Pincharon la médula espinal, tocaron el nervio ciático, practicaron la lobotomía y después nos hicieron un Ere.
Si te ven gritar mucho te practican una amputación parcial de cuerdas vocales. No está el horno para bollos, dice el ministro sesudo, y se queda tan ancho, recoge su cartera, se coloca la corbata y sale por la puerta tan digno como entró. Un avión lo llevará a Bruselas en poco menos de dos horas, allí entregará sus credenciales, arrugará la gorrilla sin éxito una vez más, chupará unos cuantos culos germanos, se reirá sin ganas y mostrará una vez más lo cutre y salchichero que lleva dentro, se exhibirá a cuerpo ante la plana mayor de los tecnócratas neoliberales y una vez abducido será convencido para que desista del intento de salvar a su país del estrépito que se avecina. La aberración que se le propone es mayúscula, pero él es un mandado, un ser pusilánime y sin pulso, harto de hacer genuflexiones y de rendir pleitesías aquí y allá, así que vuelve con el rabo entre las piernas, atribulado y sumiso a contar a sus súbditos las malas nuevas, les dirá que hizo todo lo que pudo, mentirá sobre las consecuencias de la patraña que acaba de firmar, ocultará lo sustancial del tocomocho acordado, evitará dar explicaciones de los extremos del compromiso imposible que tiene por delante y sin vergüenza ninguna sacará pecho por el país que acaba de malvender. En el colmo del despropósito argumentará que están haciendo todo lo posible por nuestro país y seguirá liándola parda en lo sucesivo. Después de la escueta rueda de prensa se meterá en el lavabo, esnifará un poco de farlopa y se irá a su casa exhausto después de un día de duro trabajo. En su chalet de Somosierra le espera una rubia de bote, parcheada y pringosa, barnizada por el sol caribeño que le dará un beso formal antes de que suelte la cartera donde guarda toda la morralla con la que acaba de finiquitar lo poco que quedaba de soberanía de la tierra que pisa. En cualquier caso está curado de espanto, no le tiembla el pulso ni le quita el sueño nada, se sabe invulnerable y divino y espera con expectación que todo este embrollo se aclare un poco para poder fijar su residencia en algún paraíso fiscal donde sirvan los whiskies como a él le gustan. Vendió su alma al diablo hace tanto tiempo que ya ni se acuerda. La decencia le incomoda, él prefiere el barro, le gustan las marrullerías, se educó en ellas, entre palmaditas en la espalda, gin tonics y putiferios. Nunca conoció otra cosa que el exceso, el vicio y los altos vuelos. De alta cuna, enchufado desde preescolar y pijazo desde la pubertad, se afilió bien pronto y gracias a sus dotes como esbirro y seguidista pronto consiguió una plaza mayor donde poner en práctica sus chapuzas. Donde mejor actúa es en campaña electoral, ahí se le ve bien, cómodo, con la sonrisa sibilina que no se le desdibuja, mezclándose sin mancharse entre el populacho que le votará, prometiendo como un borracho sin criterio, maquiavélico y gañán. Ahora se está viendo en televisión mientras vuelve a escanciar un poco más de Lagavulin en el vaso. Se gusta, le pone verse tan tieso, tan arrogante, tan poderoso. Decide darse un baño en la piscina cubierta de su humilde morada antes de cenar; le relaja, le encanta chapotear como a un crio. Se acaba de acordar que no ha llamado a su amante, que le espera en el hotel Savoy esta noche, tendrá que inventarse una escusa para salir, una inverosímil cita con algún inversor asiático o algo por el estilo. El caso es que no le apetece follar, está harto, pero no puede menos que acudir, no vaya a decirse en los mentideros de palacio que no cumplió en su quehacer libidinoso, y pierda crédito y glamur. Ahora está ajustándose los gemelos de la camisa mientras se mira al espejo y explica a su mujer lo contrariado que está por esta inoportuna cita. La mujer le mira con indolencia, recostada sobre el butacón del dormitorio mientras se acicala aun más, guarda silencio y maquina un plan similar al de su marido con el cirujano que se cepilló el mes pasado. La familia está más unida que nunca. Mientras su chofer le lleva, repasa la apretada agenda del día siguiente. Le incomoda que a las nueve en punto tenga una reunión con los líderes sindicales del país, no los puede ni ver, y va a tener que aguantar los reproches de esos indocumentados durante al menos media hora, menos mal que es a primera hora, estará medio adormilado y los despachará sin comprometerse a nada, como siempre. Llega tarde, como siempre a estas citas clandestinas, entra, como siempre por la puerta de atrás, donde tiene una caterva de empleados sobornados que guardarán silencio y le subirán hasta la suite sin despertar sospechas. Se tirará a la vedette que le espera en veinte minutos; después se tomará una copita de champán con ella en la cama, dejará una propina generosa al servicio de habitaciones, y después se despedirá falsamente como siempre. Saldrá como un prófugo por el mismo sitio que entró y subirá a la parte de atrás del mismo taxi que le trajo y que paciente espera con las ventanillas tintadas sin levantar sospechas. Hora y media después de el revolcón estará en el pub de confianza chupando del frasco otra vez, haciendo llamadas, twiteando y cotilleando su correo intrascendente. Mientras el chofer le esperará paciente y solícito en la acera de enfrente. Cuando llega a casa su mujer no está, salió con unas amigas a cenar le dice una mucama con cofia y delantal. Si, seguro, se estará follando al cirujano plástico que le recompuso los pechos hace dos o tres años, El lo sabe, pero le da igual, como si se está follando a todo el hospital. Agotado de hundir el país, se echa en la poltrona hasta mañana a las siete.
Cuando suena el despertador, él ya está despierto, como un resorte salta de la cama y enfila el camino al baño, para descomprimir la vejiga y desentumecer los músculos debajo del potente chorro de agua de la ducha hidromasajeante. Pone la radio para ver si lo nombran, cuando no lo hacen se cabrea como una mona, y cuando lo escucha se ensancha como un pavo, aunque lo que digan sea una barbaridad, el caso es que se hable de él. Despacha a los sindicalistas entre falsas sonrisas y gestos inocuos, declara coinicidir en lo fundamental, pero él sabe, todos saben que es una pose, una falsa mueca para ganar tiempo y para continuar esa ceremonia de la confusión que le haga ganar tiempo. En cualquier caso se hace fotos con ellos en la puerta de su madriguera, los despide formalmente y acto seguido entra de nuevo en su cubil, jura en hebreo en voz baja y le espeta a su secretaria que no le pase llamadas en la próxima hora. Una vez dentro de su despacho de nuevo hace un par de llamadas, ata los cabos de su salida a Dubái para el fin de semana. El muy bobo se pone contento cuando le confirman que dispone de la suite en ese engendro de siete estrellas. Un jeque yemení la abandonará justo el jueves y estará disponible para él todo el fin de semana, los gastos corren a cuenta del gabinete y la agenda es bastante liviana, con lo que rezuma confianza y gratas sensaciones. Para celebrarlo sale escopetado del despacho
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