viernes, 8 de febrero de 2013

mamarrachos empobrecidos

Mamarrachos empobrecidos, decrépitas mentes, abyectas gentes que no cultivan su espíritu ni abogan por un talante más racional, más humano, más justo. Alimañas expuestas a los avatares de la vida, que en sus estrechas mentes sólo albergan el impulso de la fuerza como máxima expresión de la condición humana y regla para medir el poder, la capacidad para imponer criterios y arbitrariedades. Gregarios y sectarios, incultos con vesania, se empobrecen en su mísera forma, y es en el brillo de sus pertenencias materiales donde pretenden mostrar una inexistente superioridad, muy al contrario, nos encontramos ante seres de baja catadura moral, que su ignorancia la exaltan, intentan camuflar su triste existencia con exabruptos y excesos verbales, buscando la identidad que en otro lado no encuentran. Incapaces de mantener una conversación racional, lógica, imposibilitados para discurrir, para argumentar, es en el tono y el volumen de voz donde intentan imponer su criterio que no es otro que el exceso de testosterona. Se los ve pasar raudos y veloces dentro de unos vehículos muy deportivos, muy tuneados, con los tapacubos de las ruedas muy relucientes y los cristales muy ahumados, emitiendo ruidos ya sea en forma de vatios crispados o motores trucados, a modo de reclamo, de forma de llamar la atención y buscando sobresalir sobre la multitud normalizada. Gregarios y pánfilos, pero peligrosos nos encontramos con estos gañanes en multitud de ocasiones, en demasiadas. Un caldo de cultivo muy general es en el ámbito de los campos de fútbol. Allí es frecuente ver gentes de esta ralea, bobos pertinaces, de mentes angostas, pero muy, muy violentos, demasiado fuertes físicamente y torpes en sus gestos y toscos en sus formas. Cortos como rabos de boina y absurdos, pero bullangueros y provocadores, y sin embargo visibles y jactanciosos, a veces corean cánticos ininteligibles, faltos de inteligencia y gracia, pero a ellos bobos como asas de pozales, les pone los vellos como escarpias. Los encontramos también en las noches festivas de las grandes ciudades, próximos a los polígonos industriales, donde naves industriales transformadas en templos del falso ocio los albergan, ellos muy tatuados, con las camisas muy estrechas y los pearcings muy brillantes, las gafas de sol sin él, muy oscuras, las drogas muy diseñadas y las cabezas huecas como troncos viejos y rapadas como césped nuevo. Su miseria mental la exhiben sin tapujos creyendo que en ese intento sobresalen de la medianía, pero lo que hacen es mostrar a las claras sus deficiencias

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