, mirando por la ventana sin gesto, con la mente en blanco, por eso no llora, está destrozada pero no tiene fuerza ni para ir al baño. A Magdalena la vida le ha tratado mal, y para colmo de males, lo de anoche. Hace muchos años hubo muchas noches como esta pasada, y como entonces, ahora llora. Hacía mucho tiempo que Magdalena no lloraba por las noches, ya tenía el día entero para agotar las lágrimas. Magdalena una vez estuvo enamorada, tan enamorada que se casó, pero de eso hace muchísimo tiempo. Estaba tan enamorada que tampoco era consciente, estaba tan llena de amor que no se daba cuenta que no era real. Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde, ya solo lloraba. Lloraba por el amor perdido, lloraba por el sufrimiento que ese fallido amor le infringía, lloraba por si misma, por que su sensibilidad le ponía en situación de llorar más que en situación de reír. Magdalena lloraba viendo la televisión, lloraba si una vecina le contaba cualquier desgracia, por nimia que fuere, por insignificante que fuese comparado con la propia. Ella siempre estaba dispuesta al llanto, perfectamente entrenada en el dolor, en el flagelo diario de la vida. Por culpa de un marido que no le quería, por culpa de un hijo díscolo que no gobernaba, por culpa de su madre maltratada, por culpa de una pobreza caprichosa que se cebó en su desgracia. Desde joven su hábito al llanto fue una constante. Su padre generaba tanto dolor a su alrededor que conseguía que su madre, ella y su hermana llorasen a la vez, y esto lo lograba con frecuencia. Lo que más ha hecho Magdalena en esta vida ha sido llorar. Casi todos los días llora, es más, casi todos los días llora varias veces y con muchas ganas. Magdalena nunca a trabajado, Magdalena siempre fue un ama de casa. Magdalena no tiene amigas, ni amigos. Conoce gente, pero apenas cruza unas palabras con ellas, ella siempre huidiza y timorata pasa a hurtadillas entre el gentío. Entra en la panadería o en el supermercado haciendo muy poquito ruido, dando pasos muy cortitos y ligeros, con la cabeza inclinada, con las manos recogidas sobre su cuerpo, aferrando siempre el mismo bolso. Viste oscuro, no necesariamente negro, pero casi. Magdalena es triste, y da igual que llueva como que haga un sol espléndido. Ahora parece que se está quedando transpuesta, sentada en la silla de enea, la cabeza va agachándose y clavando la barbilla sobre el pecho, el sueño le vence, pero en ese preciso instante suena el teléfono, al principio Magdalena no reacciona, es al tercer timbrazo cuando Magdalena se incorpora con dificultad y descuelga el auricular, con apenas un susurro pregunta “quien es”, a continuación Magdalena escucha con atención lo que dice el auricular al otro lado de la línea. “mama, lo siento, tienes que ayudarme, estoy en la comisaría”, y Magdalena no llora, pero su gesto es elocuente, está como despistada, con la mirada perdida en la ventana de la cocina, no se atreve a preguntar nada al respecto, tan solo aclara cuestiones técnicas: “que hago, estas bien, donde voy”. Magdalena apunta una dirección y un teléfono. Muy despacito cuelga el teléfono y sin mayor prisa se dirige a su habitación. Descuelga la falda gris, la camisa negra, la chaqueta azul marino y lentamente se las pone. No se pinta, tan solo se peina un poco y se lava la cara con agua fría sin jabón. Después coge el bolso, comprueba que lleva las llaves y el monedero con suficiente dinero y con el abono transporte y sin mayor dilación sale por la puerta muy despacio pero sin detenerse un instante.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario