viernes, 22 de febrero de 2013
todo vicio sin pulir
Todo vicio sin pulir, sólo hormonas desatadas, lascivia pura, perfidia cotidiana sin moral. Provocación desnaturalizada de costumbres innombrables. Educada en un colegio de monjas enseguida le pudo el morbo, el sentirse golfa en aquel ambiente de incienso y mojigatería, un renglón divino que nunca estuvo derecho y que del escándalo hizo bandera y argumento. Se reafirmó en la frivolidad conforme su cuerpo se iba puliendo, cuando empezaron a abultarse sus pezones, cuando las caderas se expandían, los glúteos se le partieron y con ello el sexo se volvió loco, un comecome le bullía por dentro y la castidad del internado le excitaba, le gustaba el vértigo, el saberse deseada por los pocos varones que veía, pareciese como que expelía un aroma a hembra en celo que vencía ese ambiente monacal. Turbada por sus hormonas enseguida tocó el cielo antes de cumplir los 17, a ello le ayudó un joven seminarista que dilapidó su recato en aquella primavera caliente, abandonó la vocación a la vez que se apareaba con Natalia y descubrió el éxtasis celestial en forma de carne humana con aquella damisela que le embaucó. Aquel seminarista enterró su carrera eclesiástica entre los pechos de Natalia, desestabilizó su personalidad, perdió el norte y acabó tirándose al vacío una noche de luna llena desde el campanario, atormentado entre el hervor de su sangre y el de su fe. Un suicidio que a Natalia le supuso un plus de frivolidad, el seminarista perdió la vida por culpa de ella, pero lejos de suponer una mácula en su conciencia, activó su instinto carnal y siguió al acecho de los machos con sotana que transitaban por las instalaciones. Ponía caritas, sonreía provocativamente, se agachaba ante ellos consciente de que en ese gesto iba a descubrir algún retazo de su piel, forzaba las situaciones para mostrar sus intimidades, dejaba las puertas entreabiertas mientras se desnudaba, las cortinas sin echar, comentaba con los aspirantes a monje los calores que la trastornaban, los dolores y molestias que tenía, enseñaba algún moratón por encima de la rodilla y pedía consejo sobre asuntos íntimos. Ellos caían en la trampa con asiduidad, la mayoría de ellos mutaban ante su presencia, se comportaban con puerilidad, con docilidad, les temblaban las piernas, y no podían hacer nada por evitar la tentación a la que les sometía Natalia. La evidencia de que de aquella chica no se iba a conseguir una sierva de Dios era un clamor, no había monja en aquel colegio, en aquel monasterio que tuviese la menor duda de que Natalia se iría de allí más pronto que tarde, si no iba a ser expulsada antes de tiempo, si bien ella tenía dos caras muy diferentes, delante de los varones era una pérfida y los dominaba con sus tretas; pero su expediente académico era impresionante, y su relación con sus profesoras, con las monjas y las institutrices era más que correcto, sabía perfectamente como comportarse. Era en la intimidad, cuando se quedaba sola con algún varón, cuando se sabía observada o vigilada, cuando actuaba en ese sentido, cuando utilizaba todas las armas de que disponía para soliviantar, para endurecer los miembros de todos los hombres que husmeaban por aquellas instalaciones tan venerables, tan puras. La trampa no fallaba, y ella se regocijaba del efecto que sus artes producía entre los varones. Éxito tras éxito no dejaba de alimentar su ego, su vicio, las artimañas para llevarlos a un callejón sin salida, a un punto de no retorno. Cada vez se sentía más segura, más cómoda en ese papel de seductora de prelados, de monjes, de seminaristas. Sabía perfectamente como conseguir de ellos que la baba gotease, que perdieran sus ataduras morales y que se dejaran llevar por las exquisiteces y dulzuras de Natalia.
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