viernes, 8 de febrero de 2013

dame luz

Dame luz, ilumíname el camino oh señor....pero la luz estaba completamente apagada, fundida, no había nada más que oscuridad, una oscuridad tan profunda que el maligno se sintió como en casa. Era improbable un milagro, inesperada una solución, la desolación campaba a sus anchas en el precipicio de la vida. Matar a un inocente tiene estas cosas, que la  conciencia se queda tiznada. Matar a un niño todavía acarrea más penuria en el espíritu y cuando eso pasa, no hay luz, no hay perdón ni indulgencia. El abad levantaba las manos al cielo pidiendo clemencia, pero el cielo callaba y el atroz acontecimiento de la muerte del menor en sus manos otorgaba un destino cruel y cierto para el prelado. Soberbia, pecado capital del que el abad Martín Camino estaba bien surtido; Ira y Lujuria, la confluencia de ambas producía una extraña mezcolanza en el espíritu, una especie de brea negra y pegajosa de la que no se podía desprender. Cuando tanta situación pecaminosa se junta en una misma persona, abad o seglar, el final puede ser el que fue. Un niño castigado, obligado a confesar una falta que no había hecho. La pérdida de la paciencia (otro pecado). La lujuria no correspondida y el diablo que le andaba enredando crearon una situación mortífera. El scriptorium estaba en penumbra, en él solos estaban el abad Martín Camino y Andrés Padúa Morlán, alumno del  colegio de jesuitas que regentaba el abad. El abad preguntaba y el silencio respondía. El abad enrojecía igual que el niño palidecía. El diablo enredaba igual que Dios se ausentaba.
  Cuando el niño apartó las piernas del tacto del abad, éste enloqueció, trastocado por la negativa, por el rechazo de que fue objeto y por su silencio. Golpeó brutalmente la cabeza del infante con el báculo que adornaba el Scriptorium. Ahora intentaba, se afanaba por esconder el cuerpo inerte y suplicaba a los cielos comprensión por lo hecho, explicación al hecho de perder la cabeza, de enloquecer, saber por qué el destino le había puesto a prueba, por que se mostró soberbio, por qué lo hizo. No había vuelta de hoja, el hecho consumado, imposible volver atrás, imposible retractarse, por muchos padres nuestros y muchos aves maría que rezase el cuerpo del niño seguiría allí, desangrándose, muriéndose si no lo estaba ya. Había que pensar rápido y bien, había que solucionar lo insolucionable y volvió a implorar, a pedir ayuda al Altísimo…y tan alto, inalcanzable para él, estaba tan alto al dios que pedía clemencia que no le escuchaba, y él enloquecía, perdía la paciencia, el control, el barullo en forma de sangre roja que inundaba sus pupilas y el fragor de su impotencia volvieron a obnubilarle, en plena animalidad, con la cabeza totalmente devastada por los acontecimientos que le desbordaban volvió a golpear el cuerpo yacente del menor, se aseguró con un tercer golpe, con un cuarto…de manera increíble se apaciguó de repente  

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