Armado hasta los dientes, con la mirada inyectada en sangre, con la determinación y arrojo de un kamikaze, de un samurai, de un requeté o de un yihaidista avancé sobre el objetivo firme y dispuesto a solucionar sumariamente de un envite toda la rabia que aquella afrenta había ocasionado en mis adentros. Veía la sucursal al fondo de la calle. Notaba las miradas que me interrogaban, la gente se apartaba ante mi avance, el objetivo se acercaba. Cuando ya quedaban pocos metros para llegar a la puerta de entrada desenvainé mi catana, el guardia jurado hizo ademán de impedirme el paso, pero de un catenazo tumbé el arco de seguridad electrónico. El guarda cambió la porra por el teléfono walkie talkie que le arrebaté de un certero golpe con el mango de mi utilísima arma asiática, lo tiré al suelo y lo chafé, el guardia quedó cautivo y desarmado tras los restos del arco caído. Los pocos contribuyentes que en esos momentos se encontraban en la sucursal se echaron a un lado alarmados y con los ojos como platos. Los empleados (tres) que estaban tras el mostrador buscaron ganar el fondo de la dependencia, contra la pared lívidos y sin pulso quedaron a merced de mi capricho. El director que lo estaba viendo todo desde su pecera-despacho ni se levantó de la silla. Observé no obstante como agarraba el teléfono, me eché mano al cinturón y extraje una estrella de metal muy bonita que adquirí en la misma armería donde compré todo mi arsenal, la lancé con presteza y puntería sobre la pecera-despacho. El artilugio marcial rompió con estrépito la cristalera y la estrella quedó clavada sobre la mesa del director, el cual soltó el teléfono de inmediato, se levantó a la vez que tiraba la silla y levantó las manos sin que nadie se lo pidiera, se le cayeron las gafas y vi como se le rompían contra el suelo. Para que el clima de tensión no bajase opté por seguir golpeando con mi catana unos cuantos cuadros y mesas auxiliares que tenía a mano, cuando el destrozo fue lo suficiente como para ganarme el respeto, si no lo tenía ganado ya, me subí al mostrador y vi como muchos clientes abandonaban la sucursal corriendo como liebres, otros no pudieron ni tan siquiera moverse y el guardia, pobrecillo, se tapaba con la gorra mientras permanecía semitumbado y aturdido, resguardado entre los restos de aquel naufragio. Desde mi improvisado púlpito solicité la presencia del director del banco, el cual hizo caso omiso en un primer momento a mi demanda, pero atendió enseguida cuando desenfundé una granada de mano y amenacé con hacerla estallar si no acudía a mi llamada. Temblando como un flan en una cinta de aerobic el pobre se presentó con las gafas que rescató del suelo medio descolgadas y con uno de los cristales rotos. Vi como la parte delantera de su pantalón estaba mojada, deduje que una micción debida al pánico le ocasionó semejante borrón. En ese momento una anciana quiso entrar en las dependencias de la sucursal bancaria, ordené al guardia que disuadiese a la veterana de su propósito. El guardia obedeció temiendo que la granada volviese a salir a relucir y justificó la imposibilidad de ser atendida debido a unas obras que se estaban acometiendo en el inmueble. La abuela obedeció no sin refunfuñar y amenazar con presentar una queja por no avisar con antelación del cierre temporal de las instalaciones. Ordené al guardia que echase el cierre.
- Bien, henos aquí para hablar y en la medida de lo posible llegar a una solución a lo que considero un atropello por parte de esta empresa e intentar que todo sea un malentendido y espero que nadie salga herido de este episodio que ahora nos ocupa. Se que muchos de los que están aquí en este momento lo están por casualidad, y que no tienen la culpa de nada...otros sin embargo- esto lo dije mirando al director de la sucursal-no pueden decir lo mismo- Una vez dicho esto último, el director de la sucursal tornó su semblante del amarillo pálido al blanco hueso y una ventosidad húmeda rompió el silencio que en ese momento reinaba- El borrón del director aumentaba por la parte de atrás. Siéntese señor director ande- ¿Cual es su nombre para poder dirigirme a usted? -Me, me, me....llamo Ramiro Gracia Olivares, para servirle...y si no le importa permaneceré de pie.
-Muy bien Rami, permite que te tutee, ya sabes que la confianza es algo de lo que siempre alardeáis en esta empresa, y yo me hago eco de ello. Voy a explicar a la concurrencia el motivo de tan intempestiva visita y luego dejaremos que se vayan todos, menos usted, perdón, tu que permanecerás junto a mi vera hasta que el embrollo que nos ocupa se aclare. Si no se aclara, entonces me veré obligado a tomar medidas más drásticas de las que he tomado hasta la presente, espero que no se me ponga a prueba y que la cordura por una vez se imponga y que las aguas vuelvan a su cauce. Bien, seré breve, mi caso no es excepcional, es más, es vulgar y muy extendido, sobre todo en los últimos tiempos. Soy uno más, un estafado por la especulación inmobiliaria, en su día se firmó, y digo se firmó, por que yo firmé, pero estaba la cosa como para no firmar...en fin, que se firmó unas condiciones leoninas y un interés abusivo por la compra de un cuchitril. Por culpa del Euribor, de mi nueva situación de parado y por el susum corda, el caso es que ahora no tengo ni para pagar el cuchitril, y ustedes pretenden echarme de mi mierda de casa...ayer mismo recibí la notificación de que en dos días seré echado de mi mierda de casa. Después de meditar la situación decidí invertir lo poco que tenía de reservas pecuniarias en material disuasorio, esto es, una catana, varios artilugios de metal con pinchos, unos luchacos, dardos, machetes....en una armería legal, y un surtido variado de armas de fuego, granadas de mano, metralletas, gases lacrimógenos, etc...obtenidos en el mercado negro albanés a muy buen precio, debido al volumen de la compra, da gusto hablar con gentes de negocios honradas y no ustedes los banqueros que son todos unos ladrones. Así pues no pido nada más que se condone mi deuda con esta entidad bancaria y que se den ustedes por pagados, pues entiendo que ya pagué con creces el dinero que supuestamente vale esa cloaca que ustedes llaman vivienda. Así que Rami, si no te importa buscas donde está “lo mío” y firmamos las nuevas condiciones. Luego me marcharé por esa puerta y santas pascuas. ¿Qué me dices Rami?
-No se si será posible señor...
-Si si que será Rami, si fue posible hacer, no puede ser imposible deshacer, es bien lógico.
- Ya, pero no puedo yo, eso tiene que ser el Director general, y aun así no se yo si...
- Y una ostia consagrada...
Acto seguido emprendí a golpes con ordenadores y mesas, con archivadores y macetitas. Fue un minuto de orgía destructora. Luego añadí.
-Rami, no tengo toda la mañana, así que espabila, llama a tu jefe o lo que sea y dame el documento que me exima de pagar ni un euro más. Me das de baja en esta entidad que ya no me fío. M e das lo mío en un sobre y san sacabó. ¡Vamos, a que esperas .!...
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