viernes, 8 de febrero de 2013

le pegue una ostia y lo tiré al suelo

Le pegué una ostia y lo tiré al suelo, me quedé mirándole como sangraba por la nariz, me quedé mirándole como quien mira una serpiente, con cautela, pero seguro de la distancia que mantienes con ella. Había dos opciones: Seguir pateándole, seguir inflingiéndole una paliza severa, dejarle luego tirado como una mierda en la acera e irme. Otra opción era irme sin más, pero consideré que una sola ostia, por bien que esta se  hubiese dado, era poco para cambiar la actitud de un ser tan deplorable como este. Debía asegurarme que no se iba a mover en mucho tiempo, que iba a tener el miedo y la prudencia suficiente para deponer su actitud durante mucho tiempo, para siempre. Así pues aproveché que se puso de rodillas ante mí para darle una patada con todas mis ganas en la barbilla. Cayó a plomo. Nunca había pegado a nadie de esa manera. No creí que fuese capaz, pero algo dentro de mí se estaba transformando, me sentía seguro, fuerte, convencido y sobre todo sereno, tranquilo, como un profesional. Desde el suelo me increpó, me amenazó de muerte y sangraba más. Le aticé otra patada furibunda, esta vez en el estómago. Intentó ponerse de rodillas, pero no podía, quedó tumbado boca arriba, me miraba, pero yo no le retiraba la mirada, me sentía fuerte, me sentía seguro. Respiré hondo y valoré la situación. Conté hasta diez, y entonces escuché lo que me dijo desde el suelo...no me pegues más. Eso fue suficiente, en ese preciso instante se disiparon todas mis dudas, ya había entendido el mensaje, ya no era necesario seguir inflingiéndole más castigo, parece ser que comprendió. Sentí un gran alivio, una serenidad tremenda, puse el epílogo al episodio que estábamos viviendo con una frase lapidaria, para terminar, para dejar claro como quedaba la situación de cara al futuro, a modo de punto final: Que no te vuelva a ver por aquí o te mato. No pensaba matarle, pero era lo apropiado, decirle esa frase, zanjar el problema. Entonces me di media vuelta y me marché caminando tranquilo, despacio, sereno. Respiraba hondo, y no había manera de quitarme de la cabeza el episodio que acababa de protagonizar, en mi vida había pegado a nadie, y acababa de asistir a un gesto impropio de mi persona, pero he de reconocer que no me sentía mal, quizá algo extraño, un tanto atribulado y sobre todo no podía dejar de pensar en ese momento, cuando le pegue, una, dos, tres veces, fuerte, sin temblarme el pulso, concentrado en asestar golpes furibundos, precisos, contundentes, lo suficiente como para impresionar al rival, para ocasionar un daño ejemplar. Reproduje en mi memoria varias veces la secuencia. La breve discusión. La frialdad que me llenó por completo, segundos antes, cuando supe que le iba a propinar un estacazo, el primero, certero, rápido, un puñetazo salvaje en mitad del rostro, ese fue el golpe maestro, el que supuso el principio de su declive. Luego los otros dos, más seguros, igual de intensos, dos patadas, en el mentón y en el estómago, sobre todo esta última fue decisiva, quizá más fuerte de lo requerido, más salvaje que los otros dos trompazos. Fue después de esa última patada en el estómago cuando su rostro cambió y cuando pudo articular la frase “no me pegues más” que sin duda era una declaración de intenciones, una humillación explícita, era ponerse en mis manos, delegar en mi capricho el seguir castigándole o indultarle. Las amenazas que vertió sobre mi persona después del primer y segundo golpe, que si me iba a matar, quedó en agua de borrajas cuando el puntapié en la boca del estómago hizo estragos en sus entendederas y tornó en mansedumbre y humillación. No me pegues más, (ten piedad de mí).

   En los días siguientes el aire que respiraba entraba fresco y penetrante en mis pulmones, mi mirada erguida y suficiente. El episodio de la pelea se fue disipando poco a poco en mi memoria, sin abandonarla del todo. Mi vida por lo demás no cambió en exceso, las rutinas de siempre fueron moldeando la cotidianidad y haciéndola llevadera, el trabajo, la casa, la familia. Hacía ya diez días de la tercia de golpes que le propiné a aquél sujeto, caminaba tranquilamente por la calle, me detuve en el cruce de un semáforo, y le volví a ver, enfrente de mí, esperando al otro lado de la calle para cruzar en sentido opuesto al mío. Por un momento me puse tenso, quise evitar el encuentro, miraba hacia otro lado, no sabía que hacer, pero cambió el semáforo, se puso en verde, él no me vio; pero fue cuando cruzando la calle nos cruzamos la vista, pero nada más...noté como le cambiaba el aspecto, noté su rictus, su temblor, noté como me apartaba la vista, alcancé la otra acera y me paré. Volví la vista, y le volví a ver, volví a ver como él también giraba la cara y me miraba, sin detenerse, con la cara aturdida, quise ver temor en ese rostro, me tenía miedo, un miedo cerval, por que inmediatamente, cuando vio que yo giraba la cabeza y le miraba, cuando nuestras vistas se cruzaron, entonces salió corriendo como alma que lleva el diablo, tropezando, atemorizado diría yo. Me quedé quieto, observando el poder que me otorgaba con su reacción, permanecí inmóvil hasta que perdí de vista su rastro. Después continué caminando como Clean Eastwood, seguro de mis pasos, firme en mi quehacer, respirando hondo, sorprendido de la reacción de aquel sujeto ante mi presencia.

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