viernes, 8 de febrero de 2013

cuanta fiebre en las neuronas

Cuanta fiebre en las neuronas para llamar a la gloria, esta patria que ahora pisas es banal y chabacana, se obceca con sus dioses mundanos, los ensalza y vanagloria, pero no son más que barro seco, que morralla llena de clichés baratos. Se envuelven en sus banderas, como si de un talismán se tratara, sacan pecho y estulticia, y en el fondo son desechos, mecanismos simples llenos de perjuicios y complejos. Un español no es más que eso, un trapo viejo que se cree nuevo, un quiero y no puedo y un zafio sin criterio. Trepan y maldicen, y se quedan en la estacada a cada intento de flotar. Incapaces a la solidaridad, tercos, desconfiados, maldicientes y procaces. Escudriñan en sus guaridas malolientes planes infames para abordar el futuro y evidencian su escasez negando la prosperidad de sus vecinos. Ven con arrogancia la mota en el ojo ajeno sin observar la biga en el propio y tropiezan una y mil veces en las mismas piedras de unos caminos devastados y solitarios por los que ya no transita nadie. Vociferan sus patrañas y creen encontrar en el volumen de sus arengas la razón que perdieron cuando se contrastó su argumento. Apelmazados por la historia, recurren a ella para justificar su carácter, cuando en el fondo fue la historia la que les recluyó en su diván perpetuo. Nunca superaron su vergüenza, jamás toleraron su idiosincrasia y arremeten contra los periféricos hermanos para justificar su torpeza. Este solar de vino tinto no es más que un estercolero de próceres, un muladar de terratenientes atroces que con saña muestran su incapacidad y su inutilidad perenne. Sin superar la Edad Media seguimos engordando mórbidos, seguimos catapultando a los mediocres a los altares, retorciendo la gorrilla a estos mentecatos, suplicándoles el pan que nos quitaron, ellos nos exigen que para ello debemos sonreír y arrodillarnos, suplicar lo obvio y callar cuando se nos diga. Nosotros, obedientes y  sumisos entregamos nuestro alma a estos dioses de medio pelo, a estos inútiles con ínfulas de sabios, aunque está más que demostrado que son torpes hasta la saciedad y que son malos como hiel.
 

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