viernes, 8 de febrero de 2013

lobotomía

Lobotomía, cercén mental, inmolación cognitiva, eutanasia cerebral. Defensa ante el ataque externo. En mi sesión de meditación intenté abstraerme de tanto oprobio, consistía en conseguir un remanso de paz entre tanta basura, evadirme del constante acoso que suponía este ocaso social, este fin de fiesta, intentar crear una coraza ante la sinrazón que se imponía, ante la injusticia total. Llevaba mucho tiempo desayunando hiel a través de las ondas de radio, el mundo se desquebrajaba y yo con él. La rabia y la impotencia fueron apoderándose de la totalidad de mi ser, el dolor y la angustia se fue empapando hasta mojarlo todo. Tanta sobredosis de odio macerado estuvo machacándome hasta que empecé a somatizar tanta mala baba. El cataclismo capitalista me abdujo y me dejó rendido y sin fuerza. Empecé a pensar en la posibilidad de evitar que la situación me pudiera, en intentar vivir al margen de tanta abyección y de esa manera empecé a congratularme con experiencias extrasensoriales, a procurarme un rincón donde el aire fuera puro, donde las inclemencias ajenas no me afectasen, buscar en definitiva frenar la úlcera que estaba cebando en mi interior. Respiraba hondo, profundamente, perfilando cada momento, notando como el oxígeno cuidaba todos los poros de mi piel, depurando todas las experiencias negativas, aislándolas en un lugar de mi mente donde deberían quedar amarradas y estancas, sin riesgos de metástasis al resto de mi ser. Consistía en definitiva en volver a nacer dentro de mí, y en ese parto, dejar atrás todas esas atrocidades, injusticias, dementes argumentos que me colapsaban, evitar en cualquier caso ser pasto de las llamas de la barbaridad neoconservadora. Concentrarse en la pureza de la vida, del ser, contar despacio y sintiendo como el oxígeno atravesaba mis intestinos, como el pulso iba acompasado, tranquilo, notar la paz mayúscula, el paraíso real por dentro. De esa manera los momentos de agobio, las experiencias negativas tuve que marginarlas, aprender a evitarlas, absorber toda la materia positiva, barnizar de sosiego la integridad de mí ser, permanecer impávido e inexpresivo ante las agresiones externas. Mirar con sonrisa beatífica a los vende patrias, a los vampiros que nos chupan lo poco que tenemos, a los pérfidos banqueros, a los políticos de turno, y en esa coraza camuflarme, evadirme. En el trance que va de la miseria moral más absoluta a la plenitud espiritual pasé momentos de dudas, momentos de angustia y desesperación, y el ambiente circundante no ayudaba mucho. Contar hasta diez, permanecer en calma ante la avalancha, hacerme fuerte en mi microclima, en mi lugar seguro. Decía el poeta, “es amarga la verdad, quiero echarla de la boca…” en mi caso la verdad era insípida, había aprendido a observarla desde la distancia terapéutica, no volví a echármela a la boca, permanecí al margen de ella, en mi cubil ataráxico en mi diván aislado. Me procuré un anclaje firme y seguro en las plantas que me rodeaban, en los libros que leía, en mis procesos mentales buscando el equilibrio y evitando las negras energías que apestaban este mundo irreconocible. Como un monje seglar, autónomo, con la única disciplina de mi propia energía positiva, repitiéndome una y mil veces karmas que me amansaban, que no me dejaban salir afuera, donde los lobos aullaban y el dolor era perpetuo. Toqué el cielo una y mil veces, aprendí la disciplina, evité la paranoia mediática y me aferré con fuerza a la tierra que pisaba, al aire que respiraba y a la autarquía monacal que yo mismo me impuse. Cuando ya nada se tiene, ya nada se teme, y en esta limpieza material que comencé, estuve litigando largo tiempo, estuve invadido de dudas, pero el ritmo acompasado de los latidos de mi corazón me fue marcando la pauta y el proceso fue cesando hasta conseguir congratularme con la imagen que el espejo escupía de mi rostro. A  cuerpo me expuse a los avatares macroeconómicos y sinceramente me atravesaron sin herirme, llegó un momento en que me sentía superior, magnánimo y hercúleo, un titán en toda su expresión, un vendaval por dentro me bullía y no era otra cosa que la seguridad de la razón, el sosiego que produce saberte libre de ataduras, al margen de la barbaridad neoliberal.

No hay comentarios: