El revuelo cotidiano, la ataraxia desvalida, el extraño ser que habito se revela ante un mundo que aparece ordenado y sin fisuras, pero no es más que borra seca y por dentro está la caspa, el caos bien ordenado, el jaleo de papeles que discuten lo obvio, que manipulan el verbo, lo destrozan con la espada fina de sus entuertos, provocando desazones, miedos gratuitos y fatuos. Un día despiertas enfilado, procesado, escrutado en tus adentros, un día alguien se fija en ti, y dejas de ser lo que eras, te conviertes en un perseguido, en un prófugo. Puede que la causa sea un alineamiento inadecuado de astros, puede que sea un error al rellenar un formulario, quizá una mirada casual pero desafortunada en un momento delicado, tal vez seas confundido por alguien abyecto y miserable, y en ese momento estarás marcado en el tiempo restante. A partir de ese gesto, ese momento, esa ruleta rusa te encañona en el último intento y cedes tu pasado para que sea cambiado ipso facto y despiertes dentro de una pesadilla entre sudores y maldiciones. La fortuna puede sonreír igual que puede llorar, y esa delgada línea que separa ambas puede decantarse para un lado u otro en la misma fracción de segundo.
Somos marionetas, así es, nuestros hilos que creemos controlar con suficiencia, no son más que riendas que alguien sujeta por nosotros, y que dependiendo de algún factor incontrolado nos puede dejar K.O en instantes. Un accidente fortuito te deja sin familia. Un cáncer repentino te mata. Hoy estás, mañana no sabes. La administración te tiene ojeriza y te aniquila con requerimientos, te desestabiliza y puede acabar por derribarte como a un árbol seco. Si no estas preparado para las inclemencias, para los avatares de la vida, entonces estás expuesto a toda penuria, a todo dolor, nada te consolará, todo es vacuo y fútil, estúpido y mezquino. Una detrás de otra, te caerán todas en el mismo carrillo, no podrás evitar el abismo, te ahogarás en tus propias lágrimas. El efecto bola de nieve se cernirá sobre tus carnes, si no te levantas erguido y firme a la primera, el carrusel de desgracias hará diana en ti una y mil veces, así es, una ley no escrita dicta esta cruel condena. A un error no resuelto, errores encadenados más irresolubles y más intrincados te acecharán. Si escondes la cabeza como el avestruz, te pasarán la guadaña a ras y te dejarán con tu cabecita bien enterrada y el resto del cuerpo desnudo y sin vida en el exterior. Este mundo está hecho para lobos, para rufianes, para vivos, para gentes chisposas y geniales, trileros de la vida que saben esquivar las puñaladas que te lanzan por doquier, para toreros de este mundo lleno de astados con filamentosas cornamentas, dispuestos a ensartarte en cuanto te descuidas, en cuanto pierdes pie un poco llevado por tu inocencia, por tu ignorancia. La bonhomía es un valor en desuso, una cualidad vetusta y anticuada, ahora para ser algo en esta vida tan moderna, tienes que oler a colonia cara y tener los hígados inmunizados al hedor a cloaca. Moverte con desparpajo y solvencia aunque te dediques a la venta de inutilidades demostradas, eso es lo de menos, lo importante es el barniz, el fotograma que vendas con tus corbatas y tu sonrisa falsa y edulcorada por los eriales de la patria. La memez es la bandera, el estandarte que se luce abiertamente. Disfrazamos el pastel y lo vendemos sin escrúpulos, tal es el grado de infamia, de desatino. Todo cruje bajo nuestros pies, pero nos empeñamos en seguir saltando entusiastas sobre un suelo efímero. A base de poner capas inútiles sobre las verdades fundamentales, a base de confundir la certeza con pastiches vicarios y parecer que se es cuando en el fondo el vacío es la norma, la regla que todo lo rige, y vuelta la burra al trigo, a sabiendas del error clamoroso, del paraíso perdido, del descrédito ignorante. Seguimos gastando, puliendo recursos, festejando la falsa opulencia, pareciendo sobrados y geniales, pero si rascas el barniz sale la mugre, la miseria de calidad, la cruda realidad que nos pone en nuestro sitio de imperfección, donde los siglos no pasan, donde las vergüenzas del ser humano se ven a las claras, por mucho que la mona se vista de seda el primate que llevamos dentro se muestra feo y maloliente, ser retorcido y ruin, vejando la naturaleza humana una y mil veces y dejando todo echo un lodazal. Anuncios de coches, triunfadores entre el barro capitalista, apariencias de perfectos, gentes esdrújulas y redichas que parecen mear colonia, que se muestran como oráculos postmodernos. La caja parece importar más que el contenido, hemos llegado a un grado tal de degradación, de mentira, de tocomocho que y nada es lo que parece, ni tan siquiera nada parece algo. Todo es confusión, bataholas, barullo. Todo embotellado dentro de una burocracia impermeable, de un sinfín de transacciones, de aspavientos marrulleros de aspirantes a poderosos que nos hipnotizan con sus diatribas, con su jaleo perpetuo y nos dejan aturullados, confusos, sin hacer pie, a merced de un destino marcado por prestidigitadores de la falsedad.
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