Vienes arreando, azuzando el vil consuelo, ya no queda estampa ajena que no sea señalada por tu cuerpo, con esa dulzura caótica de quien no tiene más miseria que el horror de un fatuo fuego, de una inverosímil luz, que ya no luce tan adentro, por eso dudo y deduzco que tu cuerpo no es tal cuerpo, sino el cuerpo desdichado de quien abandonó su tiempo. Ahora luces decrépita y sensual, exagerando silueta, exhibiendo el temporal que desatan tus adentros, por eso y por mucho más, por todo lo que no tengo, detesto sentirme solo, ataviado sin sustento, enhebrando tus agujas, con el hilo de mi sueño, y así permanezco herido, devastado y casi yelmo, en un lugar tan absurdo como fue ese sitio nuestro, que ahora no es nada más que un solar de fuego eterno, siempre el espejo delata, las sombras en que te veo, ese espejo traicionero que desnuda tu pellejo, y lo deja así a trasluz, lo deja tan desenvuelto, que no hay tiempo más mísero, no hay nada que no vemos, todo el grueso de mis días, todo el lecho de mi cuerpo.
Por las venas corre un sueño, un precipicio de cuerpos, mojados y entrelazados, tibios de tanto sexo, respiramos hondo y queremos continuar ese sueño, que no despierte el deseo, que no despierten tus huesos, te quiero así profunda, acariciada y por dentro, saberte entregada y mía, saberte en el mismo cuerpo.
Apaciguas mis instinto con el agua de tu cuerpo, calmas mi ansia viva, calmas mi río revuelto.
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