Es andrajo, es despojo, estropicio y desperdicio, es la musa de mis ojos, el recuerdo del olvido. Por las costuras del aire, anda el viento revolcando, donde no llegan razones, llega temprano el martillo, golpeando sinrazones, vareando sinsentidos. Nos creíamos entrenados, dispuestos al humanismo, y sin embargo nos vemos lavando trapos marchitos. Después de siglos y siglos, puliendo nuestros caminos, nos vemos desperdiciados, arrumbados en el olvido. Todo es mísero y certero, todo es lupanar de ruido, de patrañas destrozadas, de gentes sin abrigo, expuestos a las tormentas, al vendaval de latrocinios, barrabasadas tendidas se muestran sin desperdicio, nos dejan las manos secas, el corazón baldío, todo mugre, todo roña, ensuciado y sin sentido. Depresivos y amarillos, llorando casi convictos, todo el rato en la miseria, todo el rato en el olvido.
Este mundo en que me encuentro, hipócrita, ruin y convicto, pone la cara amable pero el resto es desatino, no hay lugar más detestable que el sitio de los vencidos, el paraíso perdido, la decepción execrable, el amuleto marchito. Alguna vez lo soñaste, un territorio más limpio, donde las gentes sean nobles, mandados por el destino, a terrenos respirables para mujeres y niños, conviviendo en armonía seres humanos y bichos, respetando lo heredado, tomando pulso al camino, andándolo sin pisarlo, pasando sin hacer ruido, sin humillar los valores, mejorando lo vivido, hacer de la casa hogar, del hogar un compromiso, razonable, humanitario, justo y casi un hechizo. Necesitamos cambiarnos, sentirnos más aludidos, apremiados por el tiempo, trabajar por ser más dignos y dejar como legado la esencia del humanismo.
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