viernes, 22 de febrero de 2013
trapisondistas que emergen de la nada
Trapisondistas que emergen de la nada, seres abducidos y grises que de la noche a la mañana parecen haber inventado la pólvora y que lucen su palmito de magnates de lo poco, como si ello fuese algo grande. Pasean a cuerpo su semblante reluciente y broncíneo y se pavonean entre las multitudes nocturnas del alterne veraniego, son rara avis en otras latitudes; donde se muestran verdaderamente es entre la farándula y los gin tonics, allí donde el ambiente está más enrarecido y denso. Ya no son unos crios, hace tiempo que empezaron a peinar canas teñidas, pero afilan su semblante delante de un espejo cada noche para que eso no se note. El decadente esperpento que nos ocupa caminaba con suficiencia la noche madrileña con unas gafas de sol de espejo, unos pantalones vaqueros blancos que lucían algún desgarrón intencionado en la pernera derecha y dejaban el tobillo al aire, es decir le estaban cortos, también intencionadamente. Ataviado con una camisa rosa desabrochada y ese aire postjuvenil pudiera parecer un homosexual en celo pero nada más lejos de la realidad, era efectivamente un ser en celo, pero heterosexual, expelía un hedor profundo a colonias variadas, escanciadas a granel en los probadores del Corte Inglés, donde sin pudor mezclaba unas y otras hasta conseguir ese batiburrillo tan personal, con el que pretendía atraer hembras como si se tratase de una flor expuesta al tráfico de abejas. La barbilla bien erguida, un juego de llaves jugueteando en su mano izquierda, un móvil que hacía mucho que no sonaba en la derecha, multitud de pulseritas de cuero resaltando sobre el profundo marrón de su moreno. Estaba sólo, pero por su actitud y fuselaje pareciera que de un momento a otro iba a formar parte de algún grupo de picajosos adolescentes, no iba a ser así, estaba sólo y así iba a permanecer toda la noche de no ser que los astros y su designio pusieran bien a una joven descarriada o a una madurísima etílicamente tocada que se quedasen hipnotizadas de su glamour postmoderno. La Castellana no tenía secretos para él, la paseaba con descaro y suficiencia. Se arremangaba mientras oteaba el horizonte inmediato, se movía con soltura con sus mocasines rojos sin calcetines y tarareaba sin sentido canciones no compuestas todavía. De repente se paró en seco y se llevó el móvil a la oreja derecha, pero el móvil no había sonado, ni él tenía pensado llamar a nadie...¿a quién iba a llamar? Era una simple pose, una foto en mitad de la calle, una actitud de persona ocupada y dicharachera, hablaba con fluidez al vacío de la noche, teatralizaba su discurso y lo ilustraba con gestos elocuentes y risotadas forzadas y falsas. Con un : “te espero en la Ronduelle” hizo el gesto de colgar el inalámbrico y se sentó en la terraza de la Ronduelle a modo de colofón. Un joven camarero le sirvió un gin tonic de beefeter y un platillo de aceitunas. El posó su tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, cruzando así las piernas sin tener que cerrarlas, la pierna derecha sobre la izquierda, mientras oteaba a izquierda y derecha el panorama. Sacó el paquete de Camel del bolsillo de la camisa, extrajo un pitillo y buscó presencia femenina que fumase para pedir fuego. La joven morena que le dio yesca a su cigarro lo hizo de forma indolente sin abandonar la conversación que mantenía con su compañera de mesa, y las sonrisas y gestos de pavoneo pueril quedaron sin atención femenina, volvió a su mesa, se retrepó en la silla sin necesidad y bebió un buen trago de su combinado, fumaba y miraba. Y en esa contemplación permanecía atento como un zorro lo está de una posible presa, su gesto bobalicón se iba esfumando conforme pasaba la noche y los gin tonics caían. Acabó su tercer combinado y sintió una punzada en el estómago, una especie de aviso gástrico al exceso que estaba cometiendo. Los gases le fueron cambiando el rictus, y se dio cuenta de que no disponía de un almax que le aliviase el ardor que empezaba a mostrar. Ante semejante importunio decidió liquidar su cuenta de 27 euros y levantarse pausadamente. Los efluvios etílicos se apelotonaron en su cabeza nada más levantarse, fue como un aldabonazo, un toque de atención. Se echó la mano a la boca para disimular el gas que le salía espontáneo a modo de eructo silencioso, notó la cuchillada ácida subir por el esófago y decidió que por esa noche valía, que volvería a casa, a la casa de su madre, que era lo mismo, allí tenía Almax y una cama donde reposar.
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