viernes, 8 de febrero de 2013

me atrinchero en la caseta de mi huerto

Me atrinchero en la caseta de mi huerto y espero que el futuro sea pasado mirando las verduras crecer. Cerrando los ojos no hay crisis. Las SICAVS no tienen nada que hacer ante una lechuga fresca o un tomate bien maduro. La realidad se impone a la falacia financiera, y el olor a tierra húmeda crea expectativas de vida que la prima de riesgo dinamita, por ello es aconsejable cerrar el grifo al tocomocho y la estupidez del frenesí bursátil y expandir nuestros pulmones y nuestras pupilas delante de un surco rebosante de pimientos, berenjenas y pepinos que nos devuelvan a la esencia, a la verdad. La falacia que se ha generado en torno al ser humano nos distancia de las cosas que nos genera riqueza cierta, verdad absoluta. Mientras los técnicos y banqueros juegan a Midas, en mi huerta se genera comida real y no mentira incomestible, que por mucho valor de cambio que parezca tener hoy, mañana es una incógnita, un incierto presagio, mientras mis lechugas son valor de uso perenne que no necesitan de fe para creer en ellas, pues son empíricas y verdes. Si te pinchas sale sangre, y esa es la prueba evidente de que todavía no somos digitales del todo. Cuando el crack mande al carajo tus cuentas bancarias mis lechugas seguirán creciendo y será el único avituallamiento de que dispongamos, la única certeza tangible que evite que mueras de hambre. El crecimiento capitalista es una quimera tan plana y falsa que nos aleja de la sencillez, que nos despoja de aquello que nos hace humanos y nos transporta al mundo de la competencia malévola que no produce otra cosa que desazón y tristeza, frustración y miseria. Volveremos a los orígenes sin más remedio, no por cómodo sino por necesario. La globalización capitalista genera monstruos, fantasmas epilépticos que no son más que pesadillas para la mayoría de la humanidad por mucho que cuatro espabilados con conocimientos en casinos financieros se empeñen en hacernos creer que es maná para los pueblos. Producir una manzana en Nueva Zelanda y venderla en el Mercadona de Alcorcón no deja de ser un error de bulto por muchos números que nos demuestren que es un negocio boyante y próspero. Jamás será lógica tamaña barbaridad, e inexorablemente este hecho global no será más que una demostración empírica que este sistema económico ha tocado fondo por pacato y torpe. Volveremos a cavar la tierra, a criar el ganado que nos alimente y a asociarnos a los cercanos para evitar que el absurdo nos envuelva y nos vuelva tarumbas. Creceremos, pero por dentro. Nos globalizaremos para complementarnos, no para suplirnos, y seremos libres entre iguales porque ya nada nos impedirá la convivencia sana. Evitaremos los intermediarios por usureros y por malvados, por inútiles y torticeros. El pulso será el que marque la naturaleza y no otro, la vida será sencilla por sentido común y la austeridad racional nos valdrá como estímulo. Cultos y honrados, justos y humildes, solidarios y pacíficos, nos refundaremos en las claves que nos diferenciaran de las bestias y de los banqueros, de los canallas y los especuladores. Mientras esa realidad futura llega, no quepa la menor duda, seguimos sumidos en esta incertidumbre malsana, en esta zozobra canalla que nos acerca a los demonios, que nos pone los nervios tensos ante tanta injusticia.

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