viernes, 8 de febrero de 2013
apostó por la lascivia
Apostó por la lascivia como modo de respuesta a la debacle socioeconómica que le cercaba. Alrededor el pulso se detenía y el caos parecía perenne, de tal manera que se encerró en su caparazón y empezó a vivir por dentro sin preocuparse de las miserias que quedaban fuera de su subterfugio. Su mundo interior crecía mientras por fuera la casa se descascarillaba. Abrazó el vicio como defensa, se entregó al hedonismo como respuesta y creó un microclima austero y un círculo de amistades que no fue otra cosa que una terapia de grupo que encontró en el sexo un reducto económico y feliz. Aprendió a comer poco y follar mucho, a gastar poco y ganar menos y a vivir de espaldas al noticiario que amargaba. Mientras eyaculaba escuchaba la turbamulta que se manifestaba en la calle. Se levantaba del catre y miraba por la ventana como los antidisturbios lanzaban pelotas de goma a la multitud. Él, evadido y soñoliento después del coito volvió a cerrar la ventana por seguridad y a correr la cortina para evitar que su bienestar plácido se viese interferido por la atmósfera perniciosa que el exterior generaba. De alguna manera estaba haciendo la revolución. Cada vez salía menos de casa, lo necesario para reponer viandas y enseres necesarios para la supervivencia. El subsidio era escaso pero suficiente para no morir de hambre. Creó una filosofía en la red con este discurso rijoso y libertino. Su argumento lujurioso tuvo eco y respuesta, y generó un círculo cada vez más amplio de mujeres dispuestas a evadirse en esta nube verde y voluptuosa. La depresión que nos vapuleaba en el exterior era bálsamo y paz en el interior de su casa. Sexo y agua fresca, pan y frutas, el resto sobra.
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