Las brasas pueden parecer apagadas, grises, tristes y vencidas, apenas un montón de ceniza polvorienta; pero basta un hilo de viento bien dirigido, certero y constante para que la llama vuelva a resurgir, para que el calor se expanda y el fuego ilumine con fuerza. Luego será suficiente con mantener la yesca viva, con alimentar regularmente este fuego renacido,... es fácil.
Este símil pudiera aplicarse a infinidad de situaciones cotidianas en nuestras vidas. Vale para ensalzar el valor de la amistad por ejemplo o para estimular la constancia en algunas acciones de ciertas personas. Este no es el caso.
Agnes Luces no era una persona controvertida, no era alguien que se saliese del tiesto con su forma de vida, alguien que llamase la atención, más bien era discreta, humilde, apocada y vergonzosa, pero con una vida interior muy intensa, con mucho poso, con mucha retranca, un fondo muy complejo, muy elaborado. Educada en una familia humilde, su padre era un obrero industrial en Figueruelas y su madre una ama de casa al uso. La mayor de tres hermanas. Emigraron, cuando Agnes tenía doce años a Madrid, siguiendo el sueño de su padre, que había logrado, no sin mucho esfuerzo, una plaza para trabajar en el aeropuerto, en el mantenimiento de las instalaciones. Una mejora considerable en el sueldo que de momento no se notó apenas pues el cambio de ciudad supuso un desembolso inmediato en el alquiler de la vivienda, a unos precios que no estaban acostumbrados, y la escuela de las chicas suponía un gasto mayor, no en el colegio que afortunadamente pudo ser público y gratuito, pero si en los costes adyacentes que esta nueva situación trajo a la familia. Agnes asumió una responsabilidad inaudita en los meses siguientes al traslado, asumiendo la tutela y custodia de sus dos hermanas menores, Angélica de 7 años y Ágata de 5. Ella sola con 12 años iba en autobús todas las mañanas con las dos pequeñas y las traía de vuelta a las cinco de la tarde. Durante la jornada se ocupaba de que las niñas comiesen en el comedor y las vigilaba en el recreo. Su madre estaba encantada con la aptitud servicial y laboriosa de su hija mayor pero algo no terminaba de encajar. Agnes era retraída, seria, callada y pasaba muchas horas en su habitación, leía infinidad de relatos oscuros, tenebrosas historias de piratas, de brujas, historias que le producían desasosiego y zozobra pero que no podía dejar de leer, pues le atraían sobremanera. Se fue fraguando un carácter fuerte...
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