Bombas de nata, descuidos oscuros, patética danza que sufre en las sombras
Anatema profundo y dicho mil veces que cala, traspasa y atonta hasta el dolor
Siento la basca que me sube, el estertor duro en la boca del estómago, la falacia.
Alguien salvó la patria y la dejó podrirse, alguien quiso y no pudo más...
Y sin embargo el dolor y la angustia decoran mi futuro tenebroso y lleno de pus
Por eso la cama esta llena de ti, pero a pesar de todo ya no duermo en ella
Por eso lloro y miro con desdén lo que fue, para morir en mi presente sin más
Por ello digo lo que veo, lo que nunca disloca la furia de las verdades profundas
Entro y salgo de mi ataraxia, de mi estilo sinuoso y ciclotímico dejando para mañana el hoy...y es por eso que nunca naufragaré en el presente, pues para mi no tiene agua. Y aun así sigo luchando sin saber muy bien por que, sin llegar nunca a tener más que lo inmediato, suficiente para soportar la trampa.
Ahora todo está dicho, todo esta por hacer pero nada se podrá decir si no es distinto de lo dicho. Y este invierno atroz que nos encoge, que nos anula, nos deja sin baza, sin posibilidad, sin destino cierto. Aun así medramos y asomamos la gaita para que un hilo de aire nos saque del frío infinito. Sobrevivimos por decreto, por instinto, por temor al dolor de la muerte, pero no podemos relajar el presente pues nos resulta imposible camuflarnos ante tanto dolor, ante tanta penumbra. Deberíamos tener mas rasmia, mas tesón, mas pujanza para abatir esta vida, plantarle cara a la adversidad, al grave problema de la subsistencia mínima, a la necesidad cubierta, salir de la zozobra y la desazón que produce la incertidumbre de un futuro incierto, inseguro y fluctuante.
Alguien pulsó la alarma, alguien nos puso en alerta, alguna fuerza nos puso en movimiento ante el panorama inestable, ante el suelo movedizo, pero sin embargo no teníamos criterios, nos faltaban las instrucciones para flotar ante tanta dificultad. Los medios de comunicación nos alertaban día sí, día también de la tormenta que se cernía, de la avalancha de deudas y oprobios que nos rodeaba. Todo se tambaleaba bajo nuestros pies, el orden establecido no hacía pie en el lodazal económico y social. Las culturas chocaban y daban parte de siniestro total. Todos los días se rompía la cuerda, se partía la baraja, se llenaban las fosas de inocentes. Religiones por doquier cada vez más radicales, mas intransigentes. Tonos hostiles, palabras gruesas, violencia cotidiana, veneno para desayunar, hiel par comer, sangre para cenar y un carácter cada vez más duro, más rancio. Angustia, cuesta abajo sin remedio, carencias básicas y un color gris que lo llenaba todo. Alguna vez hace mucho tiempo todo era distinto, y era esa diferencia, llena de monotonía, de exceso de nada, de ausencia de todo, donde la vida pasaba sin pulso, pero pasaba sin hambre, sin sed, pasaba suave sobre todos nosotros, nos conformamos con permanecer, nos acomodamos en nuestra cotidianidad, en nuestra vida diaria, normalizada, sin aspavientos, sin tumultos, sin altibajos. Aquella falta de gimnasia vital, aquel estado de tumefacción, de permanencia estéril, de línea rectas, sin aristas, sin cambio fue lo que nos dispuso para el terremoto posterior. De la inacción absoluta pasamos a la confusión cierta, al caos impredecible, al abismo que empezaba a cernirse sobre la humanidad. Un huracán pasó y nadie supo preverlo, nadie supo asumirlo, nadie dispuso un antídoto, una vacuna para tanta debacle. El clima se reveló en extremos, las lluvias pertinaces, violentas y destructoras; los vientos atroces, devastadores e impredecibles. Volcanes, tsunamis, terremotos, sequías...hostilidad sin más. Revueltas sociales, crisis, violencia gratuita, aberraciones, abyecciones humanas, crueldades, enfermedades, desastres. Todos los días desayunábamos con muertos, a veces se escuchaban las bombas estallar a lo lejos, las columnas de humo se cernían sobre todo, tapaban el escaso sol, hundido en el cielo contaminado y profanado. Poca luz, escasa agua, inexistente gas. Trabajo precario. Hambre y desolación. Y recordábamos el ayer lleno de todo pero a la vez flojo, vimos como la abundancia pasada se transformaba en escasez perpetua. Como nos íbamos endureciendo y arrugando los rostros, como mutábamos en alimañas y ante nuestros ojos todo se venía abajo. Al principio llorábamos y rabiábamos, odiábamos y nos revelábamos ante la injusticia, ante la adversidad. Pero poco a poco, y no tan poco a poco nos fuimos endureciendo, nos curtimos en el dolor y nos hicimos inmutables a la barbaridad, a las sombras siniestras, a la tristeza absoluta, a la miseria sin piedad. Lodo y gris. O negro sobre todas las cosas. Un día entierras a tu hijo y te sorprendes sin lágrimas, con el rostro impávido, alelado, hierático ante ese cadáver que es parte de ti, pero tu ya no sientes, ni padeces, ni te inmutas ante nada; llevas mucho tiempo ¿cuánto? Años quizá. Pasando hambre, tosiendo todo el día, ido, ya no eres tú, ni te reconoces cuando te ves delante de un espejo. Vagas por los caminos como un zombie, como un cadáver andante, esperando el final con anhelo, y envidiando a los que ya no están para sufrir. Todo es hostil, todo es cieno y ceniza y polvo y barro, y tu en medio, mordisqueando la raíz de una de las últimas plantas que quedan, hechizado por la escasez, mutilado por la debacle que nos rodea.
Estalló una bomba en la colina. Estallaron tantas en aquellos días que ya ni te sorprendía, ni te inmutabas ante la lluvia de escombros, tan solo buscabas instintivamente refugio ante la tormenta de cascotes, pero a continuación del chaparrón volvías al raso, serio e inexpresivo como si nada, y seguíamos caminando sin rumbo, seguíamos dando tumbos por las calles desiertas de vida, entre los cascotes y el polvo, entre hierros retorcidos y grises, lívidos y mortecinamente vivos. Cada vez pensábamos menos. Llega un momento en que tanta miseria, tanto dolor, tanta angustia te vacuna contra la reflexión. Te animalizas a marchas forzadas, te vuelves rudo y fiero, te dejas llevar por un tiempo que ya ni te pertenece, ni te sirve, te dejas llevar por esta vida cruel y patética. Te miras al espejo pero no reconoces a nadie, te observas sin risa, sin llanto, sin gesto, absurdamente plantado delante del espejo, lleno de nada, vacío de todo. Eterno duermevela el del hambre pertinaz y severo. Angustiosa calma esta del silencio mortecino y gris que se sucede al rugir del cataclismo, al fragor del fin del mundo.
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