viernes, 8 de febrero de 2013

con el ocaso a cuestas

Con el ocaso acuestas, decidí cornear esta vida de mentiras y atrocidades como se hacen estas cosas, bebiendo como un cosaco hasta confundir churras con merinas, total, que más daba, todo parecía caerse a cachos, me encontraba asendereado, y ya no tenía mucho sentido bregar en esta vida tan conflictiva, tan problemática, llena de disgustos, ni evitar dar una imagen de borracho decrépito, es más, apetecía mostrarse ante este mundo como eso, como un borracho decrépito, insensible a las trabas y trampas de esta sociedad absurda y trastocada que no tenía autoridad moral para imponer nada, como una especie de rebeldía a este mundo, emborracharse hasta perder la razón, pues la razón no era más que un obstáculo y un factor de sufrimiento. Así pues entré en el  Pub Los Corceles, una whiskeria tipo años 70, con mucha moqueta, oscuro y con mucha madera, un lugar muy adecuado para mis fines. La oscuridad me camuflaría...todos los gatos son pardos, y la madera y la moqueta darían el calor y el glamour que se precisaba. Una canción de Mari Trini sonaba cuando entré en aquel tugurio, y eso si cabe le daba un aire más trasnochado y familiar al lugar. Un camarero con pajarita negra y camisa blanca me dio la confianza que necesitaba, parecía ocupado tras la barra, sacando brillo a unas copas. Un grupo de tres maduros varones triponcetes daba buena cuenta de unas cervezas tostadas y luego dos ejecutivos nada agresivos, meditabundos y solitarios apuraban algo parecido a una tónica uno de ellos (ya sería un gin tonic) y el otro una inconfundible copa balón de coñac (ya sería brandy). Yo no tenía manías, y decidí empezar por un gin tonic para estimular la tarde. El barman me recitó 4 o 5 marcas de ginebra, y como a mí me daba lo mismo una gorra que un sombrero, acabé pidiendo una que por su nombre me sugirió algo más, así pues pedí una Bombay blue, para transportarme antes lo más lejos posible. Al principio no los había visto, ocultos tras una columna  decorada con motivos marineros, en la zona más oscura y lejana de la barra, pero ahí estaban una pareja de mediana edad dándose el lote como quinceañeros con picores. Para mí que debían de ser dos amantes, no tenía pinta de que esos dos fuesen pareja estable a tenor de los arrechuchos y miraditas que se traían, ese lote que se estaban pegando no era propio de adultos, pero a mi me agradaba ver algo de amor aunque fuese clandestino mientras yo me cogía la cogorza que anhelaba. Así pues en el bar estábamos que yo supiese: el barman, los tres tripones cerveceros, los dos ejecutivos adormilados y solitarios, la pareja luctuosa y yo mismo, para que más. No había televisión encendida, así que no había más atracción en ese bar que las personas que lo ocupaban o alguna distracción que tu mismo te procurases, ya fuese un libro, o el socorrido móvil, que entretenía tanto últimamente con sus jueguecitos, sus mensajitos y todas esas chorradas para perder el tiempo que tienen esos aparatos cada vez más sofisticados. Yo preferí no marearme mirando pantallitas, ni leyendo el periódico, que ese sí, estaba disponible en un mueble ad hoc que se encontraba en la entrada del Púb.. Suspiré profundo y seguí bebiendo con fruición y determinación. Antes de acabarlo y con el vaso entre mis labios, levanté el dedo mirando al camarero que estaba ocupado atendiendo a los supuestos amantes, y le hice señal para que sirviese otro gin tonic. Solícito y servicial el impoluto camarero volvió a servirme otra copa de lo mismo. Yo permanecí sentado con ambos brazos estirados y apoyando las manos sobre la acolchada barra, dejando trabajar al camarero que escanciaba ginebra, Bombay blue, sin hacer comentario alguno. Me entró un poco de hipo que supe disimular con oficio. Volví a la carga, a chupar del frasco, esta vez con más determinación y velocidad que el primer combinado, no tenía periódico que leer, ni tele que ver, y los clientes del pub eran como una foto fija, no daban pie a ningún comentario ni llamaban la atención lo suficiente como para entretener mi ociosa noche. Pero me encontraba a gusto, cada vez más a gusto, la ginebra iba haciendo su trabajo, me iba tranquilizando, relajándome las extremidades y produciendo un bienestar general que me hacía sentirme bien. Fui al baño un momento, antes de finiquitar la segunda copa, para aliviar la vejiga y de paso estirar las piernas. El baño olía a limpio, el alicatado era oscuro pero elegante y el dispensador de jabón se encontraba lleno y en perfecto estado de funcionamiento, algo que se echa de menos cuando uno visita los locales de hostelería. Cuando volví todo seguía en orden, no se había movido nadie de su lugar...la pareja de amantes, los solitarios (como yo) ejecutivos, los tres triponcetes, y el camarero. Nadie más ni nadie menos. Vi como los tres amigos solicitaban a su vez unas cervezas nuevas que siguieran dilatando sus estómagos. Sin pensarlo, y sin darme cuenta que me quedaba al menos un tercio de mi segunda copa, volví a pedir una tercera, esta vez de palabra, pidiendo por favor una tercera copa. Al hablar me di cuenta que mi pronunciación había cambiado un poco, quizá un pelín engolada, pudiera ser, era, que el gin tonic empezaba a hacer su trabajo dentro de mi cerebro. Dándome cuenta de que todavía me quedaba bastante gin tonic por apurar, así la copa y de un tragazo apuré todo el líquido elemento. Dejé tres hielos en el fondo apenas deshechos debido a la celeridad de mi ingesta. Tercera copa. Ni pío. Oigo la puerta de entrada al local, hacía dos copas y media que no se movía esa puerta, ni para dar salida a los que estábamos en el local, ni para recibir a ningún cliente nuevo. Quien fuera tenía dificultades para activar el mecanismo de apertura de la puerta, empujaban y no había que empujar si no tirar, y para abrir la sobria puerta de madera había que tirar con determinación. Por fin parecía que la puerta empezaba a ceder, se vio un pie intentando trabar la puerta del local, por fin un tirón definitivo terminó por ceder la puerta y vi entrar un rostro familiar, muy familiar, ya lo creo, era Luis Ardiles, Luisito, el encargado de Expansión, muy buen chaval, buen compañero, muy cercano, también era del Atlético como yo y esa complicidad nos dio bastantes ratos de conversación en la cafetería del curro. El caso es que Luisito entró en el Corcel y enseguida me vio.
    -Hombre Víctor, que pasa chaval, que haces tu por aquí?    
    -Ya ves Luisito, celebrando el Ere...
-    Coño, pues como yo...ya me tomé dos copazos en el bar de Antuan y estaba el ambiente un poco soso y decidí cambiar de bar...y seguir celebrando. Está la cosa chunga eh Víctor?    
-    Chunga? Que tomas?
-    Lo mismo que tu
-    Jefe-ya con la confianza bien ganada- ponga un gin tonic a mi compañero...un Bombay blue.
-    Eso un Bombay blue y unas aceitunas.       
Víctor y Luis se tomaron sus copas, se gastaron todo lo que tenían y juntos salieron a la calle. Nada más salir la algarabía era tremenda.

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