Morralla puesta al descubierto, pufo discreto y huidizo que asoma cohibido pero firme enseñándonos a las claras la evidencia de la trampa. El aplomo de su gesto, la gallardía de sus costumbres, el rigor en sus asuntos no pudo evitar la vergüenza del desatino contable, de la triquiñuela, la mácula de descrédito que tiñó a la compañía de asesores Maryvent con el caso de los terrenos en Arroyoduque. Tantos años afilando sonrisas y sellando contratos con la garantía y seriedad propia de una máquina de precisión, y de repente el aldabonazo público, el error grave de gestión mostrado y expuesto a la vista de todos, fue un antes y un después. Del prestigio y consideración ganada con esfuerzo, tiempo y oficio durante más de 30 años, al oprobio y el bochorno, a la caída en picado por una mísera avaricia, por querer rascar unos miles en una operación dudosísima, el viejo truco del trilero, de un dinero A y un dinero B, uno que se ve, otro que no, ¿dónde está la pelotita? Pero se le vio el truco, alguien descubrió la argucia, vio donde se guardaba la pelotita y eso pasó a ser fiscalmente punible, y públicamente un desastre para la compañía. Reconstruir el honor, volver a conquistar el mercado perdido, conseguir el respeto dilapidado iba a costar mucho esfuerzo, mucho más que lo que costó hace más de 20 años poner a flote la compañía. De momento Alberto Ribó tuvo que acudir a declarar aquella mañana tibia de abril, más encorvado que de costumbre, más serio, más cabizbajo, mirando con soslayo a su alrededor intentando evitar encuentros comprometidos, pero fue al doblar la esquina, justo antes de llegar a los juzgados, cuando un grupo de fotógrafos y periodistas le abordaron y Alberto Ribó tembló como un flan, se le vino el mundo abajo, quiso que la tierra le tragase, se quedó in albis, sin baza, él que no estaba acostumbrado a estas lides, a estos trasiegos, a semejantes protagonismos tan oscuros, en definitiva a ser protagonista de episodios turbios y punibles. El sabía perfectamente lo que le podía pasar, a él como consejero delegado, su imagen, su caché, su prestigio, le preocupaban...y sobre todo el futuro que se cernía sobre su carrera, el fatal desenlace que podía tener todo eso, la cárcel, en fin, un desastre para el más gris de los gestores, tan discreto y ahora de la noche a la mañana envuelto en semejante follón. Pero Alberto ya se olía la tostada, ya pasó unas cuantas noches en vela cuando firmó en nombre de la empresa la adjudicación de esas obras, él ya sabía lo que había detrás, conocía perfectamente la ley y sabía que la estaba incumpliendo, que estaba estafando, y eso le producía desasosiego y zozobra, pero a pesar de todo firmó, eran muchos miles de euros, la tentación que en otras ocasiones no pudo doblegar su profesionalidad, en esta ocasión le pilló con la guardia baja, con una serie de conjeturas familiares que le impulsaban a la necesidad de dinero fácil, ante las puertas del pelotazo raudo y veloz, pudiera ser que nada se destapase, que el tiempo jugase a su favor, y el beneficio fuese pingüe, limpio y no dejase huella. Cuando todos los cabos parecían atados, y el asunto parecía pasar desapercibido, de repente, como en las películas policíacas, fue un detalle, un simple fleco suelto, una chorrada supina lo que destapó a modo de botella de champán todo el entramado. El efecto dominó fue inmediato, y Alberto lo vio venir de lejos. Ese periodista que estuvo husmeando tiempo atrás, que se fijó como un águila en el movimiento de la pelotita, acabó por liarla parda. Al principio no le dieron importancia, pues era un imberbe, recién salido del cascarón de la universidad y probablemente sería un becario fugaz, que desaparecería igual que vino una vez que acabase la beca. Acabó por ser un sagaz investigador que tuvo en jaque a la empresa durante mucho tiempo, y al final se llevó el gato al agua y un cum laude en su expediente al destapar el pastel. Tirando del hilo descosió a toda la empresa, y a un par de ayuntamientos, y a Alberto Ribó lo dejó en cueros prácticamente. De alguna manera todos lo tenían en mente, y Alberto más que nadie, él; intachable trabajador, cumplidor, ordenado y organizado, legal y legalista como el que más durante más de 20 años, hasta que la golosina del dinero fácil se le puso delante de las narices, y ni él mismo supo porque ni como, el caso es que trincó la pasta gansa, se tapó la nariz y se pasó al lado oscuro. No dormía, no descansaba, estaba ojeroso, distraído, con la mente en otro sitio, la mirada perdida y un alo de misterio en su vida familiar que llamó la atención de los más allegados. Su mujer se lo dijo dos meses atrás: “Alberto, ¿estás bien? Te noto como ido”. Desde luego que lo estaba, ido y muy lejos. Se arrepintió con todas sus fuerzas, intentó volver atrás, pero ese ejercicio era si cabe más peligroso, una maniobra rocambolesca que le ponía sin duda en el disparadero, no ya de la justicia, si no de las mafias provincianas que le tendieron la trampa. Mejor dejarlo como estaba, mejor no mover la mierda, no dejar que se expandiese el olor. Pero vino ese periodista con un palito, y empezó a remover y el olor inundó todo. Aquella mañana de abril Alberto no era Alberto, era como una sombra de si mismo, aturdido, una especie de borrachera lo invadía, no en vano se tomó un par de tranquilizantes que le dejaron la cara descolgada y una expresión de papanatas que no le favorecía mucho. Hablaba lento y distante, y se movía igualmente despacio, como flotando, en un estado de ingravidez que lo abstraía de el pufo que se estaba destapando y que lo señalaba como culpable. Iba a declarar, iba a contar su versión...pero que contaría? Alguna mentira? Lo descubrirían enseguida, no merecía la pena pasar por ese nuevo bochorno, no solo estafar, si no además mentir, con alevosía y premeditación, pondría las cosas peor, sería como echar sal en la herida, empeorar su currículo, sería mejor decir la verdad, confesar, arrepentirse, llorar incluso, eso, llorar, arrodillarse delante del juez, pedir clemencia y perdón, contar que estaba atravesando un mal momento, una etapa ingrata, un error lo tiene cualquiera...esgrimir su intachable pasado, su profesionalidad durante más de 20 años como aval, como atenuante de su insidiosa conducta. Eso haría. Confesar. Alberto Ribó no dejaba de darle vueltas a todo mientras subía los escalones de acceso al juzgado, no dijo ni pio, los periodistas le turbaban, no dejaban de hacerle preguntas, él ni los miraba, no decía nada, probablemente aunque hubiese querido no hubiese podido decir nada, no le saldrían las palabras; aunque quería zafarse cuanto antes del marcaje de los periodistas, no podía andar más deprisa, estaba dopado con los tranquilizantes y eso le ralentizaba sobremanera. Por fin logró ganar la puerta de acceso al juzgado, eso le tranquilizó un poco, al menos el barullo y el tumulto disminuyó, fue pasar la pesada puerta del recibidor de los juzgados y el silencio atroz lo puso otra vez en alerta. Pase por aquí señor Ribó, por favor. Un largo pasillo donde resonaban las pisadas, al final una puerta. En aquel instante Alberto Ribó volvió a repasar en su mente todo lo que debía decir, volvió a repasar los riesgos, a dudar, a vacilar sobre si la verdad fuese la mejor escapatoria, la mejor solución a todo este entramado. Ahora es tarde, ahora no puedo cambiar el discurso, se dijo para si, ahora ya solo puedo contar la verdad, y que sea lo que Dios quiera, ya no tengo coartada, ya es tarde para improvisar otra declaración. La verdad.
Y Alberto Ribó contó la verdad, incluso contó más de lo que el juez le pidió que contase. Contó tanto, que no se acordaba de todo lo que dijo.
Estuvo en prisión, pero lo soltaron, año y medio pasa rápido, si no tienes antecedentes, si te portas bien, en fin, año y medio no es tanto. De aquella no fue el que peor parado salió, hubo otros que corrieron peor suerte, dos alcaldes quedaron recluidos por otro añito más y Julio Parra quedó purgando la declaración de Alberto Ribó durante otro año.
Cuando Alberto salió a la calle era otro, como si le hubiesen trillado por dentro, con ese poso que tienen los expresidiarios, con esa apatía propia de los que van sobrados de todo, y sobre todas las cosas ese lastre. Y eso que Alberto vivió relativamente bien en la cárcel, no le mezclaron en demasía con el resto de penados, no le tomaron especial manía, y no sufrió ningún altercado violento que lo trastocase de por vida, al revés, como que le vino bien, le trillaron por dentro, aunque distante y con el gesto taciturno, ganó poso en personalidad, pausa antes de ejecutar, aplomo en sus acciones y sobre todo perdió el miedo al ridículo. Ya no era ese pijo estirado, esa polilla de oficina, ese ser tan gris marengo, tan previsible. Cogió cuerpo y distancia para verse por dentro y por fuera. Perdió la vergüenza con la que entró en prisión. Con el tiempo cambió hasta la forma de vestir, ahora más informal, más bohemio. Se hizo más inteligente, más punzante en sus criterios, mas pícaro, pero ganó en aplomo, sabía contar hasta diez antes de decidir, y tuvo la prudencia necesaria para no seguir escarbando en el yermo y extenso terreno de la ilegalidad, y sin embargo ganó en picardía y don de gentes. Sin sonreír supo sacar partido a esa cara de palo que se le quedó, y su verbo ácido pero fluido embaucó lo suficiente como para ganarse la partida en el duro y áspero terreno de la vida pública. Se graduó en la vida, como persona y como profesional. La familia mutó junto a él, se fue curtiendo durante ese año y medio, se fueron limando, perdieron estatus social pero a cambio ganaron solidaridad entre ellos, generaron nuevas ilusiones en el futuro, cambiaron de barrio, de amigos, de vida, y respiraron hondo, y pudieron dormir tranquilos, se miraron al espejo y el brillo que destilaban les gustó. La madre, doña Ágata se convirtió en un ser cariñoso y humilde cuando antes había sido una mala pécora engreída y suntuosa. Alicia, la mayor de las hijas, siempre timorata y huidiza ganó personalidad, y pasó de los 17 a los 18 años con una mayoría de edad bien ganada. Rubén con 16 años fue el que peor lo pasó, pero se aclimató según veía que el resto asumía su nuevo rol...y la abuela Manuela no dejó de ser ella misma, solo que con una muesca más en la cartuchera, con más experiencia y manejo de las situaciones.
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