Engolfado en la molicie, arrumbado en un rincón de la barra, ensimismado en mis adentros, aferrado al vaso prácticamente vacío, con el cigarro humeante sujeto apenas por la punta de un dedo índice amarillento y un pulgar negro de carbonilla, esperaba la nada, que el tiempo tedioso y perpetuo se inmolase ante mis ojos y me ofreciese un chance, un escape a tanto gris abotargado. Miraba a través del ventanal del bar la calle repleta de vacío, tan solo de vez en cuando se veía pasar una sombra corriendo, abrigada hasta las cejas y pertrechada para el atroz invierno que sumía en duermevela el instante presente. Repasaba por enésima vez el diario intentando buscar algo que me sacase de la abulia primigenia que me inundaba. La tarde caía a plomo en la fría y gris ciudad y mis ojos solidarios con la tarde emulaban el ocaso, las letras bailaban en mis pupilas cansadas de no hacer nada y sin pensarlo solicité al camarero que rellenase el vacío existencial de mi vaso. Con la cara de inexpresión más absoluta, escanció una generosa ráfaga de whisky sobre los tres hielos del vaso, y sin pronunciar una sola palabra se encaminó hacia la otra esquina de la barra para apurar el cigarro que tenía depositado en la parte baja e interior de la barra. Con un gesto mecánico cambió el canal de televisión a la vez que miraba el reloj. Un anuncio de lavadoras fijó nuestra atención solo un instante, y a continuación se afanó en repasar con un paño unos vasos que tenía a su alcance y yo miré mi futuro a través del vidrio del vaso lleno esta vez de whisky. Fue como un fogonazo, solo un instante, si tuviese que reproducir la escena que se produjo a continuación no sabría con exactitud que fue lo que pasó exactamente, si fue la chica la que entró primero en el bar o si fue la mujer mas mayor y gorda, no sabría decir si fue la chica la que se dirigió al camarero o si fue la mujer gorda, tampoco sabría decir lo que pidieron, ni la ropa que llevaban, si recuerdo que la chica llevaba unos pantalones muy ajustados, no se si de tergal o vaqueros o de pana, eran muy ajustados eso si lo recuerdo, así como que las nalgas se le marcaban ostensiblemente y auguraban una perfección de molde. Pero fue un instante, después me desentendí de ellas y me refugié en mi vaso y el periódico, y cuando oí el estruendo no acertaba a saber que pasó. Solo se que el camarero cayó a plomo sobre la barra, de bruces, como si una fuerza lo arrastrase, como si alguien desde fuera de la barra intentase sacarlo de su cubil. La mujer gorda empezó a gritar y a mascullar, pero fue la chica joven la que golpeó con la botella de coca cola vacía que había sobre el mostrador, rompió la botella en la cabeza del camarero que ya de por si se encontraba aturdido abrazado de bruces a la barra. Después del botellazo, hubo un instante, un segundo apenas de silencio antes de que el camarero acabase por deslizarse hacia el interior de la barra y cayese sobre el suelo interior de ésta. Apenas un gemido tímido se escuchaba, apenas un lamento tenue, un susurro de favor, una súplica en voz baja. Yo me quedé quieto, valorando la situación. Por un lado las dos mujeres acechantes y amenazantes, por otra parte el camarero herido probablemente de gravedad después de la brutal agresión. Fue la mujer joven la que me sacó de dudas al dirigirse a mi con la botella de coca cola en la mano y sugerirme silencio y que me fuera olvidando lo que acababa de presenciar. Le dije que no había pagado las consumiciones, pero ella me dijo que me invitaba y que me fuese cagando leches. Quería irme pero estaba petrificado, las piernas me temblaban y era incapaz de articular movimiento alguno, hasta que la chica joven golpeó con fuerza la botella ya rota sobre el mostrador, haciendo añicos el vidrio y espantándome definitivamente. Me puse en pie, cogí el abrigo del respaldo de mi taburete y sin ponerme la prenda, me dirigí hacia la puerta. De soslayo pude ver como la mujer joven sangraba en su mano derecha y como la mujer mayor me apremiaba para que abandonase el local mientras me gritaba que no había visto nada, que me olvidase de lo que acababa de ver y que no se me ocurriera llamar a la policía ni alertar de lo sucedido. Obediente y cobardica como soy, hice caso, anduve sin ton ni son la calle adelante sin rumbo fijo, con el paso apremiante, ligero, de vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás, pero más por ver si alguna de las mujeres me seguía, que por interés en el devenir de la truculenta aventura que acababa de presenciar. Conforme avanzaba a lo largo de la calle me fui tranquilizando, y poco a poco fui pausando el paso hasta llegar el punto de detenerme junto a una cerería, donde me entretuve viendo los modelos de hábitos, los tipos de velas y cirios, las estampitas y los diversos ropajes con sus colores característicos, bien de carmelitas (marrones) o nazarenos (morados), etc. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Sería un atraco o un ajuste de cuentas? ¿Serían la mujer y la hija?...Zozobrando en mis dudas, la mente me galopaba. Para ser un atraco, las dos mujeres llevaban un atuendo un tanto inapropiado, se presentaron desarmadas, con el rostro descubierto y una dosis de excitación impropia de dos atracadoras experimentadas, más bien parecía un ajuste de cuentas, quizá madre e hija, o hermana y sobrina, yo que sabía, todo eran especulaciones. Cavilaba en los entresijos de la agresión con el abrigo enfundado hasta el cuello, ajeno al frío pertinaz y creciente que iba despoblando más si cabe las ya semidesiertas calles. Inopinadamente y como un autómata me fui dirigiendo con cautela hacia el bar profanado por esas dos hembras furibundas. Cuando atisbé el letrero luminoso de Cafetería Bar El Parral, me detuve en seco valorando la situación. Desde la distancia todo estaba en calma aparentemente, nada hacía pensar que lo que acababa de ocurrir hubiese sido descubierto. Cual policía secreta me fui aproximando con la respiración entrecortada, algo me atraía hacia ese lugar aunque algo muy dentro de mí me decía que estaba loco, que me estaba metiendo en la boca del lobo, que estaba corriendo un riesgo innecesario, que era una temeridad que un hombre de 58 años prejubilado, flojo e indefenso volviese al ojo del huracán buscando una aventura que me desasosegaba. Siempre fui muy cotilla, que le vamos a hacer, cobarde también, pero alcahuete como hijo de portero que era, mucho. Así que valoré la situación, y decidí hacer una pasada rápida por la acera, y echar un vistazo al interior del bar a través de la cristalera pintada. Pasé ufano y lisonjero, muy seguro de mí mismo y como si fuese un hombre de negocios imbuido en sus adentros profesionales, pasé por delante y miré dentro. Para mi sorpresa el camarero se encontraba atareado en la última actividad que le vi antes de sufrir la agresión, es decir repasando con un paño las copas de cristal. Me detuve en seco una vez pasada la cristalera y valoré la situación. No entiendo por que, probablemente por que no valoré lo suficiente la situación, o por que pudo la alcahuetería y el morbo más que la cobardía, el caso es que muy decidido volví a entrar en el local, tan solo 50 minutos después de haberlo abandonado con el abrigo bajo el brazo. Instintivamente me dirigí hacia una esquina de la barra, la esquina contraria a la que ocupé en mi anterior visita. El camarero me saludó con un mugido y un gesto leve con la cabeza, y enseguida comprobé las huellas de la agresión. Un ojo enrojecido que prometía futuros morados y una venda en el occipital. En cualquier caso, el hombre muy correcto me preguntó que deseaba como si nunca me hubiese visto antes, y como si nada hubiere pasado hacía poco menos de una hora. Pedí esta vez una manzanilla con limón que en silencio me fui tomando a pequeños sorbos mientras mi vista fotografiaba todo el local por si encontraba alguna pista o indicio de algo. Asombrosamente todo estaba impoluto, no quedaba ni rastro de vidrios rotos, ni nada que denotase desorden o presencia de un tumulto reciente, si cabe mayor limpieza y orden. Tan solo una botella de agua oxigenada aparecía sobre un estante en el interior del privado, expuesto a mi vista al dejarse la puerta entreabierta, normal, lo que no entiendo es como habría sido la secuencia de los acontecimientos en mi ausencia, como en poco menos de cincuenta minutos este hombre ya mayor, de no menos de 60 años habría podido sobreponerse al golpe que lo dobló sobre la barra del bar, y que ahora veía claramente que había sido propinado en la nariz, y al botellazo en la cabeza una vez abatido sobre la barra. Como en esos miserables pero intensos cincuenta minutos pudo volver en sí, como pudo limpiarlo todo, como pudo curarse y vendarse, ¿ o lo habría vendado alguien? Quizá las mismas dos mujeres que previamente lo atacaron, pudiera ser que reconociesen el exceso de su acción o que se diesen cuenta de un error, de una confusión. En cualquier caso este hombre debía de estar mal, dolor de cabeza al menos, y sin embargo se mostraba entero y sin signo de sufrimiento o dolor. Acababa de terminar de escurrir el sobrecillo de mi manzanilla contra la cucharilla cuando dos agentes municipales entraron en el local, saludaron muy cordialmente y desplegaron sobre la barra del bar el cartapacio con diversa documentación. Desde donde yo estaba apenas veía nada y escuchaba menos, lo cual me incomodaba. Por los gestos del camarero y la atención que prestaban los agentes parecía que les estuviese narrando el suceso de la agresión, pero tampoco lo puedo asegurar. Lo cierto es que después de no más de cinco minutos los agentes se despidieron del camarero y salieron por la puerta mas tiesos que un ajo. Yo ya no podía alargar más mi estancia en aquel lugar sin disimular mi intención de descubrir algo de aquel extraño suceso. Así pues pedí otra manzanilla con limón. Tanta manzanilla estaba hinchando mi vejiga que tuve que aliviar al tercer trago. El servicio era tan espartano como lo era el bar, limpio pero austero. Una ventanilla escueta y entreabierta en la parte superior del cubil servía de ventilación y lucernario. No se porque consideré necesario asomarme para ver si descubría algo. Así pues me subí sigilosamente a la tapa de la taza del inodoro y asomé como pude mi enjuto rostro al ventanuco. Un patio interior de reducidas dimensiones fue todo lo que pude intuir, nada sospechoso. Todo era gris y cutre como suelen ser estos reductos que no tienen otra misión que la de permitir el paso del aire y la luz. Limpié con un trozo de papel higiénico las huellas de mis pies, me adecenté delante del minúsculo espejo que había sobre el minúsculo lavabo y volví a salir al local para terminarme mi manzanilla. En ese preciso instante una pareja joven con aires de universitarios entró en el bar y pidió dos cañas y dos pinchos de tortilla. Nada me retenía en aquel lugar y sin embargo algo me decía que debía permanecer en el y vigilar lo que aconteciese. A pesar de este impulso a quedarme, pedí la cuenta (no me pareció oportuno recordarle los dos whiskies anteriores) y me fui. Cuando fue a darme el cambio de los cinco euros que deposité sobre el mostrador comprobé que su mano izquierda lucía un esparadrapo sobre el dorso. Salí del local cabilante y circunspecto y como un autómata fui caminando hacia mi casa. Nadie me esperaba, no tenía prisa, la luz mortecina del atardecer, el frío húmedo, la soledad de las calles y mi paso indolente encuadraban la escena. Ya en casa me fui a la cocina para prepararme una sencilla tortilla francesa que acompañada de tres rodajas de salami y dos taquitos de queso comprendían mi triste cena, solo alegrada por un humilde vaso de vino tinto. Una ya arrugada manzana previamente lavada fue el colofón de tan austera pitanza, que mordisqueé mientras veía el tedio televisivo de todas las noches. Me dormí como suelo hacer habitualmente delante del televisor, y me desperté desasosegado y nervioso en un punto indeterminado de la noche, presa de un intranquilo sueño que no se podría catalogar de pesadilla, tan solo de perturbador , donde el bar de marras era como una cárcel, el camarero un presidiario y yo un observador casual. No había mucho argumento en el sueño, no tenía ni pies ni cabeza, tan solo esa sensación de tensión, de desasosiego. Decidí irme a la cama sin mas, previamente pasé por el lavabo, me lavé los dientes, oriné largamente, sin duda debido a la sobredosis de manzanilla que consumí durante la tarde y me puse el pijama mientras escuchaba la radio. No sabía ni la hora que era, ni me molesté en mirarla, me tumbé bocaarriba y apagué la luz de la mesilla. Observando la tenue luz que entraba a través de la rendija de la persiana bajada, seguí pensando largamente en el episodio del bar, y en ese duermevela me fui poco a poco hacia los brazos de Morfeo.
Cuando desperté era todavía de noche. Desorientado como estaba, busqué el despertador, que desde que me prejubilé hice lo propio con él y lo mandé al asilo del cajón de mi mesilla, a tientas lo encontré, y después de dar la luz comprobé que eran las 6.35 horas. Muy pronto. Y para un prejubilado como yo más. En cualquier caso no tenía sueño, y enseguida el caso del bar el parral vino a mi memoria y decidí levantarme. Una ducha regeneradora servía de pistoletazo de salida a ese nuevo día que acababa de empezar para mí. Tras las abluciones matutinas un pantagruélico desayuno, desde que me prejubilé el desayuno había tomado un carácter preeminente en mi dieta, era sin duda la comida estrella y había ganado en cantidad y en calidad, ahora mermeladas, huevos duros, bacón, tostadas, aceite de oliva, etc...llenaban mi mesa por las mañanas, cuando antes de la prejubilación era un episodio frugal que acontecía la mayoría de las veces de pie frente a la encimera de la cocina de forma compulsiva. Aquella mañana en cualquier caso me sentí apremiado por el asunto del camarero agredido, me vi en la necesidad de proseguir las investigaciones o lo que fuera. Así que preparé una sencilla tostada con aceite y un café corto, ya me tomaría algo más en el bar. Como en mi época laboral, mastiqué deprisa, el último trago lo di de pie frente al fregadero, y deposité la taza en la pileta sin fregar, como en mi época laboral, ya tendría tiempo después de fregar el vaso y la cucharilla. Entre el gabán negro y la gabardina, opté por esta segunda prenda, pues me parecía más adecuada para la misión que me ocupaba. Para redondear mi atuendo me atavié con el sombrero de fieltro negro que me regalaron el día de mi jubilación mis compañeros y la bufanda a juego. Me miré un instante en el espejo y me sentí como un investigador privado de serie americana. Me sentía como dentro de un juego de roll, como viviendo una aventura. Bajé por las escaleras como de costumbre, jamás bajaba en ascensor, otra cosa era subir. El día era claro, despejado y limpio, pero frío como un carámbano, y me abroché un botón más de la gabardina, y enrosqué más si cabe el sombrero y la bufanda. Respiré hondo y me fui caminando de manera determinadísima hacia el bar el parral. Según me iba aproximando empecé a atisbar alguna complicación en el horizonte. La cristalera del bar no la veía me confundió la luz matutina. Pero ya antes de llegar vi que algo no encajaba. El bar se encontraba cerrado. El cierre metálico ocultaba la cristalera del local y por lo tanto la visión del interior del recinto. ¿ Sería su día de descanso? Quizá hubiese acudido al médico, no era de extrañar, después de semejante agresión. Un cartel pegado con celo sobre el mismo cierre solicitó mi atención. Me aproximé para poder leer y cuando averigüé la causa del cierre, el corazón me dio un vuelco. “ Cerrado por fallecimiento. Disculpen las molestias”. Fallecimiento. Cualquier otra razón me hubiese tranquilizado, pero fallecimiento me puso en alerta. ¿ Que podría hacer ahora? Olvidar el asunto hubiese sido lo más sensato, pero no podría olvidar el asunto así como así. Me crucé de brazos y con el dedo índice y pulgar de la mano izquierda comencé a atusarme la barbilla en una actitud muy detectivesca, sopesando la situación y las acciones a emprender. Una ojeada al reloj me informó de que eran las 8.05, la intensidad del tráfico había subido drásticamente y el ajetreo de gentes hacia sus trabajos también. Yo sin embargo permanecía parado, inmóvil delante del cierre del bar el parral. Justo enfrente vi una cafetería abierta, cafetería Nasville. Hacía frío y dudoso como estaba decidí entrar y quizá tomarme una manzanilla caliente que me asentase. El local estaba atestado de gente, el aroma a café y a bollería invitaba a su degustación, tres caballeros se levantaron al unísono y me dejaron un sitio estupendo al lado del ventanal que daba a la calle. Un lugar magnífico. Desde allí se veía perfectamente el cierre del bar el parral. Deposité mi gabardina sobre una silla y me dirigí hacia la barra. Un solícito camarero disfrazado de si mismo, con camisa blanca, chaleco negro y pajarita del mismo color, me atendió. Un carajillo de coñac y una palmera de chocolate, me salió sin pensarlo, olvidando por completo la manzanilla y mis problemas estomacales. Me invitó a que me sentase, pues las consumiciones me las llevaría a la mesa. Así que así hice. Me senté en mi silla, frente al ventanal, frente al cierre metálico del bar el parral. Pudiera ser que el fallecido fuese el camarero, pero también pudiera ser otro familiar, eso no lo especificaba el letrero pegado con celo sobre el cierre. Tampoco informaba de los días que iba a permanecer cerrado el bar. En fin que me encontraba dubitativo y confuso. La cafetería Nasville se fue vaciando progresivamente según se iban haciendo las 9.00 horas. Me pedí ahora si una manzanilla con limón para seguir cavilando y sopesando la situación, además el sitio era ideal para mi misión. Nuevamente empezó a entrar otra baraúnda de gente, sin duda los comerciantes que abrían a las 10.00 y que tenían por costumbre tomar un café o desayunar antes de abrir los cierres metálicos. Había un cierre que no se iba a abrir. El camarero solícito salió un momento para acopiar vajilla sucia de las mesas aledañas y repasar con una bayeta húmeda las mesas. Cuando llegó a mi mesa y sin pensarlo, le comenté:
- El bar el parral está cerrado por defunción ¿ sabe usted quien a fallecido?
- Quienes querrá usted decir. ¿ No se ha enterado? Lo han dicho por la radio y todo. Ha sido un accidente doméstico. Anoche hubo un incendio en el domicilio del señor Amadeo. La mujer y su suegra han fallecido por inhalación de humos. Amadeo está grave por lo visto. El cartel lo he puesto yo, dos municipales vinieron esta mañana para comunicarme lo ocurrido y para pedirme ese favor. Solo faltaba, les dije yo. Pobre hombre, se le va a caer el mundo encima, justo ahora que estaba a punto de jubilarse. Y lo de la suegra valla, es una desgracia pero no tanta, la mujer era muy mayor y estaba delicada. Pero la mujer, pobre Anita, con la ilusión que tenía de irse al pueblo cuando se jubilase su marido y cerrase el bar. Ahora ya está cerrado, y dudo que después de este palo vuelva a abrirse.
- Vaya, ayer mismo estuve en ese bar tomando una manzanilla como la que me estoy tomando ahora, de ahí mi curiosidad.
- Pues ya le digo, fatalidades del destino, por lo visto una vela prendió los visillos del comedor, pero en estos casos nunca se sabe, la policía está investigando.
Después de esta breve conversación, el solícito camarero siguió con su tarea bayeta en ristre en la mesa aledaña a la mía, daba gusto verle trabajar, una auténtica máquina.
A las 10.15 horas la cafetería estaba más o menos despejada, tan solo un ciudadano oriental se afanaba frente a una máquina recreativa intentando exprimirle todas las monedas que contuviese. Dos chicas jóvenes cuchicheaban acaloradamente algún tema privado que las tenía en vilo. Un abuelo en muy buen estado apuraba un café y un cigarro puro mientras miraba la pantalla del televisor. Un empleado de correos dejaba la correspondencia sobre el mostrador mientras bromeaba con el otro camarero alguna complicidad reciente. Eran las 10.15 y tenía todo el día por delante y el caso del bar el parral había dado un giro de ciento ochenta grados, pero por el momento no había mucho que rascar, tan solo esperar acontecimientos. De momento no podía hacer más que esperar y estar expectante a lo que fuese a ocurrir en el futuro, la cafetería Nasville me serviría para ir siguiendo los acontecimientos si es que los hubiera, en cualquier caso era muy pronto y todo estaba por descubrir. ¿Serían las dos mujeres que agredieron ayer al señor Amadeo su mujer y su suegra? No creo, la chica era demasiado joven para ser su mujer, y la mayor demasiado joven para ser su suegra ¿Tendría algo que ver el incendio con la agresión que sufrió el señor Amadeo el día anterior? Igual tendría que dar parte a las autoridades de la agresión que presencié en el bar el parral. Demasiadas conjeturas, demasiadas alternativas para un pobre prejubilado que llevaba demasiados años viviendo una vida monótona y sin altibajos. Salí a la calle confuso y sin rumbo. Era todavía pronto, la mañana aunque fría era despejada y soleada e invitaba al paseo. Paseando sin destino fui callejeando buscando el sol, e imbuido en mis pensamientos, en el señor Amadeo, en su mujer, en su suegra, en el incendio, en la agresión del día anterior. Caminaba deprisa, el aire fresco me espabilaba y me tonificaba, pensaba deprisa, me sentía bien y con ganas de continuar las pesquisas, de seguir indagando en la cuestión que me ocupaba. A media mañana el cansancio empezó a notarse. Entré en una papelería y compré un bloc de notas y un bolígrafo de punta fina. A continuación entré en otro bar. Bar el torrezno. Me dio confianza el nombre. Una caña y un montado de panceta con pimientos serían buena gasolina para repostar. El bar estaba prácticamente vacío. Solo un currante con un mono multicoloreado por manchas de pintura se afanaba delante de un bocadillo de palmo largo y una caña de vino tinto mientras miraba sin interés un programa de cotilleo en la televisión que enfrente suyo y en lo alto santificaba todo el local con su imagen y su sonido. Yo preferí sentarme en una mesa más alejada del tótem visual y más cerca del ventanal. Estar sentado cerca de una ventana siempre es más entretenido que enfrente de la televisión, visto lo visto, siempre hay más probabilidades de que veas algo interesante cerca de una ventana. El deambular de la gente acera arriba, acera abajo me permitía concentrarme. Devoré el montado y apuré la caña como si fuese el avituallamiento de un ciclista antes de abordar un puerto de primera categoría. Me pedí a continuación una manzanilla con limón, volví a sentarme en mi lugar con la manzanilla en ristre. A continuación saqué el bloc de notas y el flamante nuevo bolígrafo y anoté en la primera hoja: Día 6 de febrero de 2010. Bar el parral. Aproximadamente a las 17.00 horas. Agresión. Dos mujeres 18 horas: bar el parral de nuevo. Camarero con contusiones, se llama Amadeo. Herida en la cabeza y en el dorso de la mano izquierda. Dia 7 de febrero, 8.30 horas, aparece un letrero en el cierre del bar el parral comunicando el fallecimiento de algún familiar. Cafetería Nasville, un camarero solícito informa de un incendio en casa del señor Amadeo y el fallecimiento de su señora y su suegra. Cuantas cosas y en menos de 24 horas! Estaba molido, había caminado mucho, estaba aterido de frío, desganado, y tenía tantas cosas en la cabeza que se me aturullaba todo, no estaba yo acostumbrado a tanto trote, a tanto acontecimiento. Me fui a casa, y en taxi, a echarme la siesta o lo que tocara. Por si acaso le dije al taxista que pasase por la calle donde se ubicaba el bar el parral, y así de paso echaba un ojo. Pasamos sin pena ni gloria. El cierre seguía echado, la nota de cierre por defunción seguía colgada, eso si, despegada de una esquina por lo que se bamboleaba ante el hostil viento que empezaba a soplar. Me desentendí de todo. Dejé mi mente en blanco y me marché a casa. Saludé a la señora Julia que muy atenta me preguntó por todo y por todos, y con poco ánimo le contesté, y después me refugié en mi madriguera y me dejé llevar por el calor del hogar (para ello tuve que encender la calefacción previamente)...me puse las zapatillas de guata y me despanzurré en el sofá cavilando sobre todo este caso que me tenía absorto y preocupado. Ya estaba en ese estado de tumefacción que antecede al abrazo de Morfeo cuando sonó el teléfono. Nada extraño, el sonido de un teléfono, pero a mi me produjo la sensación de un pinchazo en los glúteos. Como si de un resorte se tratase, salté incorporándome en un escaso segundo y me abalancé sobre el auricular como si allí estuviera la respuesta a todas las preguntas. Era mi hija, que llamaba desde Londres, llevaba allí casi nueve meses y todas las semanas, todos los jueves y siempre a las 9,30 horas hora española recibía su llamada puntual. En otra ocasión ya hubiese estado atento, esperando la llamada. En esta ocasión, ni sabía la hora que era, ni si era jueves o martes, y sintiéndolo mucho no me acordaba para nada de Laura. Era tal mi enajenación por el caso del Sr. Amadeo y el Bar El Parral que no me entraba nada más en la cabeza.
- Hola papá, que tal estas? Estabas dormido? Te pasa algo? Llamé hace una hora y no estabas, no cogiste el teléfono.
- Laura...no, nada, salí a dar un paseo largo y ahora me había quedado transpuesto en el sofá, ayer no dormí bien, pero estoy bien y tu que tal?
- Bien, ayer empecé a trabajar en el Hotel Ambassador, estoy supercontenta papá. Ahora si que te digo que me quedaré durante un año más por lo menos. De todas formas en semana santa iré tres días, ganaré casi el doble que en el hostal, aprenderé un montón, me voy a cambiar de casa, desde donde vivo ahora tardo casi una hora en llegar al trabajo y me voy a ir a vivir con Lisa y con Marta, te acuerdas de ellas?
- Que de cosas hija! Cambio de trabajo, de casa, de compañeros de piso, de planes en definitiva. Estas contenta entonces?
- Si papá, mucho, preocupada también por la nueva responsabilidad, pero muy contenta con el reto.
- Me tienes que dar la dirección nueva.
- Si papá, casi te mando una carta con la nueva dirección y así te mando también unas fotos nuevas.
Seguimos hablando un rato más sobre generalidades de nuestras respectivas vidas y lo que nos echábamos de menos respectivamente, me puse sentimental y ella también, pero luego nos reímos un rato, nos queríamos mucho.
Nos despedimos y cuando Laura colgó, me quedé in albis, con el teléfono en la mano y la mirada perdida en las cortinas del ventanal del salón. Pensando en todo y en nada. En la vida, en Laura, en como hace apenas unos años jugaba y se escondía detrás de las mismas cortinas que ahora servían de fondo de mis pensamientos. Como pasa el tiempo. Y me acordaba de mi Antonia, de los años que habíamos pasado juntos, de los años que hacía que ya no estábamos juntos. De el tiempo pasado, de cómo nos dejó hace ahora 8 años y lo mal que lo pasamos Laura y yo.
-Y como dice que se hizo la brecha de la cabeza?
-Ayer tarde señor agente, se me cayó una botella de brandy de un estante.
-Ya...y a que hora cerró el bar?
-A las doce
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