viernes, 8 de febrero de 2013
el ejercicio de meditación
El ejercicio de meditación tan necesario hoy, lo ejecuto ayudado por medicinas que me bajen la hipertensión. Inhalo por la nariz despacio y concentrado. Exhalo por la boca pausadamente. Los ojos entornados en un gesto de interioridad y a continuación ejecuto el ejercicio abriendo bien las costillas y cerrándolas a continuación mientras mantengo el ombligo lo más dentro que puedo. La catana todavía está enfundada y a pesar de ello permanezco en alerta. El aviso será inminente y tendré que intervenir, tendré que tensar el músculo y arrojar valor y coraje en la causa que subyace. Intento dejar mi mente como una tabla rasa, sin ocupación alguna, se que pronto habrá que liarla parda, intuyo en un futuro muy próximo el cataclismo social. Cuando llegue ese momento apretaré los dientes y contaré hasta diez antes de intervenir. Cuando se desaten todos los truenos procuraré estar despierto y sereno, con el pulso firme y la mirada enfocando el objetivo. Un cristiano arroja un crucifijo a la pira y a continuación se pinta la cara con betún para camuflarse en el despiste, es el último símbolo de cohesión social que quedaba, a partir de ahora el agua estará turbia y no emitirá reflejo fiel de la distorsión popular. El cauce aparece desbordado y el horizonte es gris o negro dependiendo del momento. La mutación en las cloacas del sistema llega tarde. Todas las fichas del dominó se tambalean. La policía no asoma. Las sirenas nos arrullan. Se vierte el vaso. Alzo la mirada y con ella apunto el objetivo. Desenfundo la catana. El castillo de naipes comienza a vencerse. Se oyen las sirenas, llueven las piedras. Corro el visillo y desde la ventana puedo ver el fuego, puedo ver gentes correr de un lado para otro. Un estruendo de cristales rotos, es la entidad financiera de enfrente, su cápsula se acaba de hacer añicos, unos jóvenes vestidos de negro y con la cabeza tapada acaban de empotrar una señal de tráfico en su fachada acristalada. Una columna de humo emerge desde la otra esquina, es un contenedor. Ahora la masa enfurecida avanza por el medio de la calzada, arrastran un cuerpo inerte, lo han sacado de la sucursal bancaria del final de la calle, lo arrastran tirando de la corbata, ahora lo reconozco, es el director. Una mujer de mediana edad rompe a llorar mientras le da patadas en la cabeza, grita que esa piltrafa humana le hizo la vida imposible, que le hizo firmar su sentencia de muerte en forma de hipoteca y a base de patadas está poniendo las cosas en su sitio. No se ve ni a un policía, la ciudad está tomada por un pueblo que acaba de despertar. Es el momento, bajaré a la calle con la catana recién afilada y la estrenaré. Me pongo el casco y en el MP3 pongo música de Mambo.
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