martes, 23 de agosto de 2011

el reflejo del sol arde por las costuras del alba

El reflejo del sol arde por las costuras del alba, de momento no es mas tibio que la taza de café que me estoy tomando sentado a la mesa de la cocina, mirando por la ventana con la indolencia de quien no tiene prisa alguna y la soñera que produce esa luz horizontal tan temprana. Al abrir la ventana el frescor de la mañana me baña el rostro y lo despeja y un silencio que se oye de tan puro y nítido como es. Contemplo mi nuevo hogar y el relajo lo siento vivo dentro de mí, noto como mi respiración es pausada y tranquila, como mis movimientos son suaves y acompasados, noto la paz en las entrañas y cierro los ojos para sentirlo más profundamente. Todo el verde del valle se refleja en mis pupilas, y si alzo la mirada son las montañas las que estimulan mi mirada. Respiro profundamente consciente de que el oxígeno que inhalo es tan limpio y tan puro como mi alma en estos momentos. Me dispongo a meditar.
    Mañana bajaré al pueblo y haré las fotos necesarias. También compraré todo lo que necesito. Aprovecharé para llamar por teléfono, en la Borda no hay cobertura. Supongo que Esther vendrá la semana que viene.
    La Borda es enorme. Son dos alturas, pero dispone de una bodega inmensa que huele a húmedo y que tiene un acceso secreto debajo de la escalera que sube a la planta alta. La entrada es espaciosa, un distribuidor de unos 40 metros cuadrados con tres puertas y la escalera que sube a la planta alta. Una puerta, la de la derecha según entras accede a la cocina. La puerta del medio es un baño austero pero muy grande. La puerta de la izquierda nos lleva a una sala cuadrada llena de ventanas, con una mesa de roble en el centro para una veintena de comensales, unos sillones y butacones bajo los ventanales, una chimenea de buen tamaño. A lo largo de la estancia hay más sillas y algún mueble antiguo en la pared frente a las ventanas. También hay otras dos puertas en el extremo opuesto por donde se entra. Una es una habitación con dos camas y un armario, con un ventanuco en la parte alta y la otra habitación es una especie de trastero-almacén que ahora solo tiene unas estanterías robustas y vacías.
    Si subimos a la planta de arriba encontramos un pasillo bastante ancho que termina en una cristalera que cubre todo el ancho del pasillo y de unos dos metros de alta. A ambos lados del pasillo hay puertas, tres en la parte derecha y dos en la izquierda. Las dos puertas de la izquierda son sendos baños y a la derecha tres dormitorios iguales, dos con camas dobles y una tercera con una cama de matrimonio. Los dormitorios están comunicados por un balcón corrido por el exterior.
    Ahora me encuentro en la cocina, sentado en una silla de enea, mirando por la ventana. La cocina dispone de una alacena altísima llena de vajilla de loza, una cocina económica y una nevera descomunal. Un banco corrido esquinero flanqueado por una estufa de leña de hierro fundido bastante antigua, pero con pinta de eficiente. Los techos de toda la casa son altísimos, de casi cuatro metros, tanto en la planta baja como en la primera. La bodega sin embargo tiene los techos de dos metros escasos de altura.
    La Borda dispone de un terreno que la rodea de unos dos mil metros cuadrados, también dispone de un pajar diáfano de unos 100 metros cuadrados y al menos 5 de altura que sirve de leñera y garaje entre otras utilidades. El resto del terreno en cuesta es una enorme pradera con arbolado en las lindes. Desde mi ventana de la cocina veo al menos un nogal y dos robles centenarios, algún avellano y una decena de árboles que de momento no identifico. Toda la finca se encuentra vallada y el acceso es a través de una puerta de hierro. El camino que llega hasta aquí viene del pueblo que se encuentra a seis kilómetros, todos ellos cuesta abajo. A unos tres kilómetros se encuentra otra Borda, mas grande si cabe, pero después de la mía  el camino se torna sendero y ya no hay más que alguna palloza abandonada que sirve de refugio a los pastores de la zona o de refugio provisional para algún montañero si le sorprende la lluvia o la noche.

    El sol ya sube y el calor con él. Termina mayo y con él el frío. Todavía se ve nieve en las cumbres. Hago pereza para deshacer la maleta, desde anoche que llegué sigue en el mismo lugar, encima de un sillón en el dormitorio que elegí para mí. Cuando venga Esther haremos la instalación definitiva. Todavía quedan seis días para su llegada. Decido pasear por el terreno de la Borda, y lo hago despacio, respirando hondo, sabiéndome dueño de este pequeño reducto de paz, verde y fresco como clorofila. El Land Rover lo tengo aparcado en medio del terreno, toco las llaves en el fondo de mi bolsillo derecho y sin saber por que entro en el y lo arranco, voy a estacionarlo dentro del pajar, prefiero que no se vea, que su presencia no enturbie el paisaje. Al salir del vehículo me quedo unos instantes dentro del pajar, quieto, con las manos enlazadas en la espalda y mirando en rededor todo el habitáculo por ver si algo me sorprende, no es el caso, todo es diáfano, no hay nada, tan solo unos tablones acumulados en un rincón y media docena de bidones metálicos vacíos. El aire que se respira está cargado de humedad, por lo que opto por dejar el portón abierto a fin de que se ventile la estancia. Salgo al exterior a continuar mi paseo por los alrededores de la Borda. El sol empieza a significarse y a calentar, ahora sí, con intensidad. Para ser mayo hace demasiado calor, y eso que es temprano, hoy será un día caluroso.     

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