viernes, 8 de febrero de 2013

servil cucaracha de este estado adormecido

Servil cucaracha de este Estado adormecido, te sorprende la revolución en el wáter, cuando quieres darte cuenta ya está todo el pescado vendido, y tu argumento pasó de moda. Sigues anclado en tu puesto de mando, estabulado en la garita que se te asignó. La radio no funciona, y esperas órdenes, pero estas no llegan, y lo peor de todo es que no llegarán jamás. Pero tu firme en tu ademán, fiel a tu designio, a tu mandado. Te encuentras raro, extraño. No estás diseñado para ajetreos históricos, lo tuyo es la monotonía, la televisión y el Carrefour; y este tiempo que viene arreando barrunta cambios, exige movimientos radicales que tu no estás dispuesto ni de lejos a asumir. Introduces la tarjeta en el cajero automático y no te la devuelve, se la tragó para siempre, no hay donde reclamar, no hay nadie a quien pedir explicaciones, el despiste es mayúsculo y terrible, de la noche a la mañana se apagó la luz, se cerró el grifo y se agotó el crédito. Deberías hacer algo, gritar al menos, pero no tienes fuerza. El panorama es desolador, el cataclismo es inminente y tú sigues empanado, esperando que alguien te pellizque y te despierte, pero no es un sueño, es la más cruda de las realidades, la más negra de las verdades. Los padres de la patria están desaparecidos, huyeron de la quema a otras patrias más calientes y millonarias, se llevaron consigo la bandera nacional para ponerla orgullosos en cualquier paraíso fiscal que les acoja como lo que son, prohombres muy patrióticos que esperarán a que escampe y puedan volver. El tocomocho es ya una evidencia, pero tú no lo ves, no quieres verlo, ni  te revelas ante tanta desfachatez, no puede ser que el Estado de Derecho sea esta pantomima que ahora te abraza. Suena el timbre y tu jornada de trabajo terminó. Como cada día, recoges tus pertenencias y fichas sin mucho ánimo. En la calle unos locos gritan consignas contra el poder establecido, agitan pancartas, gritan y arrojan piedras contra la fachada del Ministerio, y tú los miras como quien ve llover, no te identificas con esas formas, te parecen soeces, procaces, violentos. Acobardado y mohíno te das la vuelta para no pasar delante de ellos, caminas despacio y pegado a la pared, llamando poco la atención, sin apenas hacer ruido. Oyes disparos, estruendos…algo debe estar pasando. 

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